Diario de León

LEON ■ SOCIEDAD

El registro de los niños muertos

Miles de niños eran ‘echados’ al torno durante la noche. La mayoría de ellos no sobrevivían el año. El Archivo Provincial conserva miles de legajos que dibujan la desoladora historia de los expósitos leoneses y de la sociedad que les acogía

Uno de los libros de niños que se conservan en el Archivo Histórico de León.

Uno de los libros de niños que se conservan en el Archivo Histórico de León.

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cristina fanjul | león

Casi todos morían. De sífilis, de viruela, de tosferina, de bronquitis, «por no ser viable», recoge alguno de los legajos, o de una simple laringitis. Los libros de registros del Arca de Misericordia (primer orfanato de León) de Nuestra Señora la Blanca (catedral de León) acogen las brevísimas vidas de los niños expósitos de León. «A veces, llegaban más de doscientos al año, según las circunstancias de crisis que viviera la población en aquel momento», destaca Eva Merino, la directora del Archivo Provincial de León, institución que atesora los pliegos y anotaciones que las madres y los religiosos hacían cada vez que un bebé llegaba al torno. Según destacan María José Pérez Álvarez y Alfredo Martín García en la investigación Marginación, infancia y asistencia en la provincia de León a finales del Antiguo Régimen, la fecha más temprana de referencia es 1480, año en el que el cabildo destinó 600 maravedíes para la crianza de un niño que había sido expuesto en el arca. En 1793 abrirá el segundo centro asistencial de la ciudad: el hospicio, que se construyó extramuros, en las proximidades del campo de San Francisco.

El Archivo conserva dos tipos de libros, los libros de crianza y los de los registros de los infantes. En los primeros, se documentan las crianzas mercenarias, mujeres que hacían de nodrizas de estos niños y que recibían un emolumento por su función. En los Libros de pagos de crianzas de niños del Arca de Misericordia de León se recogen las relaciones entre estas mujeres y los expósitos: ‘Antonino murió en 1784. Le crió María Caveza, mujer de Manuel, de Quintana de Cepeda’, ‘El primero de agosto de 1678, Pedro Rodríguez y María de Beg, vecina de dicho lugar, llevaron a criar una niña bautizada llamada María Antonia’.

Una cruz al final de la hoja daba fe del fallecimiento, al tiempo que una simple referencia al malvar, el cementerio, el lugar donde criar malvas, dejaba constancia del enterramiento del niño, la mayoría, lactantes. Y es que, según aseguran los investigadores, la criatura abandonada en el torno comenzaba una «penosa lucha contra la muerte». Así, de los 5.831 niños que se han estudiado, el 60,5% fallecieron en los hogares de las criadoras, un porcentaje superior al de la mortalidad infantil en los ámbitos territoriales de la provincia en los que esta variable es conocida. Además, el hecho de que superaran la crianza no establecía la frontera para la supervivencia. De hecho, de ese 32,7% que la superaron , murieron el 26,4% y el 24,1% restante no tenía garantizada la llegada a la edad adulta. El abandono era en la mayoría de los casos una condena a muerte, si bien los estándares de la población infantil que se criaba en familia tampoco era alto.

Imágenes de algunos de los documentos del Archivo Provincial. En el tercero, un legajo suelto que aparecía en uno de los libros se lee: "Certifico y doy fe, yo el fiel defechos de Villanueva de las Manzanas, como el niño Toribio vino y le crió la mujer de (ilegible) y para ser verdad doy el presente, yo firmo en Villanueva y febrero 28. Como fiel defechos. Isidoro Penelas."

Razones para el abandono

Pero, sin duda, la pregunta que hay que hacerse es cuál era la razón para que las madres abandonaran a sus hijos, a veces, al poco de nacer. Ilegitimidad y pobreza son algunas de las explicaciones que aportan los historiadores. Sin embargo, para María José Pérez Álvarez y Alfredo Martín García, «en un mundo en el que las medidas contraceptivas eran desconocidas y la infancia estaba muy poco valorada, pudieran concatenarse otras circunstancias de las que los niños acabarían siendo víctimas».

