Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

El reinado de Dios se compara a un banquete, a unas bodas. ¡Dios invita! Si es que acogemos su invitación. El reinado de Dios es un don, una gracia extraordinaria, es vida y alegría de vivir, es felicidad, es... ¡sólo Dios sabe lo que nos tiene preparado! El anuncio del reinado de Dios, su promesa, va por delante de todas las obligaciones.

Lo primero no es que debamos ser buenos, sino que Dios es bueno con todos. El creyente es quien va de fiesta: ha aceptado la invitación de Dios y se pone en camino.

La parábola va más allá: los notables de Israel (sumos sacerdotes, senadores y fariseos) rechazan la invitación de Jesús a entrar en el Reino y Jesús se sentará a comer en la misma mesa con pobres, marginados, publicanos y pecadores. Cuando «los buenos» murmuran escandalizados de su conducta, Jesús les dice: Vosotros sois como los primeros invitados que no quisieron acudir al banquete y se excluyeron de él. Pero Dios, al final de los caminos, pone para todos una mesa abundante. Apenas nacidos, estamos ya en camino para esa fiesta universal. Esto es lo que nos dicen los profetas y nos descubre Jesús en su parábola: Dios invita. Los cristianos debieran tener razones suficientes para vivir con alegría y agradecimiento. ¡Las tenemos! Pero puede ocurrir que no nos hagan saltar el corazón ni animen a proclamar lo que no debiera cabernos en el pecho: ¡Dios invita! Más allá de todas nuestras utopías y de cuanto pueda soñar la fantasía del más alocado idealista, Dios ofrece un futuro sorprendente: ¡Invita a un banquete sin exclusiones! El sentido de la vida y de la historia es un banquete que nos espera. Si los cristianos andamos por el mundo con las caras largas, huraños, llenos de miedo y sin la alegría de vivir, es quizá porque nuestra fe ha dejado de ser una experiencia de amor de Dios y se ha refugiado medrosamente en el recuerdo de unas palabras, que no dejamos de lado porque son hermosas y no acabamos de vivir porque nos parecen increíbles. Pero resulta que todo está a punto y que el festín se celebrará con nosotros o sin nosotros. ¡No podemos plantar a Dios! Puede ser que también hoy, mientras la rutina y frialdad paraliza a los «cristianos viejos», haya otros que respondan a la invitación, venidos de todos los caminos del mundo y de la esperanza a poblar el futuro de Dios. Es la hora de responder, mañana las puertas se cerrarán y no probaremos bocado.

Vestirse con el traje de ceremonia es, en expresión de san Pablo, «vestirse de justicia y santidad». Hace falta despojarse de todo egoísmo y estar dispuesto a caminar por el mundo con hambre de salvación, desviviéndose para que otros tengan vida. La Virgen María es Pilar seguro en esta aventura vital.

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