EL ABANICO
Silencio, se vota
L o reconozco, hacía años que no vivía unas elecciones con tanta emoción como las del domingo. Acostumbrados como estábamos a la alternancia en el Gobierno de los grandes partidos PP y PSOE, acudíamos a las urnas sabiendo a quién no íbamos a votar, lo que le restaba pasión a una jornada que se había convertido en hábito. Pero llegó la crisis y con ella la recuperación de los espacios públicos, la transparencia frente a tanta corrupción como ha habido en los últimos años, la solidaridad para con los más desfavorecidos, el interés de los jóvenes por recuperar unos valores que se habían quedado en las cuneta de la desafección, la irrupción de partidos como Podemos y Ciudadanos que llegaban vírgenes a la política. Liderados por gente salida de la universidad, de las aulas, de los barrios, de las asambleas, y del descontento y la indignación.
Y con ellos el fin del bipartidismo, que no digo yo que haya sido el peor de los males porque estaría negándoles el importante papel que han desempeñado en asentar la democracia en nuestro país, en dotarnos de unos servicios públicos que nos sitúan entre los mejores de Europa, de una red de comunicaciones de las que debemos enorgullecernos. Ahora bien tenemos que ser conscientes que ellos son por voluntad propia parte del problema. Por una sencilla razón: acostumbrados como estaban a manejar a su antojo los resortes del poder se olvidaron de mirar a los ojos a esos millones de ciudadanos que tantos sueños habían depositado en ellos.
Confieso que a día de hoy, cuando escribo este articulo, todavía no sé a quién voy a votar, como tantos otros españoles, algo que nunca antes me había ocurrido. Espero que cuando acuda el domingo a las urnas lo haga convencida de que con mi voto contribuyo a que los que salgan elegidos van a intentar hacerlo bien, y no se van a lucrar de su gestión.
No digo que lo consigan pero sí que al menos intenten acabar con la corrupción, con la prepotencia, con esa gente que cree firmemente que España les pertenece.