Una paz diferente
E l tiempo pascual, con la atmósfera de la alegría, es el gran fundamento de la vida cristiana, que nos hace pasar de la utopía a la realidad, de la mentira al amor, del miedo a la paz. Domingo tras domingo los cristianos acogemos la Palabra que nos relata el proceso de la Salvación. Por eso hemos de ser gente con memoria, hombres de palabra, fieles a la revelación. Hablaremos la verdad en un mundo de tantas falsedades, siempre en actitud de diálogo, con conciencia de la realidad circundante, transparentado la vivencia interior. Los diálogos desde la fe son difíciles, pero son necesarios y urgentes, pues se están achatando los horizontes de la vida. Guardaremos la palabra de Dios, pero sin temor ni cobardía. Existen demasiados temores y desánimos que cristalizan en cobardías cómplices. El Espíritu es quien nos enseña y recuerda todo. No hablamos de nosotros, sino de Cristo. Nuestras palabras no tienen que ser de alarma ni imponer más cargas que las del evangelio. Los conflictos se encararán con serenidad, sin arrogancia. La Palabra siempre es oferta de paz.
Hoy abundan los conflictos: entre personas, en el seno de las familias, en la sociedad. Frente a esta «cultura de la violencia» y de la tensión, necesitamos promover una «cultura de la paz», aprender a resolver los problemas con criterios humanos. Esta «cultura de la paz» exige eliminar las injusticias sin introducir otras nuevas y sin ahondar más las divisiones. Sólo los que rechazan los medios injustos y combaten cuanto atente contra la persona son los constructores de paz. Una «cultura de paz» exige además crear un clima de diálogo social en actitud de escucha y respeto mutuos. Una sociedad avanza hacia la paz si renuncia a los dogmatismos, busca el acercamiento de posturas y esclarece las razones con el diálogo. La «cultura de paz» se asienta siempre en la verdad. Deformarla o manipularla por intereses o con estratagemas no conduce a la verdadera paz. La mentira y el engaño engendran siempre violencia. La «cultura de paz» se asienta sobre el perdón sincero y el rechazo de la venganza. El perdón libera de la violencia pasada y genera nueva energía para el futuro. Habremos de escuchar hoy la novedad del saludo de Jesús, «la paz os dejo, mi paz os doy», y de preguntarnos qué hemos hecho de esa paz que el mundo no puede dar, pero necesita conocer. Sólo los pacíficos, los que tienen paz en su interior, porque se saben amados por el mismo Dios, pueden dar la paz y traer la verdadera paz al mundo. Esta es la misión que Jesús encomienda a sus discípulos.