Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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C on Pentecostés culmina la cincuentena pascual. Después del tiempo de Pascua, la liturgia de la Iglesia destaca la entrega por el Resucitado de su Espíritu a los suyos, que los hará participar de su misma vida y los constituirá como nuevo Pueblo de Dios. El Espíritu descendió sobre Jesús en el bautismo, manifestó su poder resucitándolo y le concedió tener parte en la vida y la gloria de Dios. Ahora Cristo, por su Espíritu, crea una humanidad nueva, renueva a los creyentes por dentro y los envía a ser fermento de una nueva humanidad.

El don del Espíritu alumbra la comunidad. La Iglesia no es una organización para administrar el testamento de Jesús. Es verdad que tiene un elemento institucional, fundacional, y por eso irrenunciable, porque lo ha recibido de Jesús: anuncio de la Buena Nueva, cercanía a los pobres, catequesis, transmisión apostólica, sacramentos... Estos son elementos originales e imprescindibles. Pero hay otro elemento fundante: la presencia del Espíritu que ayuda a la Iglesia a renovarse y a encontrar caminos para seguir anunciando de forma eficaz el Evangelio. Ocurrirá que en ocasiones el viento del Espíritu quede ahogado por muchas cosas; al vivir la comunidad en este mundo, podemos adoptar formas y opciones que oculten la presencia del Espíritu y parezca que solo buscamos unos fines y utilizan unos medios que no son los adecuados a nuestra identidad. Pero también se puede comprobar que, aun en los momentos más dolorosos de la Historia eclesial, el Espíritu sigue presente avivando la fe, despertando la esperanza, vigorizando el amor, llevando a cabo su hermosa obra. Aquí y allá han surgido personas de talla gigantesca que nos recuerdan, en todo lugar y momento, que el Reino de Dios ya está entre los hombres y que se realiza a diario cuando un cristiano se adentra por los caminos del Evangelio o se atreve a tratar a todos como hermanos o se reúne con otros en nombre de Cristo para ayudar a que la salvación de Dios penetre en la humanidad y la transforme.

Nosotros, al creer en la acción del Espíritu, hemos de intentar que no pase de largo en nuestra vida. Pidamos que se detenga y nos envuelva en su aliento, que nos empuje a dar testimonio del único modo que el mundo lo admite: viviendo como Dios, nuestro Dios, quiere que vivamos. En una palabra, viviendo como Cristo lo hizo. Pidamos al Espíritu que «renueve la faz de la tierra» por medio de la renovación de la faz de cada cristiano.

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