Preguntas por lo esencial
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Hasta hace poco, lo ordinario es que accediéramos al cristianismo por pura inercia: nacíamos en una familia cristiana, nos iniciaban en la fe la escuela y en la parroquia, había un ambiente confesional. Faltaba a menudo una opción personal y reflexiva por Jesucristo. Lo que recibíamos lo conservábamos, pero no lo enriquecíamos. Por eso muchos cristianos tienen de Jesús una idea que no nos lleva a Él como «Alguien» que comparte amorosamente todos los momentos de nuestra vida. Muchos no se han encontrado con Cristo, ni sabrían hablar de Él con rigor, ni razonar lo esencial de su doctrina, ni señalar certeramente su misión en la tierra. Muchos, en suma, no saben por qué y para qué son cristianos, cuando hoy vale con conocer unas cuantas verdades más o menos vagas y repetir mecánicamente las fórmulas religiosas heredadas.
En el evangelio, Jesús, tras un sondeo general, hace a los discípulos una pregunta directa: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responderá por todos: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Ser cristiano no es recitar una respuesta aprendida de memoria. Es responder como Pedro. Su contestación recoge la fe de los demás: Tú eres el Mesías, es decir, tú eres la respuesta a la pregunta más honda que hay en el hombre, la gran esperanza en la posibilidad de un Reino de fraternidad, amor, justicia, vida y verdad. Los primeros cristianos lo resumían en la confesión de que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios.
Si la pregunta se dirige a lo más hondo de nuestra vida, de poco servirá responder sólo con palabras, por exactas que sean. La respuesta debe incluir toda la vida. De lo que se trata es de que Cristo sea realmente para nosotros el único Señor, el camino del Reino de Dios, base de nuestros criterios, nuestro guía. Por ello queremos vivir según su Palabra. Con la confesión de Pedro se inicia la historia de la Iglesia, la historia de los cristianos. Un camino que es gracia del Padre, para continuar la tarea de Jesús en nuestro mundo, que no se construye con palabras, sino con hechos. Fe de hechos, no de palabras. La pregunta nos la repite Jesús hoy a cada uno de nosotros: ¿Quién soy yo? ¿Qué importancia tengo en vuestra vida? Nuestra respuesta tiene que ser convencida y rotunda: Tú eres el Hijo de Dios encarnado para salvarnos, eres la esperanza máxima. Así ha de ser nuestra respuesta a Cristo el Salvador, al Buen Pastor que da la vida por las ovejas, al Amigo que se entrega por sus amigos. Y ello dicho no como una afirmación fría, sino como una respuesta comprometida, que conduce a una forma de vivir cercana a la que llevó el Señor.