Puntadas de comercio justo
Más de 800 mujeres son dueñas de sus vidas y socias de las cooperativas textiles en las que trabajan, con un salario digno y con derechos. La salmantina Isabel Martín cambió su destino en un ‘slum’ de Bombay y la periodista leonesa Emilia Laura Arias lo cuenta en ‘La revolución de las agujas’..

Emilia Laura Arias durante su estancia en la India con las mujeres del slum de Bombay donde crece el proyecto textil de Creative Handicrafts. CREATIVE HANDICRAFTS
Hablar de ochocientas mujeres en la India es como contar unas gotas de agua en el mar. Pero cada una de ellas, cada uno sus hijos e hijas y el slum —la barriada pobre— forman parte del milagro textil y humano de Bombay, o Mumbai, como se dice en su lengua.
Son las socias, dueñas y trabajadoras, de Creative Handicrafts, una cooperativa que forma parte de la Organización Mundial de Comercio Justo y da puntadas para otro mundo posible, más allá de las grandes multinacionales que llenan «nuestro ‘superarmario’ a costa de la esclavitud de otras personas».
La periodista leonesa Emilia Laura Arias (Ponferrada. 1982) da cuenta de esta revolución a pequeña escala en un libro que relata la historia de Isabel Martín y de todas las que se subieron con ella al carro para tirar del proyecto. La salmantina fue «una de esas personas que deja a todo el mundo sin excusas» y que para las mujeres de la cooperativa es «casi una deidad».
«Se dio cuenta que la falta de independencia económica de las mujeres las mantenía atadas a la violencia de la pareja, el padre o el suegro, de que una mujer no era nada porque en la India valen menos que una vaca», explica la autora de La revolución de las agujas (libros.com).
Empezó con un taller de costura que ahora es una gran cooperativa con la que consiguen, puntada a puntada, costura a costura, «romper las paredes de la clase social y otras tan potentes y fuertes como la etnia y la casta», añade. Ahora las hijas de estas mujeres «te hablan de que van a ser informáticas o enfermeras porque tienen referentes y aspiraciones».
Las parias son «las jefas». Así las llama el director de la fábrica porque al fin y al cabo son propietarias y su trabajo se ha traducido en educación, asistencia sanitaria, una vivienda más digna y transforman el slum, su comunidad, con talleres que llegan a más mujeres con prácticas de ahorro, salud y empoderamiento.
¿Una isla en el mar de la explotación de la industria textil? «Cada vez menos», asegura Emilia Laura Arias. «Se está haciendo incidencia en el trabajo textil y hay una parte que está en el consumo: comprando cierta ropa estamos pagando por la esclavitud», advierte.
Creative Handicrafts tiene encargos de marcas como Hoss Entropía y también de entidades públicas, como algunos ayuntamientos que compran directamente a la cooperativa. Producir en condiciones justas, con un salario digno y respetando derechos laborales como se hace en estos talleres, «debería ser una exigencia», apostilla la periodista.
«Inditex y otras empresas se aprovechan de esas condiciones lamentables para tener un margen altísimo», denuncia. Además, tal y como está concebido el ciclo de fabricación y consumo, «es insostenible ecológicamente», añade. «Como periodista he estado en fábricas en Bangladesh y no hay color: he visto a mujeres y niñas pequeñas hacinadas en locales», apunta.
Tomar conciencia de que la ropa está manchada de explotación y del poder que «tenemos como consumidores para acabar con esa explotación» es parte del mensaje que quiere sembrar con el libro que ha publicado con el mecenazgo de 200 personas y que ahora está a la venta en librerías y en internet.
«Estas páginas son un viaje que sobrevuela los problemas sociales de la India, pero sin ninguna mirada paternalista, sin superioridad ni condescendencia», señala la periodista en el prólogo del libro, escrito con la colaboración de Cecilia Maestro y Rita Vázquez, que en realidad son los nombres de las abuelas de las personas que le han ayudado a escribir el libro que relata el milagro textil y humano de un slum de Bombay.
La revolución de las agujas se gestó cuando la periodista leonesa estaba embarazada de seis meses. Un voluntario de la fundación, que había leído alguno de sus trabajos, le propuso le propuso contar la historia de Isabel y de las mujeres que han ‘heredado’ su espíritu. Mientras su hija crecía en la barriga, el proyecto se nutría con audios y materiales escritos que le enviaban desde la India.
Así que la maternidad y la creación de su primer libro —había colaborado en una publicación colectiva— se juntaron en su vida y han caminado de la mano. Cuando Nina nació se tomó un tiempo y cuando la niña cumplió siete meses ella y su marido se la echaron a cuestas y la familia al completo emprendió el viaje a la India. «He podido escribir el libro porque mi marido es feminista y por la red de mi entorno», admite. Cuando emprendieron el viaje había gente que me decía que estaba loca». Los «miedos, que son lógicos», matiza, se derribaron en aquel ambiente de «hospitalidad, cariño y alegría». Aquel viaje le permitió escribir el libro y vivir la maternidad «con más relajo».
Para una mujer occidental, señala la periodista, es difícil imaginarse cómo es allí la vida de sus congéneres, tampoco es fácil hacerse a la idea de los obstáculos que salvan, casi siempre con la sonrisa en la boca, para sacar adelante a sus criaturas. Allí donde para la mayoría de las casas es impensable tener agua corriente y luz y donde los baños públicos pueden ser compartidos por 4.000 personas. En una ciudad donde conviven los edificios de lujo con los slums formados por aluviones de gente que ha llegado del campo en busca de un medio de vida.
Con el libro quiere «rendir homenaje a todas esas mujeres, sus vidas y sus luchas y su pequeña revolución», apunta. Y aprovechar para dar una puntada más en esa idea de que «es posible hacer las cosas sin dejar en el camino a las personas». De que puede ser rentable una empresa que respeta los derechos humanos y de que las mujeres son las protagonistas de una revolución imparable que hacen día a día con sus puntadas con hilo.