Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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S e dice que «el miedo guarda la viña», pero la viña es ante todo para producir uvas. Se dice que «más vale pájaro en mano que ciento volando», pero la verdad es que el pájaro vale cuando vuela. Estos y otros refranes sirven para disimular el miedo. Por eso no valen para la vida, que es libertad y riesgo. El miedo nos fuerza al realismo de caer en el peor de los idealismos: pretender reducir la realidad a la irrealidad del pasado. Queremos que las cosas sean como han sido. Por librarnos de la ilusión que inventa futuros, caemos en la ilusión de desenterrar el pasado. Cierto que no se puede vivir de ilusiones. Pero ¿es posible la vida sin ilusión? El Papa acaba de decir a los jóvenes en Polonia: Sentir que en este mundo no hay ya espacio para crecer, para soñar, para vivir, es de los peores males que se nos puede colar en la vida. La parálisis nos va haciendo perder el encanto de caminar. Hay otra parálisis todavía más peligrosa: la que nace cuando se confunde «felicidad» con un «sofá». Sí, creer que para ser feliz necesitamos un buen sofá. Un sofá que nos ayude a estar cómodos y bien seguros, nos garantice horas de tranquilidad y quita dolores y temores. Así, poco a poco, nos quedamos adormilados, mientras otros —quizá los más vivos, pero no los más buenos— deciden el futuro por nosotros. Para algunos es más beneficioso tener a personas embobadas que confunden felicidad con un sofá, que tener personas inquietas que responden al sueño de Dios y a las mejores aspiraciones del corazón. No venimos a este mundo a «vegetar», sino a dejar huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar poso. Cuando optamos por la comodidad, el precio que pagamos es carísimo: perdemos la libertad.

Por otra parte, la esperanza no justifica la evasión de trabajar en el mundo. Por eso, sepamos que nuestra actividad es ya realización del Reino, de modo que toda esperanza humana se halla incluida en la esperanza definitiva. Es una única historia la que avanza hacia la salvación. La fe en «el más allá» da sentido y profundidad a las tareas humanas y aparta la resignación y la desesperación.

La mirada llena de fe afronta el futuro y reconoce que el presente es siempre bueno, puesto que está lleno del don de Dios. A la esperanza la acompañan paciencia, constancia, fortaleza, perseverancia, audacia... La Iglesia es un pueblo que vive con y de Esperanza (Cristo). Los creyentes han de tener las virtudes del caminante, ajustarse al plan de Dios y guiarse por el Espíritu que nos conduce a ser hijos de Dios y nos enseña a decir «Padre».

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