Caminos de autenticidad
L a Cuaresma es un tiempo para afirmar nuestras convicciones ante las dificultades y las tentaciones. Tiempo de penitencia, desierto, encuentro con Dios. De conversión. Al final está la Pascua, fiesta de resurrección y vida. Ahora se trata de caminar por el desierto de nuestra soledad hacia esa fiesta de esperanza, liberación, libertad gozosa de los Hijos de Dios. La Cuaresma es ocasión de búsqueda sincera y valiente de nuestra identidad cristiana, de entrar en la geografía interior de nuestros peculiares desiertos, y allí reafirmarnos en nuestra fe en el Resucitado. Es tiempo para preguntarme quién soy, qué busco, cuál es el objetivo de mi vida, qué significa vivir como cristiano, qué lugar ocupan el dinero y el poder en mi vida.
Las tentaciones en el desierto son el prólogo de la misión pública de Jesús. El desierto es espacio para el discernimiento de lo auténtico. Toda aventura espiritual pasa necesariamente por el desierto, como algo provisional e inseguro. Allí la realidad se despoja de las apariencias y se reduce a lo esencial. En el desierto se encuentra uno frente a la autenticidad más profunda. Solo en ocasiones hay una ligera brisa, de la que los árabes dicen ser «el llanto del desierto que quisiera ser verde». Este cara a cara con uno mismo es preludio de un cara a cara con Dios. El hombre sabe que vivir en el desierto no es solo vivir sin los hombres, sino vivir con Dios y para Dios. Por eso es un lugar de encuentro con Dios de forma cierta, aunque escondida y discreta. Y es también lugar de liberación. Este «programa de la libertad» no es una lista de facilidades y privilegios. Es un programa exigente, austero, plagado de dificultades. Dios se hace seguridad, pero a condición de que abandonemos nuestras seguridades habituales. Quien camina por el desierto debe contentarse exclusivamente con Dios. Dios debe ser todo.
Jesús rechazó las tentaciones y así se reafirmó en la misión que el Padre le había asignado. En ésta el horizonte no es ni el poder ni los bienes materiales, ni el dominio sobre los otros ni atadura material alguna. Jesús elige el camino de la paciencia, del amor y de la libertad, y acepta además el riesgo del rechazo. Su misión no es para aturdir a las gentes a golpe de milagros, sino que lleva a la cruz. En ella el milagro consistirá precisamente en «no descender» espectacularmente, como querían los tentadores, ávidos de milagros para creer. La cruz nos enseñará a rezar con verdad en el Padrenuestro: «Hágase tu voluntad».