El frutero del Camino
Un peregrinar de ciruelas
La apatía de los almacenistas lleva a un vecino de Bercianos del Real Camino a ofrecer su fruta por la voluntad a los romeros compostelanos.

Dos peregrinos aprovechan la oferta de Carlos Rivero (derecha), que ofrece su mercancía a las puerta de su finca.
El desinterés que encontró en un almacenista llevó al hortelano Carlos Rivero, de Bercianos del Real Camino, a convertirse en uno de esos personajes que imprimen carácter tipical spanish al Camino de Santiago entre los romeros extranjeros. Su relación con los tratantes se terminó cuando uno «me indicó que le podía llevar la fruta si se la entregaba gratis». Acostumbrado a regatear el precio, la respuesta le dejó «un poco frío» y decidió entonces dar otra orientación a su actividad, ofreciendo la fruta por la voluntad y rezos a la entrada de su finca, en plena ruta jacobea, a quienes por allí transitan con intención de abrazar al apóstol al final de su caminar.
Así, la puerta de la finca es ahora punto de avituallamiento de fruta de temporada. Rivero ha instalado carteles en tres idiomas distintos. «Yo no sé idiomas. El inglés me lo hizo un hermano cura que tengo en América y el resto, los peregrinos. No hubo problema alguno».
La mercancía ya está lista a las siete de la mañana, cuando los peregrinos más madrugadores inician su jornada. Ahora ofrece ciruelas de tres variedades distintas y ya maduran en sus frutales peras y manzanas y en las matas crecen tomates y otras hortalizas que completarán la oferta en breve. A Rivero, un hombre al que sus vecinos ven sonriente, le basta con las gracias para sentirse pagado. Al menos ya no tiene que llevar la fruta hasta un almacén. Y en una hucha atada a una cadena —antes de tomar esta medida, alguna vez desaparecían las monedas o el continente y el contenido— caen las monedas suficiente para comprar los materiales, herbicidas y sulfatos con los que mantener los árboles. «Lo hago para distraerme y que otros puedan contar lo que yo les ofrezco de corazón». Los reveses de la vida le han enseñado que hay más riqueza en dar que en recibir y, así, cuentan que aporta a la asociación de jubilados del pueblo conejos y pavos lo mismo para una rifa que para una merienda de amigos.
Rivero mantiene así su trabajo, aunque el negocio atesora más para el espíritu que para el bolsillo: «Sólo les pido a los peregrinos que no se olviden de mi pueblo y que al llegar a Santiago nos tengan presentes en sus oraciones». Y tiene la ventaja de que no tira la fruta.