Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical Antonio Trobajo Díaz
León

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E l tiempo de Pascua evoca la experiencia de los primeros discípulos, que, sin que lo esperaran, se encontraron con que el Crucificado era también el Resucitado. El Crucificado estaba vivo. Aunque fuera de otro modo, era él: ¡había resucitado! Esto supuso para ellos una alteración radical en su manera de entender, sentir y hacer. En cada uno y en todos. Por dentro y por fuera.

Es como si alguien un buen día nos dijera: «Debía callarme, pero ya no aguanto más. Tengo más que indicios de que está a punto de ocurrir algo que te dará una gran satisfacción. Cuando lo sepas, estate seguro de que se te va a cambiar la vida, te llenarás de alegría y no vas a tener más remedio después que pregonarlo a los cuatro vientos». ¡Una experiencia así, de algo grande y positivo, nos hace otros!

Las lecturas de este domingo describen este mismo proceso. La vida, pasión y muerte de Jesús apuntan al triunfo de la Resurrección. Todo cambiará con este acontecimiento, del que los discípulos son testigos. Pero para que el encuentro con Jesús Resucitado se produzca de verdad y con fuerza, harán falta gritos que pidan ayuda («Apiádate de mí, escucha mi oración»), tinieblas que ansíen la luz («Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro»), pecados que aguarden una redención («Convertíos, para que vuestros pecados sean borrados») que es perdón universal («Para que sean perdonados los pecados del mundo entero»). En el encuentro con el Resucitado llegarán el alejamiento de cualquier miedo («¿Por qué os asustáis?»), la confianza plena de Dios («El Señor me escucha cuando lo llamo») y el don de la paz («¡La paz sea con vosotros!»). A los discípulos se les cambiará la vida («Convertíos y volved a Dios»), rumiarán lo que han visto y oído («Nosotros somos testigos de ello») y ya no podrán callarse (la conversión y el perdón «se han de proclamar a todas las naciones»). Un encuentro, pues, que abre camino a la conversión, a la unidad, a la evangelización.

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