Diario de León
Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Liturgia dominical

Ser cristiano es ser discípulo de Cristo, decía el viejo catecismo. Y ser discípulo es acoger la llamada de Jesús a estar con Él, descubrir su mensaje y modo de ser, y conocer su misión. Los discípulos, cuando le escucharon, se quedaron con Él y lo proyectaron al mundo. Pero escuchar supone un esfuerzo muy personal. Ahí está su valor: cuando escuchamos, nos enriquecemos siempre, ya que nos abrimos al diálogo y a la comunicación, que generan solidaridad, conocimiento mutuo, comprensión y amor. En sentido religioso, pensemos en la espléndida realidad que supondría decirle a Dios lo que dijo el pequeño Samuel: «Habla, que tu siervo escucha». Cuánto no se enriquecería el hombre que fuese capaz de escuchar a Dios en el silencio, de asimilar su mensaje y de proclamarlo luego al mundo que le rodea.

A los discípulos, enviados por Juan Bautista, Jesús les preguntó: ¿Qué buscáis? Andaban inquietos por saber los planes de Dios. Pero, puede ocurrir que esa predisposición se pierda por embotamiento. El materialismo aturde, apaga la sensibilidad, mata la vida del Espíritu. La inquietud es el camino hacia la experiencia de Dios. Sólo mientras le buscamos, podemos tenerle. De modo que esta actitud vital de interés por encontrar y crecer espiritualmente está en el centro de la vida cristiana. Más tarde, cuando se ha afianzado la fidelidad, Dios se hace presente desde el misterio siempre imprevisible. Ante su presencia solo cabe la confianza paciente, la paz activa y la esperanza, que se mezclan con la sensación de una total impotencia. Nadie puede gobernar el viento, pero nadie se priva del placer de la brisa o del espectáculo de una tormenta.

Jesús entra por la menor rendija y tira de nosotros: «Venid y lo veréis». Quiere conducir a sus seguidores a la felicidad de su Reino. Él es puerta, camino, alimento, pan bajado del cielo. «Mirad cómo se aman» es el signo de la presencia de Dios. Jesús lo manifestó con sus obras y su predicación. A nosotros nos corresponde la tarea de repetir el mismo mensaje de Jesús, adaptado a nuestras circunstancias. Para que la fuerza del amor se irradie, habrá que liberarla de los filtros que pretenden confundirla con la moral, el orden establecido, el temor u otros intereses poco nobles disfrazados de religión. Los caminos concretos nos los señalarán la solidaridad con los más débiles y la contemplación admirada de las maravillas de Dios.

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