Te revelas a los sencillos
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El conocimiento de Dios es un conocimiento experiencial que Él regala a los sencillos para acoger y entender la ternura divina: «Padre, así Te ha parecido mejor». Jesús se presenta como «manso y humilde de corazón» y abre caminos y escuela para acceder a la verdadera sabiduría cristiana que es, ante todo, tener experiencia de Dios. Si el conocimiento de Dios desapareciese de la tierra, más que en los libros de los teólogos, deberíamos buscarlo en el testimonio de gente sencilla, anónima, que tiene en la fe la fuerza para su vida diaria. No se trata de despreciar el conocimiento de las verdades de la fe; hay que procurarlo y nos servirá de mucho, sobre todo si nos ayuda a ser más sencillos y abiertos. En el fondo, el cristianismo se reduce a unas pocas verdades muy sencillas pero muy grandes: lo que interesa es sacarles el máximo provecho para la vida. La gente no espera de nosotros, los cristianos, lecciones teóricas, sino un conocimiento vivido. «Al fin y al cabo -escribía el papa Pablo VI -, ¿existe otra manera de comunicar el Evangelio si no es la de transmitir al otro la propia experiencia de fe?».
Jesús acaba de fracasar en varias ciudades de Galilea, su tierra. Ha realizado maravillas, pero no han brotado ni la fe ni la conversión. Paradójicamente, a pesar de su fracaso, Jesús prorrumpe en una acción de gracias: «Te doy gracias, Padre, porque estas cosas se las has revelado a la gente sencilla». Sólo éstos, es decir, los que no tienen doblez, los que no buscan complicar las cosas, los que no se dejan complicar con las cosas, los abiertos, los limpios de corazón, los pobres, los disponibles, etc., sólo ellos acogen el Reino que Jesús anuncia. Con su frase de que «mi yugo es suave y mi carga ligera» ofrece alivio y descanso. No viene a derrumbarnos, sino a levantarnos; no quiere que perezcamos como esclavos, sino que vivamos libres y en plenitud. Lo nuevo, pues, de Cristo no es el yugo y la carga, sino la libertad y el alivio. Nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré». No quiere que caminemos hundidos y cabizbajos, sino que corramos sin ataduras por el camino del amor, que es Él. Pero ¿es posible un yugo que sea suave y una carga que sea ligera? Nada hay tan ligero para el ave como el peso de sus alas. Y ¿qué es el corazón para el cuerpo? El corazón es un peso, pero pesa menos el cuerpo que siente latir el peso del corazón. Yugo es también el cordón umbilical que une el feto a su madre, pero ¡qué suave es esa atadura que da vida!
«Cargad con mi yugo y aprended de mí». Jesús pone en la misma línea la carga, el yugo y el aprended de mí. Son conceptos unidos, que mutuamente se explican y se integran. Es como si dijera: mi carga y mi yugo es que aprendáis de mí, es que escuchéis mi palabra y sigáis mis ejemplos. Mi carga y mi yugo es mi Evangelio, cauce de libertad y felicidad.