Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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E ste mundo nuestro, tecnificado y prometedor, curiosamente una de las cosas que más reparte es miedo. Miedo a ir por una calle desierta, a entrar en nuestro portal con un desconocido, a subir con él en el ascensor, a abrir la puerta de casa cuando alguien extraño llama a ella... Hay mucho miedo a perder el empleo, ante un porvenir oscuro y que impide disfrutar de una actitud serena y confiada ante el mañana. Muchos padres tienen miedo a que sus hijos crezcan, porque les horroriza la droga, la emancipación prematura, la rebeldía. En ocasiones tenemos miedo a vivir, porque vivir significa comprometerse, dar la cara, tomar partido, definirse. Y, casi siempre, preferimos mantenernos en una discreta penumbra sin arriesgar una seguridad que nos da miedo perder. Tenemos miedo a lo que piensen de nosotros, a perder prestigio, a que no nos consideren en todo lo que creemos que valemos. Por eso, en muchas ocasiones no seremos capaces de adoptar una decisión valiente ante una situación que sabemos que no resulta aplaudida por todos. También en la esfera de la fe tenemos muchísimos miedos.

Pues bien, de todos los miedos quiere el Señor que estén libres los suyos. El habla del miedo más íntimo, más profundo, más insalvable: el miedo a perder la vida por Él. Es un miedo comprensible para el cual el Señor promete su asistencia, que la historia atestigua como palpable y visible, con la que miles de personas, de toda clase y condición, han vencido con gallardía el miedo a la muerte violenta con la que se encontraron solo por ser cristianos. Es más que posible que nosotros no lleguemos a esas situaciones extremas, pero sí que tengamos miedo y miedos, algunos muy profundos. Para los miedos que nos embargan cuando queremos arriesgarnos a abrirnos sinceramente a las exigencias de la fe, también son válidas las palabras del Señor. Él asegura que estará cerca para hacer de nosotros hombres decididos y resueltos, capaces de salir de nosotros mismos para ir sin complejos al mundo y descubrirle esas grandes verdades en las que decimos creer.

Los otros miedos, esos miedos que se derivan del abismo que se abre en las relaciones entre personas, también quedarían aliviados si los hombres se decidieran a admitir a Dios en sus vidas. Es algo que cada día se ve con más claridad: cuando más se aleja Dios del horizonte del hombre, más miedo tiene el hombre de su prójimo porque éste se convierte en su enemigo. Hay que leer despacio el evangelio de este domingo y sentir fuertemente la voz del Señor que nos asegura que estará cerca de cada una de nuestras angustias para ayudarnos a vencerlas. No podemos olvidarlo: somos discípulos de alguien que vive para siempre y nos invita a compartir esa misma vida.

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