Diario de León

El gran salto de Bea

Tras librarse de un duro cáncer de mama, la toledana Beatriz Élez Fernández eligió el aeródromo de Pajares de los Oteros para cumplir un sueño, y poner en práctica su particular ejercicio de superación: saltar en paracaídas y sacudirse lo malo con ese vuelo de libertad. Y es que en esta historia no caben los ‘me habría gustado’, sólo la vida....

Beatriz Élez y Antonio Fernández, su instructor, durante el salto en el aeródromo de Pajares de los Oteros. DL

Beatriz Élez y Antonio Fernández, su instructor, durante el salto en el aeródromo de Pajares de los Oteros. DL

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

pacho rodríguez | madrid

«He sentido que volaba como un pájaro, libre de todo, sin miedo a nada... He sentido de todo. Luego me ha dejado coger el paracaídas y conducirle. Alucinante... Nunca mejor dicho: Libre, como el sol cada mañana yo soy libre...». «Cuando salte quiero sentir la libertad. Quitarme de encima todo lo malo». Y fue este domingo en un suspiro, como dice que ha descubierto que es la vida, pero, en este caso, lleno de adrenalina. Un gran salto. El salto de Bea. Una primera hazaña si no fuera porque ya lleva encima otra, y otras, que son las de la vida, la de vivir hasta hace poco luchando contra un cáncer de mama. Que es la lucha contra el miedo, a favor de curarse, contra el espejo, a favor de la superación... Todo un toma y daca.

Visto desde fuera tiene, por supuesto, lo colectivo de tantas mujeres que han vivido o viven esta situación. Ellas saben de que se habla en esta historia. Beatriz Élez Fernández (1976, Robledo de Mazo, Toledo), residente en Madrid, casada, madre de dos hijos, educadora infantil, ha elegido el Aeródromo de Pajares de los Oteros para cumplir un sueño: saltar en paracaídas. Una locura cargada de sensatez también porque esto de volar que se le ha ocurrido lo hizo ayer ayudada por Antonio Fernández, primo suyo y militar profesional experto en la materia.

Aprender a decir cáncer

Así, en el salto de ayer, después de llegar a Valencia de don Juan y hospedarse en el hotel Astura, va resumido todo lo que conforma su trayectoria de mujer entusiasta, madre y demás, pero que un buen día quedó relegado en un a ver cómo salimos de esta. «Fue en 2011 y me lo encontré yo. Y hubo bastante de andar de médico en médico porque el primero que me vio no vio nada. Y tuve que ir a una consulta privada y seguir hasta que me dijeron lo que no quería oír: que era una tumor maligno. Y recuerdo el momento en el que la oncoginecóloga me dijo: «Tienes que aprender a decir cáncer...»

Reconstruirse

Es evidente, como en todos los casos, que después de este relato, la impresión de ayer de estar en las alturas y ver las tierras de campos de León fue la de aislarse de la maldita rutina que Bea Élez comenzó a vivir de 2011 hasta el año pasado. Hablar no es fácil: «A mi me remueve todavía hablar de ello. No soy tan fuerte como parece. Y aún hay ratos que estoy mal, porque me pongo nerviosa. Además, aún curada, las secuelas están ahí... Recuerdas la quimio, la caída del pelo, la reconstrucción... Estoy en una situación que aún requiere de muchos pasos más», explica. Y ella misma, ante la pregunta de la necesidad de dar consejos a las que han de pasar lo que pasó ella, tiene claro una cosa: «Creo que hay que informarse lo justo. Los que tienen que saber son los médicos. Parece inevitable que, por ejemplo, entres a mirar en Internet. Yo creo que no sirve para nada», asegura.

Desafección laboral

Hay otros efectos que también son colaterales en toda esta experiencia como son los relativos a lo laboral: «Por estar demasiado tiempo enferma perdí mi puesto de trabajo como educadora infantil en una escuela de Alcorcón. No me renovaron. Y además fue desagradable porque después de tantos años allí me despachaban con 1.000 euros», cuenta, en un momento en el que bastante tenía ella como para estar pendiente de plazos y arreglos legales. Y ahora busca trabajo, aunque los efectos de la medicación limitan ciertas posibilidades. Pero lo mismo que saltó ayer, seguro que otro paso será el de sin miedo volver al mundo laboral.

Porque volviendo al lado sano de la vida, a Bea Élez le gustan los retos. Y si están relacionados con el deporte, con factor sorpresa incluido o actividades que se salgan de la rutina, ahí estará dispuesta. «Igual que lo de saltar en paracaídas, si hay posibilidades de conocer deportes que no sueles practicar, creo que no hay que desaprovechar la oportunidad», dice. Pero esta teoría ha cobrado forma de mandato desde su experiencia con el cáncer. Y casi, más que consejos («cada caso es diferente y hay que respetar cómo lo vive cada uno», matiza), lo que queda es un listado de apuntes de superación: «Con todo esto aprendes que la vida puede ser un suspiro. Que no hay que dejar para después las cosas que quieres. Ni a los amigos, los cercanos, los hijos, tu pareja...», enumera. Y dice que, cada día, al levantarse, hay que dar las gracias. Aunque al cáncer no, se entiende, pese a que le ha servido para cumplir un deseo que puede que de no haber pasado por él siempre hubiera quedado pospuesto.

En esta historia no tiene cabida el «siempre me hubiera gustado...». Aquí entra el hay que hacerlo. Curarse. Darle un salto al cáncer. Y, como ayer, que sus dos hijos, David y Daniel, y su marido: Jose, vean como no es un pájaro, no es un avión, es Bea Élez, que a las mujeres no les hace falta el súper.

tracking