Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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L a Iglesia ha recibido de Jesús unos elementos fundacionales irrenunciables: anuncio del Evangelio, cercanía a los pobres, sacramentos... Pero además en la Iglesia está la presencia del Espíritu que la recrea permanentemente y que está por encima de cualquier otro aspecto jurídico u organizativo. ¿Por qué? «Nadie puede decir Jesús es el Señor -confesión básica de la comunidad cristiana- si no es bajo la acción del Espíritu». El Espíritu hace comprender cuanto aconteció con Jesús: su vida, su muerte, su resurrección; y también regala diversos dones para bien de toda la comunidad. En la Iglesia hay diversidad de servicios, pero, como los miembros de un cuerpo, todos están al servicio de la unidad.

Estos regalos del Espíritu, la unidad y la diversidad, están al servicio de la misión de comunicar la paz, un don precioso que se ha de compartir. Por eso la Iglesia debe preguntarse cómo puede contribuir mejor a esta paz. En tiempos de crisis hay que tener claro que la paz que viene del Espíritu no puede justificar el mal o la injusticia: es ofrecimiento de perdón sin límites allí donde se reconoce el mal; pero puede ser también retención del perdón cuando alguien se obstina en el pecado sin reconocerlo. Un servicio importante, pues, que los cristianos podemos hacer al mundo es desenmascarar los egoísmos, estructuras, costumbres, que nos impiden vivir en paz. La paz se ha de edificar sobre la verdad y la justicia. Paz y capacidad de discernimiento son gracias que hemos de pedir al Espíritu y que han de comprometer nuestra vida.

Hemos de admitir que a lo largo de la Historia, la comunidad cristiana se ha contagiado de estilo mundano e incluso ha utilizado medios nada perfectos. Pero también se ha de reconocer que siempre (también en los momentos más dolorosos de la historia de la Iglesia) el Espíritu ha estado presente animando y purificando la fe, la esperanza y la caridad y llevando a cabo su hermosa obra. No han faltado nunca hombres y mujeres de talla gigantesca que han recordado, de mil maneras, que el Reino de Dios ya está entre los hombres y que se realiza a diario cuando un cristiano se adentra por los caminos del Evangelio o se atreve a vivir considerando a los hombres como hermanos o se reúne en nombre de Cristo para dejar que la fuerza de Dios penetre en la humanidad y la transforme.

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