Diario de León

El domingo en León sabe a rastro

Ricardo Torres y su mujer Elena son dos de los vendedores más veteranos de un mercadillo que cada siete días echa raíces en Papalaguinda. Su historia en el rastro comenzó hace 30 años en la Plaza Mayor. Hoy la tercera generación se hace un hueco entre los 500 puestos.

Elena Jiménez ocupa el puesto 63 dentro del rastro dominical. Es una de las diez vendedoras que vieron nacer este mercadillo hace casi 30 años. JESÚS F. SALVADORES

Elena Jiménez ocupa el puesto 63 dentro del rastro dominical. Es una de las diez vendedoras que vieron nacer este mercadillo hace casi 30 años. JESÚS F. SALVADORES

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PABLO RIOJA | LEÓN

Son las nueve de la mañana de un domingo cualquiera en la capital y, lo que suele ser una vía de paso tranquila el resto de la semana, se convierte hoy en un hervidero de furgonetas, puestos y entregados comerciantes que anuncian gangas imposibles de encontrar en otro lugar. ‘¡Tres bragas a un euro!’, chilla uno; ¡Pantalones vaqueros, faldas, zapatillas...! replica otro. Aquí el 3x2 está a la orden del día. Papalaguinda se torna en ‘gran bulevar’ comercial por un rato. El domingo en León sabe a desayuno con churros, a periódico y barra de pan bajo el brazo, a paseíto mañanero por la Candamia, pero sobre todo sabe a Rastro.

A lo largo de los 1.100 metros que separan la plaza de Guzmán de la de Toros se extienden cerca de 500 puestos perfectamente alineados a derecha e izquierda. Voy en busca del número 63, que regentan Elena Jiménez y su marido Ricardo, al que todo el mundo conoce como Torres. Ellos son unos de los más veteranos, de la decena de comerciantes que empezaron allá en los 80. «Llevamos 30 años», confirma el patriarca de una familia cuya tercera generación ya sigue los pasos de sus abuelos. «Nuestra andadura en el rastro comenzó cuando echaba raíces en la Plaza Mayor. Lo primero que vendimos fue lencería, pero con el paso del tiempo nos hemos centrado más en la venta de medias y pantys». Los inicios no fueron fáciles, aunque visto el panorama cualquier tiempo pasado se antoja mejor. «En los últimos cinco años hemos perdido un volumen de venta de entre el 60 y 70% a causa de la crisis», confiesa Torres. Un revés que sin embargo no trunca sus ilusiones. «Del rastro hoy se malvive, pero es nuestro puesto de trabajo y estoy convencido de que vendrán tiempos mejores», puntualiza.

Su jornada empieza a las 9.00 horas. Siempre repiten el mismo ritual. «Primero desayunamos y a eso de las 9.30 montamos la mesa para que todo esté listo de cara al público hacia las diez». Por ocupar seis metros de calzada con su puesto, Torres paga un alquiler al Ayuntamiento de 16,50 euros, cantidad que varía en función del espacio ocupado.

El 80% del mercadillo se compone del pueblo gitano. Como Torres, otros de los vendedores míticos secundan las palabras de este veterano. «Sin duda el peor momento del rastro fue cuando Francisco Fernández —con el apoyo de UPL— nos obligó a desplazarnos a Clarés. Fue horrible. El sitio no reunía las condiciones básicas, estaba muy alejado y la gente apenas venía». Después de una larga batalla por reconquistar Papalaguinda, —«gracias a Emilio Gutiérrez»— el moribundo rastro recuperó la alegría de antaño, aunque las vacas flacas afectaron a todos. Algunos, los menos, se vieron obligados incluso a desmontar el ‘chiringuito’. «Gutiérrez cumplió su palabra. Dijo que una de sus primeras medidas si gobernaba era devolvernos a Papalaguinda y un mes después de convertirse en alcalde lo llevó a cabo. Para los gitanos la palabra lo es todo. Por eso, del anterior alcalde decimos la expresión ‘qué buen gitano era este payo», remarca Ricardo Torres.

El ‘presente’ que le espera al mercadillo dominical leonés tienen ganas de tratarlo con el actual regidor, Antonio Silván. «Ya nos ha recibido una vez, pero su entorno nos pone trabas», denuncia. Una de las grandes revoluciones que le reclaman la mayor parte de vendedores es la posibilidad de introducir puestos de venta de alimentos. «Si se suman expositores de embutidos o fruta, por ejemplo, la gente encontrará una mayor oferta y se convertirá en un nuevo reclamo para acudir cada domingo», argumentan. También ven necesaria una reorganización integral del mercado. «Habría que realizar una reubicación lógica de los puestos y ampliar el espacio disponible para que todos entren bien», insiste Torres.

Uno de los sambenitos que históricamente cuelgan sobre el cuello de estos vendedores dominicales es que su género es, a veces, robado. Algo que Torres desmiente de forma categórica. «En mi caso lo compro todo en almacenes, aquí todos somos honrados», afirma. Esas palabras las confirma José Antonio Barrio, uno de los cuatro celadores/recaudadores del Ayuntamiento que se encargan de controlar, censar y recaudar las tasas a los comerciantes. «Es cierto que hay algunos ilegales, gente que se coloca fuerza de zona e incluso algunos manteros, pero hablamos de un porcentaje mínimo», confiesa para sentenciar poco después que la relación con la mayoría es «muy buena. Nosotros informamos a la policía de los incidentes, pero son ellos quienes deben actuar».

Casi frente al puesto de Torres se sitúa el de una de las vendedoras más jóvenes del mercadillo; Tamara. Su ropa cuelga de los estantes y no son pocos los viandantes que se detienen. Con mucha timidez confiesa que «le encanta su trabajo». La gran mayoría de jóvenes son hijos o nietos de vendedores que poco a poco tratan de hacerse un hueco entre los veteranos.

Los estantes —más vacíos o llenos— echarán el cierre a las 15.00 horas hasta dentro de siete días. Llueva o truene estarán ahí. El resto de la semana, algunos como Ricardo y Elena viajan a otros mercadillos. «Los martes a Astorga, los jueves a Benavente, los viernes a Guardo, los sábados a La Bañeza y los lunes de verano también a Carrizo». Un éxodo que se ha convertido en el mejor capítulo de su historia.

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