Diario de León

EL BAILE DEL AHORCADO

Para mí que Dios sí juega a los dados

Cristina Fanjul
León

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No hay nada que controle nuestras vidas salvo el azar. Cuando aún sabes menos que poco, tienes la ilusión de que posees el poder, de que tienes la capacidad de ordenar las cosas según tu conveniencia. Algo después comienzas a pensar que son otros los que gobiernan la rutina con la que tratas de manejarte. Pero llega un día en el que te rindes a la evidencia. No puedes nada, es el azar el que decide. El azar, las notas con las que Dios desorganiza el mundo, es una fuerza tan poderosa que vivir sería otra cosa si fuéramos capaces de entender sus reglas. No voy a aportar nada nuevo. Hay cientos de obras maestras cuyo nexo común es precisamente ese, y los hay también que creen que, simplemente, no existe, que es otra de las maneras que inventamos para explicar lo que desconocemos. En este lado de la realidad, el azar sería una consecuencia de nuestra ignorancia, porque al final siempre se demuestra que todo comienza con una fábula que luego otros tratan de demostrar.

Puede que sea así. Puede que si supiéramos todas las posibilidades, evitaríamos el caos: llegar un segundo antes o uno después, impedir la conjugación genética, estudiar todos los resultados para vencer la casualidad, para darnos cuenta de que no hay nada aleatorio. ¿Dónde nos deja eso? Si borráramos el azar, eliminaríamos nuestra naturaleza. No es sólo que hubiéramos esquinado a Dios, es que nosotros mismos ya no tendríamos demasiada razón de ser. No hay nada peor que pensar que Dios no juega a los dados. Yo prefiero creer —aunque sé que resulta extremadamente peligroso— que el azar, la casualidad, la suerte, si quieren, existe, es real y domina nuestras vidas. Si la certeza nos dominara estaríamos perdidos, más aún. Ese huracán de tinieblas que nos hace vivir a tientas nos convierte en lo que somos, nada importante, en realidad. El azar hace que la tentación del silencio aumente. ¿Qué sentido tiene el ruido cuando es la casualidad la que decide? La vanidad se cura con un soplo.

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