Diario de León
Publicado por
pEDRO TRAPIELLO
León

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Morirse no es tanta tragedia si uno puede hacerse dueño del guión... o pedirse un último deseo haciendo del adiós un gracias o un apacible c’est fini... ¿puedo fumarme un pitillo y tomarme una copa de vino mientras contemplo el atardecer desde un balcón del hospital cuando me llegue la hora?, preguntó aquel paciente terminal... a los condenados a muerte se les reconoce en todo el mundo una última voluntad.... pero hace falta un director médico que diga «hágase» y eso es poco probable salvo que ocurra en un hospital de Dinamarca, el primer país del mundo donde la gente dice ser más feliz (a propósito, ¿qué pasó con la palabra «sanatorio», la mataron?.... venía de «sanar»).

Al que va a morir se le debe respeto, bálsamo y... un capricho... así se lo concedió también un cantante que llena estadios con sólo su guitarra y hondo «sentimiento común» en sus temas, Ed Sheeran, a una joven irlandesa de quince años, Triona Prietsly, que se moría en el hospital y su hermano logró que el artista hablara un rato con ella y le cantara al teléfono su canción favorita, «Litle bird»... pajarito a la oreja... y mecida por su voz, expiró la rapaza... morir así te da alas y ríete del redbull... voló ella... y no como tantos que se resisten a la evidencia y quedan aquí atrapados un tiempo sufriendo al ver cómo su entierro causa dolor cierto en alguna gente querida y mucho teatro en el resto, además, seguramente, de algún sorpresón hiriente... o cómo después sus deudos se matan por lo gordo o por los despojos.

Morir acunándose con música, cosquilleando un buen vino en el estómago y tranquilizando con nicotina los bronquios ya perdidos parece un lujo de muerte, pero es tan barato, que debería figurar en los derechos humanos y constituciones... y si no fuese buena, derecho al menos a una muerte digna y breve, que en ningún sitio se dice que el martirio clínico y hospitalario sea necesario para entrar en el Infierno, en el Cielo... o en la Nada, que es Dios según el teólogo Eckart.

Y si es posible, con algo de humor: «La muerte tiene una sola cosa agradable: las viudas» (Jardiel Poncela).

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