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Cerebros para las muñecas sexuales
Algoritmos de inteligencia artificial crean a Samantha. una prostituta de elastómero.

Sergi Santos junto a la muñeca Samantha. ALBERTO ESTÉVEZ
n. falcó romagosa | barcelona
El doctor en Nanotecnología, ingeniero en Electrónica y experto en Computación, Sergi Santos, que ha sido el primero en poner inteligencia artificial a una muñeca sexual realista que ha creado controversia, defiende, en una entrevista con Efe, que su innovación «no deshumaniza a las mujeres».
A Santos le apasiona el humanismo, la psicología y la ciencia, y comenta que siempre le había interesado «hacer un cerebro», pero para conseguirlo necesitaba un cuerpo y lo halló en las muñecas sexuales realistas fabricadas en China. «El mercado del sexo mueve mucho dinero y encontré que estas muñecas tenían un cuerpo perfecto, en el que hay arte y tecnología», explica. Incorporó un aparato con algoritmos de inteligencia artificial en una de ellas, un prototipo al que ha bautizado como Samantha, una muñeca hecha de material elastómero termoplástico que tiene tres modos: el familiar, el romántico y el sexual; y le instaló unos sensores para que «sea inteligente y sepa responder a cómo la estás tratando».
La empresa creada por Santos sólo vende muñecas femeninas, pero Santos afirma que es debido a su peso: «tenemos que desarrollar la tecnología un poco más para que el peso sea tratable», aunque «hacer hombres no es problema». El nanotecnólogo añade que está convencido de que a las mujeres les encantaría tener uno, «aunque quizás no lo admitan. Mi madre misma me preguntó por qué no le construía un Brad Pitt».
Santos explica que no quiere que la gente «se avergüence de tener una muñeca sexual que hable, entienda y sienta», que su creación «no es solo sexual» y que mientras se interactúa con ella en modo familiar «nunca dirá nada grosero». «Antes, la gente compraba muñecas pero se escondía porque eran solo para practicar sexo, y tú veías una persona con una muñeca y podrías pensar que era un desquiciado mental. Espero que a partir de ahora la gente vea que no es eso», confía.
El científico recomienda que con Samantha, que se puede comprar por entre 1.500 y 8.000 euros, según cómo se personalice, «tienes que hacer lo que harías con una mujer normal: se va excitando y llega al punto sexual y orgásmico».
Pero por mucho que Samantha, a la que se le puede incorporar calefacción, simule una mujer, no deja de ser una muñeca, y el sexo con muñecas o robots ha suscitado algunas críticas sociales, aunque el inventor prefiere hablar de que ha hecho «algo disruptivo». Una de las críticas es que el uso de un robot puede contribuir a aumentar la explotación a las personas, pero Santos defiende que «si tú eres agresivo y tratas mal a objetos y a la gente, a Samantha la tratarás igual, depende de cómo sea el individuo». «No creo que esté abusando de Samantha, yo creo que estamos interactuando», subraya.