La difícil corrección fraterna
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El evangelio de este domingo, en primer lugar, se refiere a la vida comunitaria. Sin triunfalismos, sí es una buena ocasión para presentar la meta a que vamos y estimularnos hacia ella, escapando de individualismos y particularismos, tan propios de la condición humana. En la Iglesia, como comunidad fraterna, todos estamos llamados a la santidad, apoyados unos en otros, porque el afecto favorece la maduración de la fe. Así toda la vida comunitaria se fortalece con la ayuda, la estima, el ánimo, la corrección fraterna, más allá de simpatías o antipatías. El único móvil cristiano es el bien de los demás, por lo que se han de rechazar rotundamente la descalificaciones públicas y la crítica fácil cuando los demás no nos oyen o no se pueden defender. En segundo término, se hace referencia a la autoridad eclesial, que en realidad es «diaconía» o servicio. La comunidad se construye alrededor de una autoridad que orienta, dirime cuestiones, une y ayuda a la interpretación de las llamadas del Espíritu. Por eso hoy es útil considerar cómo la autoridad eclesial debe ayudar a ver objetivamente las decisiones y las razones de actuar, dentro de un clima de diálogo fraterno. En tercer lugar, la comunidad se enriquece y define por la actitud orante. Se reza en el dolor, la persecución, el gozo, antes de las decisiones. La Iglesia es una comunidad que ora en los momentos decisivos de la vida de sus miembros. Finalmente, se insiste en que la comunidad es presencia del Señor. Hay que valorar más el «reunirse», con el sentido originario de compartir.
Por otra parte, al sabernos pecadores necesitados de acogida y perdón, ¿de qué manera hacemos caso a la comunidad eclesial? ¿Cómo es nuestra posición ante los demás hermanos? ¿Qué debemos corregir cada uno para llegar a un mejor estilo de vida comunitario? Con frecuencia reducimos las obligaciones del amor fraterno a hacer el bien a los demás, de una manera muy genérica. Pero, a menudo, ya no nos parece necesario entrar en más detalles. De lo que haga cada uno ya no nos sentimos responsables; allá cada uno. No es eso lo que nos dice la Palabra de Dios. No basta con estar en una actitud benévola hacia nuestro hermano. El amor cristiano va más allá. Es preciso llegar a sentirse corresponsable de todas sus cosas. También de sus pecados, que no son «cosa suya», sino también nuestra. Precisamente porque se le ama debemos sentir sus pecados como un gran fracaso también nuestro. Porque se le ama hay que tratar de evitar su caída en el pecado. Habrá que abandonar una vieja y equivocada concepción individualista del pecado. El pecado, como la gracia, tiene repercusiones comunitarias. En la comunidad local. En la comunidad eclesial toda. Y hasta en la comunidad humana.