Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Te la debo porque durante tres años has sido más que una madre. Mucho más. Ser madre, a pesar de lo que digan, no te da ni te quita. Es un accidente biológico. Pero la vocación, esa dedicación con la que cada día abrías la puerta de la clase como si fuera el primero, eso, es un milagro. Recuerdo ese primer día, ahora que un nuevo comienzo se cierne en el horizonte. Esteban chillaba y lloraba de miedo. «Cierra los ojos», le dije, «cuando los abras estaremos en casa». Pero lo que hice fue entrar en una clase llena de niños tan aterrorizados como él y abandonarle en su pequeña sillita.

Mientras enfilaba el pasillo de salida, seguía escuchando los gritos. ¡Pobre Mariaje!, pensé. Regresé a buscarle a la hora y estaba feliz. Y así ha seguido cada día de los últimos tres años. Eso es magia. No es sencillo ser profesor. Supone, como dijiste aquel día, coger la mano de un niño y saber cuándo soltarla. En eso sí eres como una madre, como las buenas, claro. Enseñar es conectar mundos, formas de pensamiento, integrar al alumno en la historia, hacer de él alguien que sea capaz de ver, de imaginar realidades que nosotros apenas pudimos imaginar.

Somos navegantes, conquistadores, en eso consiste la esencia de la humanidad, en ir más lejos que nuestros antecesores, en dejarles atrás. Educar es dar a cada persona su propia carta de bitácora, abrirles las alas para que sepan que todo es camino. Educar es, también, formar, generar en el niño un mecano moral con el que pueda construir un lugar mejor en su rincón de la vida.

Durante estos años has provocado que, como cada Navidad hace con el calendario de Adviento, abra ventanas en su pensamiento y en su alma, cuestiones que la mayoría de las veces no sé responder.

Esteban me preguntaba hace unos días que, si Dios envolvía el universo, quién envolvía a Dios. Detrás de esa pregunta, como de tantas otras, estabas tú. Tú le has enseñado a pensar y a sentir así, y espero que nunca lo olvide.

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