Vivir de espaldas a la muerte
«En España no se educa para la muerte». Un filósofo y un antropólogo coinciden en subrayar el cambio de paradigma que la modernidad y la vida en las ciudades ha generado respecto al último trance de la vida. Rogelio Blanco y José Luis Puerto explican cómo nos afecta esta crisis de modelo. .

Imagen de la ceremonia fúnebre del que fuera alcalde de León Enrique González Luaces. ARCHIVO FAMILIA GONZÁLEZ LUACES
cristina fanjul | león
«La muerte es un universal». El filósofo Rogelio Blanco hace esta afirmación para explicar que se trata de una figura presente en todas las culturas. «La muerte es un valor, un rito de paso, el último», subraya para lamentar el giro que el concepto y la manera de vivir la experiencia ha dado en España. «Aquí se nos educa mal para la muerte», advierte. Rogelio Blanco recuerda que antes se convivía sin reparos con ella y critica la asepsia que ha desencadenado un modo de vida que ha borrado la imagen de esta figura de nuestras vidas. El filósofo pone como ejemplo las novenas que se celebraban en los pueblos tras el fallecimiento de un vecino. «Se rezaba al muerto, se le recordaba, se le festejaba y la velada terminaba incluso con el recuerdo de escenas jocosas protagonizadas por el finado», asegura el que fuera director general del Libro, Archivos y Bibliotecas. Blanco Martínez hace hincapié en la presencia de los niños en todos estos rituales. «A los niños no se les escondía la muerte porque, al final, difuminar la muerte provoca una desmemorización de la propia vida».
El también pedagogo recuerda que cuando Javier Sádaba escribió el ensayo Saber vivir, él le dijo que estaba obligado a publicar uno que tratara acerca de cómo morir. «Así lo hizo y es que no podemos vivir sin saber que todo esto es finito, caduco y transitorio», sostiene. El filósofo considera que si tuviéramos el recuerdo de la muerte más cerca de nosotros no nos tomaríamos la vida con tanto rigor. «Determinadas obsesiones radicales, como el nacionalismo, por ejemplo, se esfumarían», resalta.

En los últimos años, fiestas como Halloween eclipsan a la de Todos los Santos. Para luchar contra esta moda, las diócesis proponen a los más pequeños otro tipo de atuendo, el de un santo de la Iglesia Católica, en la fiesta «Holywins» (la santidad vence).
La asociación Facua ha pedido a los gobiernos autonómicos y a las distintas autoridades de consumo que aumenten los controles durante los días de Halloween por la comercialización de productos y disfraces con riesgo para la salud y que han recibido órdenes de retirada del mercado.
En un comunicado, Facua ha lamentado la falta de control de las administraciones autonómicas y locales a la hora de proteger a los consumidores ante «productos peligrosos» que se comercializan por la «falta de vigilancia» en las aduanas.
El escritor, autor de obras como La ciudad ausente o La vara de Aarón, destaca que tanto el espacio como el tiempo son dimensiones pequeñas para el ser humano. «Y, sin embargo, nos empeñamos en llenarlas de cosas, de acumular la vida de objetos, de intereses, de ambiciones, en un afán de malvivir que sólo nos perjudica».
El escritor regresa a su argumento principal y defiende que al difunto hay que llorarle, reirle, rezarle bien, tenerle cerca. «Ahora, con la mercantilización de la muerte, al finado se le saca de casa. Todo se ha convertido en un negocio, con los seguros, los tanatorios, que hacen que se despida al difunto sin los tránsitos rituales. Va del hospital al cementerio sin pasar por su casa», lamenta,
Rogelio Blanco destaca que antes en las iglesias había un espacio conocido como el hachero, en el que se velaba al muerto durante un año. «En él se depositaban velones que debían ser mantenidos por uno de los familiares hasta que, al cabo de un año, se celebraba la misa de difunto y la familia se liberaba del luto».
Por su parte, el antropólogo José Luis Puerto hace una distinción entre lo que conllevaba la muerte en los tiempos en los que se vivía en contacto con la tierra y la actualidad. «Cuando éramos campesinos, la vida estaba marcada por un marcada percepción de la muerte como algo próximo a nosotros. Había una percepción física de la muerte», incide. Puerto añade que en las sociedades agrícolas estaba asimilado que la muerte era un tránsito hacia la otra vida y, por lo tanto, había una cierta conformidad que se debía a la superestructura generada por el cristianismo.
El también poeta sostiene que con el estallido del desarrollo urbano, se desarrolla una comprensión más compleja y desaparece ese carácter de proximidad. «Las imágenes de la muerte se vuelven más complejas a causa de medios como la televisión o las redes sociales, que multiplican sus impactos», subraya. Asimismo, José Luis Puerto se refiere a los videojuegos, uno de los pasatiempos en los que la muerte, y la muerte violenta además, está presente, para hacer hincapié en que vivimos en una sociedad en la que el concepto del tránsito se concibe de manera lúdica y trágico al mismo tiempo.
El antropólogo añade que antes la percepción de la muerte tenía una concepción de trascendencia que ahora se está perdiendo porque «el hecho religioso se ha sustituido por la economía que lo dirige todo». Esta reflexión lleva al autor de El tiempo que nos teje a asegurar que en los últimos tiempos los avances científicos nos han situado ante la posibilidad de eternidad, con lo que esa actitud de aceptación se habría terminado, de manera que «creemos que somos capaces de poner muros a la muerte», reflexiona. José Luis Puerto considera que este cambio de paradigma comenzó con hallazgos como la penicilina, las vacunas, la medicina moderna, en suma, al que se ha unido el avance tecnológico de los últimos años.
Las cuentas de la muerte
También se ha modificado ‘la envoltura’ de la muerte. En el libro de Gregorio Fernández Castañón León, entre recuerdos y añoranzas, aparece la imagen de una factura de la funeraria Lozano del año 1931. En ella, se detalla el precio del servicio de entierros, que asciende a 773 pesetas. La factura incluye la carroza gótica (50 pesetas), las esquelas en los periódicos La Mañana y La Democracia (115 pesetas), los impuestos municipales (133 pesetas) y el pago a la iglesia (127). «Si se tiene en cuenta que en España, el salario medio ponderado en aquella época era de, aproximadamente, 7,5 euros al día, el lector puede pensar que el precio de la muerte era muy caro», destaca el autor de la obra, que precisa, no obstante, que la factura que aparece a la izquierda pertenece a un funeral de primera clase.
Los servicios funerarios incluían ‘elegantes carrozas góticas’ y cortejos. Las carrozas eran conducidas por uno o varios palafreneros y eran negras para los adultos y blancas para los niños. «La familia del finado, dependiendo de lo que quisiera gastar en tan triste ceremonia, las podía escoger con un tiro de dos o más caballos, que también llevaban penachos y adornos de riguroso luto».