EL PAISANAJE
Quiero entrar
Clama la calle para que todos los corruptos vayan a la cárcel de por vida. Craso error porque, encima, habría que mantenerlos y el dinero no lo iban a devolver, según cierto amigo mío que cumple condena en Mansilla por echarle un piropo desde el andamio a una tía buena, como se hizo siempre, pero que resultó ser feminista y lo denunció por silbido de género. Cómo está el código penal, señor juez, y váyase usted también a hacer puñetas, lo tome o no por desacato. El caso es que a mi amigo, que estaba encargado del economato de Villahierro por ser honrado a carta cabal, le han desvalijado también el chiringuito desde que entraron los primeros políticos. Sólo quedó una lata de aceitunas caducadas. Eso es lo que me ha escrito en una carta con sello y membrete de «revisado seguridad». Todo bajo control.
Cómo está el patio, incluído el de la cárcel, le digo a usted señor alcalde. Perdón, alcaide. Y, volviendo a los afanes que nos ocupan después de lo mucho que han afanado todos, servidor insiste en que no es prudente meterlos en el talego por algunas razones elementales. La primera es que no cabrían en las cárceles y habría que construirles docenas o cientos de talegos nuevos en una especie de «plan E» a lo Zapatero que terminaría de arruinar al país, el déficit y no le digo ya el riesgo de las primas. Si quiere la Pantoja, le escribo una coplilla para que se desmelene por carceleras. La moza tiene sentimiento para eso y más.
Encima, para acoger a tan selecta clientela las futuras prisiones deberían ser de uno, dos o tres barrotes, como los tenedores de los restaurantes, porque no es lo mismo, oiga, enchironar a un Pujol o un Bárcenas, pongamos por caso, que a un pobrín calorro robaperas de Armunia, en opinión de mi compadre el gitano. «Ja, chacho, no me fío de la mitad de la cuadrilla», me soltó el otro día cuando íbamos andando los dos sólos camino del cuartel, él por lo de siempre y yo por una multa.
Después del no se sabe si todavía presidente de la Diputación, señor Barazón, anda el PP leonés buscando para el cargo a alguien que no tenga antecedentes. Un mirlo blanco, en fin. Y, hombre, se me ocurre que podrían encontrarlo, allá por el próximo mayo, cuando las Nuevas Generaciones del partido hagan la primera comunión, aunque el señor obispo piensa que algunos rapaces le llegan ya muy resabiados. Lo de rapacines, dice con retintín, es porque tiene que guardar el anillo para que no se lo guinden cuando van a besárselo.
Por lo demas, lo de que Barazón no quisiera dimitir, por lo menos hasta ahora, está claro. Es un perito agrícola y en el campo no queda trabajo ni para las mejores mulas de Mansilla, de más cabeza y pescuezo que él, dicho sea cuando llega la feria de San Andrés. Así que tuvo que opositar a agente judicial, esos que reparten sobres de citaciones para sus señorías, los de las togas puñeteadas, por mil doscientos eurines o poco más al mes. Llegado a la presidencia del Palacio de los Guzmanes, con casi seis mil eurazos de sueldo y la posibilidad de coger sobres en vez de repartirlos por ahí, la cosa no ofrecía dudas. A éste no lo despegan del sillón o de los sobres ni con agua hirviendo, señor juez. Lógico.
Si esto pasa aquí, imagine lo que debe ser a la catalana, donde montan un día sí y otro también una patriótica cortina de humo para disimular todo lo que se han llevado a Andorra. Por cierto, en ese hermoso principado, donde mandan como copríncipes el presidente de Francia y el obispo de la Seo de Urgel, sólo falta Montoro. Pero como es bajo no debe de divisar más economía sumergida que la mía.
Sostiene otro amigo mío, de derechas antes de que Franco lo fuera y empresario de los de medir mucho los costes, que las teorías economicistas y anticorrupción de Mariano no le cuadran por disolutas. Mandar a todos los corruptos al trullo sería un despilfarro, según él. En cambio, saldría mucho más barato meternos a los honrados en el talego. «Total, debemos de ser cuatro y el cabo», sentenció ayer, vino va y vino viene. Así que para hacernos al ambiente fuimos a visitar esta mañana vis a vis al colegui del andamio que llevaba el economato de Mansilla. Pero nos dio mal rollo, tío.
Nada más llegar y quién sabe si por si acaso el guardia civil de la puerta nos conminó perentoriamente con un «depositen aquí las carteras y cualquier objeto de valor».
Empezamos mal.
Otra de mosqueo.