Territorio de exclusión

En los mismos términos se expresa el antropólogo José Luis Puerto, que destaca que el abandono de niños está dentro de un arquetipo que se ha sucedido a lo largo de la historia y que se encuadra dentro de la naturaleza humana. «Se abandonaba y se abandona a los niños por presión social, por vergüenza, por tabúes....», explica el también poeta salmantino afincado en León, que subraya que este fenómeno entra dentro de un campo antropológico que se denomina ‘de territorio de exclusión o margen’. Blancanieves, El libro de la selva, Hansel y Gretel... todos ellos son expresiones folklóricas de una realidad que se ve como algo superado. «Son la memoria de un época y unas circunstancias que ya no existen, pero que tuvieron su espacio en la historia», manifiesta el poeta, que precisa que en estos legajos las madres escribían incluso coplas y poemas. Y, sí, en algunos casos, los niños llegaban al torno con pliegos en los que los padres explicaban las razones de su abandono, dejaban versos sobre el bebé o prometían regresar a buscarlo cuando las circunstancias vitales se lo permitieran. Entre las cédulas que pueden consultarse en El Libro de Niños Expósitos en Nuestra Señora la Blanca de la Ciudad de León, hay uno que reza: ‘El 1 de mayo de 1762 echaron en el torno a las nueve de la noche a un niño como de un mes con mantillas, manta blanca ya viejas y un ovillo de pasada, con una cédula que decía Penélope me llamo, dame la teta y verás como mamo y no me bautices, ya estoy solemnemente bautizado’. En otro caso, el registro informa de la llegada de un niño que es entregado «malhumorado» y con tres mantillas, dos azules y una blanca, así como una cinta de colores. «No consta hallarse bautizado ni rastro de nombre». Portaba una nota en la que se pedía que le dieran una buena madre. «Mi padre es hombre de buen corresponder». No se logró. Días después, una cruz fijaba su enterramiento en el Malvar de Santa Marina. En ocasiones, las páginas de registro de los niños no van más allá de las tres líneas: «A las once de la mañana del 10 de noviembre de 1877 acogen en la casa a este niño. El mismo día se le bautizó en la capilla y se le puso Amores Saturno. Murió en casa en 1878. En algunos casos se descubría quiénes eran los padres. A veces eran las propias nodrizas las que dejaban a sus hijos en el torno para hacerse luego cargo de su crianza. La obra de María José Pérez Álvarez y Alfredo Martín subraya que las promesas acerca de la recogida del niño en el futuro no solían cumplirse.

Hijos de prostitutas — «es hijo de puta que vive de eso», llevaba prendido en su ropa uno de los niños abandonados en el Arca—, relaciones ilegítimas o pobreza eran las circunstancias que multiplicaban la llegada de niños expósitos: En esta circunstancia se hallaba María Álvarez, vecina de Alcoba, que en mayo de 1788 vino a recoger a su hijo, abandonado en la inclusa de León cuatro meses antes. Antes los responsables del Arca declaró ser soltera y que el niño había sido fruto de trato ilícito con un viudo natural del reino de Galicia. A pesar de reconocerle la maternidad, la institución decidió no devolvérselo por carecer de leche con qué amamantarle y por ser pobre de solemnidad.

Destacan los investigadores que un sector importante que contribuyó considerablemente al fenómeno de la exposición fue el de los transeúntes y trabajadores temporales. «No olvidemos que tanto León como Astorga y Ponferrada se hallan inmersas en pleno camino de Santiago, una de las vías de comunicación más transitadas de la época. Abundantes eran los casos protagonizados por gallegos y asturianos, que en su desplazamiento hacia la siega abandonaban, con cierta frecuencia, a alguno de sus hijos, «fruto de las necesidades económicas del momento o de los deslices de la carne».

María José Pérez Álvarez y Alfredo Martín García explican que el papel de los centros urbanos como lugar de llegada de población indigente hace frecuente la existencia de niños abandonados por «pordioseros» o «pobres de solemnidad» procedentes del ámbito rural. Así, destacan como en octubre de 1797 nacía en la calle, junto a la iglesia del Mercado, en León, una pequeña que rápidamente era conducida al Arca. «Su madre, pobre y oriunda de Barrios de Luna, acudió posteriormente a la institución para ofrecerse como nodriza interna, pero fue rechazada por falta de leche».

María Tomasa sí sobrevivió

Junto a la desesperanza que producen todas estas historias, los documentos del Archivo alumbran una historia que llama la atención porque no está enmarcada por la cruz de la muerte. Se trata de la historia de María Tomasa Martínez, una niña que llegó al torno en el año 1878 y que salió al cumplir la edad adulta, trasladándose a vivir a Oviedo. Al final de la página de su registro figura que regresó para solicitar una petición y contraer matrimonio con Florencio Mariano, músico del Regimiento Militar de Infantería del Príncipe. Fue en el año 1903. Tenía 25 años...

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