Cuando Sabero se llenó de forasteros
El libro 'Vida, trabajo y muerte en la Ferrería de San Blas (1841-1862)’ da protagonismo histórico a sus obreros y obreras

Una imagen de la ferrería de San Blas, ya destruida, de principios del siglo XX. ARCHIVO MSM
Un maquinista inglés, un ingeniero malagueño, especialistas franceses y belgas y decenas de obreros llegados desde Asturias, Cantabria, y sobre todo de la provincia de León, más del 35%, transformaron el paisanaje del valle de Sabero a mediados del siglo XIX.
El paisaje lo cambió la Ferrería de San Blas, cuya primera piedra se puso un 14 de mayo de 1846 y que encendió el primer alto a finales de 1847 o principios de 1848. A aquel valle ganadero y agrícola llegaron gentes desde Inglaterra y Málaga, de Francia, Cantabria y Asturias, de Bélgica y Palencia. De León destacaron los oriundos de Sahagún y Maragatería.
Vinieron de fábricas de artillería como la de Trubia en Asturias o La Cavada de Cantabria, o de las siderurgias del sur. Además de mineros, pulularon por Sabero laminadores, herreros, fundidores, pulidores, cilindreros, operarios de hornos, maquinistas entre otros oficios, fueron copados por obreros, y también obreras, frecuentemente las esposas de aquellos. Tal es el caso de Miguel Santos y esposa, cuyo nombre ni siquiera se menciona en el contrato de ‘operarios’ para fabricar coque y que constituye una prueba irrefutable de que la brecha salarial es tan antigua como la máquina de vapor, pues mientras a él se le pagagan 7 reales de vellón al día, a la anónima obrera se le asigan 5 reales.
La radiografía de la «revolución industrial y social» que supuso la ferrería la hacen los historiadores Javier Rodríguez González, Juan Manuel Bartolomé Bartolomé, Gustavo Puente Feliz, Javier Revilla Casado en el libro Vida, trabajo y muerte en la Ferrería de San Blas (1841-1862), que publica la Junta en el cuarto volumen de los Cuadernos de la Ferrería del Museo de la Siderurgia y Minería (MSM) de Castilla y León de Sabero, y se presenta hoy a las 20.00 horas en la Biblioteca Pública de León.
La investigación capta por primera vez el pálpito obrero del ingenio siderúrgico. La Sociedad Palentina de Minas, creada en 1941 y que a partir de 1945 se llamó Sociedad Palentina-Leonesa de Minas, fue el equivalente a una gran multinacional de hoy en el valle de Sabero. La ferrería de San Blas, que es uno de los primeros altos hornos de Espala, se atizaba con el carbón de las primeras minas de la montaña oriental.
Los «protagonistas invisibles» de aquella hazaña que dio el salto de la era artesanal a la industrial salen a la luz gracias a la valiosa información de los libros parroquiales y los protocolos notariales, apunta el coordinador de la obra, Javier Rodríguez, profesor de Historia Contemporánea en la ULE.
El historiador Javier Revilla ha localizado un total de 164 familias, de las que 50 trabajaron seguro en la ferrería, 90 tienen una alta probabilidad y una veintena son dudosas. Al menos en una veintena de las primeras, casi la mitad, trabajaban el hombre y la mujer. La repercusión demográfica «fue muy notable», sobre todo en los años de esplendor de la ferrería (1848, 1854 y 1859), que se corresponden con el encendido del primer horno alto, llegada del capital del maragato Alonso Cordero y encendido del segundo alto horno, respectivamente, explica. «Es como si la Coca Cola se instalara ahora en Gordoncillo», afirma Javier Revilla al calibrar el impacto de la ferrería en el valle de Sabero.
La memoria de aquella oleada de gentes no sólo pervive en la ferrería, hoy Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León. El Perchel, popular barrio de pescadores de Málaga, tiene su homónimo en Sabero y no es extraño. Es un recuerdo que dejaron aquellos obreros venidos desde la capital malagueña de la mano del primer director, José Denis.
Revilla señala que «no están todos los que fueron» puesto que las minas de la Palentina-Leonesa estaban alrededor del valle y no han sido objeto del estudio. Esta ausencia explica que el número de accidentes localizados en el período de 1841 a 1862, cuando se para el alto horno, solo sean seis.
Entre ellos destaca un niño de cuatro años de edad que murió en el interior de la ferrería aunque no se cree que con esa edad pudiera trabajar allí. «No sabemos a ciencia cierta si hubo trabajo infantil o no», apostilla.
Por su parte, el especialista en Historia Moderna, Juan Manuel Bartolomé, rastrea en las costumbres de la época a través de las últimas voluntades, como ofrendas, misas y formas de enterramiento. También ha logrado trazar la genealogía de algunas familias que fueron fundamentales en la ferrería. Es el caso de Manuel de Arija, casado con Dorotea Merino Izquierdo, el contable administrador oriundo de Palencia. O de Tomás Madrazo, que venía de Santander, y llegó a ser alcalde constitucional o del maragato Andrés Martínez Criado, que llegó de la mano de Santiago Cordero, puso tienda, compró tierras y cuando la siderurgia decayó se instaló en Valladolid.
Dejó el negocio a Santiago Fuertes, su primo, oriundo de Santa Colomba de Somoza, que había llevado a Sabero como criado suyo y llegó a ser alcalde de Cistierna y diputado provincial por el partido de Riaño.
El primer maquinista, de origen inglés y llamado James Framcond, llegó desde Trubia. Estaba viudo y para casarse en Sabero tuvo que abjurar de la religión protestante y bautizarse. Se desplazó hasta el obispo. A los sueldos de maquinistas e ingenieros, que sobrepasaban los 12.000 reales, culpó de su quiebra la Palentina-Leonesa.
El maestro Eleuterio González, los médicos Mariano Vélez y Raimundo Prieto, el boticario Fructuoso Martínez, el guardia civil Isidoro del Valle y la criada Basilia Megido completan el retrato de oficios. El libro se dedica a la memoria de Gustavo Puente Feliz, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de León que falleció antes de ver las galeradas. Fue su último trabajo.