Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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E s un drama que Dios haya querido que el hombre sea más que hombre, con categoría de hijo adoptivo, y que nosotros nos rebajemos a ser menos que hombres, degradándonos por el pecado. El pecado tiene sentido cuando lo entendemos como la negación de nuestra condición de hijos de Dios y de hermanos de los otros. Las hormigas pueden invadir la cocina, el perro morder a su amo y el león matar al domador; pero a nadie se le ocurre decir por eso que las hormigas, el perro o el león han pecado. Si a Dios le importan nuestras vidas, le dan alegría nuestros gozos y dolor nuestros males, le ofendemos con nuestro desvío o le agradamos con nuestra adoración, es porque ya no somos unos seres cualesquiera, sino que formamos parte de su misma familia, somos sus hijos. Por ello, el hombre -lo sepa o no lo sepa- se verá frustrado si, pronto o tarde, no llega a encontrar su sitio en esa familia y en esa relación de hijo y de hermano. Igual que Adán, en el Paraíso, a pesar de poder disponer de todos los animales y todas las riquezas, se encontraba solo y vacío, así el hombre podrá buscar por mil caminos su felicidad, pero no la encontrará más que en Dios y en sus hermanos.

«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá: y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Es lo que Jesús, en el evangelio de Juan de este domingo, dice a su buena amiga Marta. Y añade: «¿Crees esto?». Es una afirmación y una pregunta de Jesús que se dirigen a lo más hondo de nosotros y que solo desde esta hondura pueden captarse y responderse. Y esto es posible solo desde la realidad humana en que las palabras «vida» y «muerte» tienen sentido, son lo más importante, son decisivas. Pero fijémonos en la respuesta de Marta: «Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Es decir, porque cree en Jesús como Mesías, Hijo de Dios y Enviado del Padre, se atreve a decir que también cree en aquello tan difícil de creer para el hombre: que el que haya muerto, vivirá, y que el que está vivo no morirá para siempre. Es su fe en Jesús la que le permite dar el salto a creer la victoria de la Vida sobre la muerte, en la resurrección personal.

La fe en la resurrección es aceptar que hay otra vida, que no es la del más allá a secas; es creer que está íntimamente relacionada con la vida presente. La fe en la resurrección es creer aquí que estamos llamados a una vida plena, en otra vida cualitativamente distinta a esta terrena sometida a la muerte. «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina; se transforma».

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