EL BAILE DEL AHORCADO
Guerra ideológica
No sé si saben que el pico más alto de Castilla y León es Almanzor. Está en Gredos. Es lo que estudian los niños de esta comunidad. No saben dónde está el Aneto o el Teide, no saben en qué lugar fluyen las fuentes del Nilo, piensan que los climas más extremos se dan en Soria y creen que los legados romanos llegaron a Castilla y León. Es decir, son analfabetos funcionales. Empiezo así a propósito de la petición que Ciudadanos ha hecho en el Congreso para que «se frene la guerra ideológica» en los libros de texto en Cataluña. Está muy bien, pero no deja de ser una muestra de hipocresía, porque lo que ocurre al sur de Andorra se repite en el resto de comunidades, esas creaciones postizas a las que se concedieron poderes plenipotenciarios tras la transición para apaciguar vindicaciones y adormecer conciencias. Se habla mucho de los logros de la Segunda República, pero nadie parece acordarse de que Manuel Azaña habría estado en contra de todos estos papichulismos —siguiendo el vocabulario de Irene Montero— que se crearon con el negocio de la democracia. Escribe el presidente a Esplá en junio de 1939 acerca del manifiesto de Joan Casanovas proclamando la independencia de Cataluña: «Me dirá usted que no debe tomarse en serio a Casanovas. Según. Su descrédito personal no le quita significación al hecho. Sus eminentes compatriotas no le han desautorizado que yo sepa. Estos catalanes se tienen muy merecido lo que les pasa. Lo malo es que su locura ha dañado a todos».
La escuela no está para crear identidades; está para construir el forjado de las conciencias, conciencias con criterio individual, capaces de pensar y discriminar conceptos por sí mismas. Nada de eso se consigue en la actualidad. Los políticos han logrado convertir a los alumnos en artillería de guerra, creando para ello un sistema de enseñanza en el que la carga ideológica con la que se presenta el conocimiento hace que este tenga más de prejuicio que de realidad. La ilusión ha trasladado la sustantividad del mundo. Gregarismo y libertad son conceptos antagónicos, pero en Cataluña, en Castilla y León y en el resto están a adocenar, no a formar.