EL BAILE DEL AHORCADO
Tragarse el sapo
Nadie lo sabe. Puede que sean mil, o diez mil, total... La mina es el ejemplo más evidente de que la justicia no es igual para todos. No hay más que leer Germinal para darse cuenta de hasta dónde llega el genocidio. Hombres, mujeres y niños. No hay registros. También se muere de pena, aunque algunos crean que es una enfermedad de ricos. Metían a los niños en las minas para arrastrar los furgones de carbón, cuando no como ‘ojeadores’, como víctimas propiciatorias, mártires de la revolución industrial que León sirvió al resto del país como una criada obediente. No se sabe cuántos porque ni siquiera hay registros de muerte. Habría que ir empresa por empresa y año por año, tajo a tajo para descubrir el saldo de mártires que la montaña se tragó. En Asturias fueron, según la investigación realizada por Mario García Antuña, más de cinco mil los fallecidos a causa de los derrumbes, del grisú, de la silicosis. Los pulmones de los mineros se convertían en piedras para recordarles que su lugar estaba en el vientre de la montaña, que cuando firmaban sus contratos de siervos, recibían la mortaja, una inmolación a cámara lenta, un dragón que por cada kilo de carbón exigía un sacrificio de sangre.
Recuerdo la foto de la impostura. Salían unos cuantos políticos a la puerta de la iglesia en la que enterraban a seis mineros de León. Me imagino que pensaron que no cabía otra que tragarse el sapo. Así que aguantaron el tipo y se fueron. Nunca volvieron, nunca más llamaron a los padres de los seis jóvenes que perdieron la vida el 28 de octubre en una mina que, según dijeron después, era la más moderna de Europa. ¿Hasta dónde deben llegar las responsabilidades? ¿Quién cobraba cuánto por mirar hacia otro lado? ¿Por qué se permitió que los ‘cojones’ sustituyeran a la ley laboral? Todo resulta tan putrefacto que es indigno siquiera hablar de la culpa, un concepto demasiado elevado para ellos. Para empezar porque a nadie le interesan un puñado de mineros muertos. Antes, porque el carbón era rentable. Ahora, porque ya no quieren que lo sea, porque forman parte de un mundo que ya no computa.