Las corrupciones
L a Iglesia no es un museo de oro y plata... No era de plata, en la cena última, la mesa aquella ni el cáliz en que el Señor dio a sus discípulos su propia sangre... ¿Queréis de verdad honrar el Cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. Forzosamente el principio y la raíz de tus riquezas proceden de la injusticia. Dios al principio no hizo a uno rico y a otro pobre, sino que dejó a todos la misma tierra. Abrid de par en par las puertas de vuestros graneros, dad salida a vuestras riquezas en todas las direcciones. Dime, ¿qué es lo que te pertenece?, ¿de dónde trajiste nada a la vida?, ¿de quién lo recibiste?... Si cada uno se contentase con lo indispensable para atender a sus necesidades y dejase lo superfluo a los indigentes, no habría ricos ni pobres. Del hambriento es el pan que tú retienes». Estas frases, francamente fuertes, son de san Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla en el siglo IV
Jesús nos dice este domingo que no se puede servir a Dios y al dinero. Servir a Dios es no ocupar el lugar de Dios y no dejar que nada ni nadie lo ocupe. Y hacer lo que Él manda, que es, ante todo, amarnos. Así que el hombre sirve a Dios cuando ve en el hombre a un hermano. Por el contrario, servir al dinero es aceptar que el dinero es lo que vale y que todo puede comprarse con dinero. Es reducir al hombre a mercancía, a simple fuerza de trabajo: quien no tiene el poder del dinero es un inferior; quien se considera que está por encima del que no tiene tanto dinero como él, es un opresor. Así la comunicación humana será una compraventa, la palabra propaganda, el amor servirse del otro... En este supuesto, el dinero desplaza a Dios, pero también al hombre; la fraternidad será imposible. El otro será un rival.
El evangelio presenta la parábola del administrador infiel. Jesús no elogia las trampas de este hombre, sino que invita, como lección de fondo, a buscar con interés y esfuerzo el salir airoso de las situaciones críticas. El Señor ama a las personas que trabajan, que no olvidan que hay que pensar, que recurren a los resortes de la fantasía. Y algo más. Este administrador descubre un camino para salir de sus embrollos: los otros. Hasta ahora no los había tenido presentes, había pensado solamente en sí mismo, en sus intereses. Ahora descubre la realidad de la amistad. Dispone, verdad es que con nueva injusticia, de unos bienes que debe administrar, lo que hará en beneficio de los otros. La propia salvación también pasa por la apertura y el servicio a los demás.