Te basta mi gracia
E l ambiente actual nos ofrece como modelo a Prometeo, el héroe griego que se rebeló contra los dioses y lo fió todo a sus propias fuerzas. Nuestra cultura nos convence de que la vida sólo merece la pena si uno es fuerte, triunfador y guapo. En ella no caben ni pusilánimes, ni «perdedores», ni pobres. Sólo el mérito que brota de las propias capacidades es el que da justificación y brillo a nuestra existencia. Es la misma postura del viejo pelagianismo, que el papa Francisco denuncia en su última Exhortación sobre la santidad. Dice en ella que todavía hay cristianos que siguen empeñados en seguir el camino «de la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad».
Estos criterios chocan frontalmente con la experiencia de san Pablo cuando reconoce que «la fuerza se realiza en la debilidad» y confiesa que cuando él se sabe débil, es cuando es fuerte (II Lectura). El cristianismo, con esa paradoja, desenmascara nuestras tendencias hacia el triunfalismo, la prepotencia y la autoconfianza. La fe cristiana nos enseña que todo viene de la generosidad gratuita de Dios. Todo es gracia, una gracia que se manifiesta palmariamente en las debilidades humanas, de las que lógicamente querríamos desprendernos. Justamente ahí, cuando uno toma conciencia de las propias limitaciones y, con el Salmo, reconoce que la única solución es tender la mirada a Dios esperando su misericordia, es cuando suena la consoladora afirmación que hizo de Pablo lo que fue: «Te basta mi gracia».
Adentrarse por estos caminos de modestia, despojo y desamparo es actualizar la aparente esterilidad del mensaje del profeta Ezequiel por culpa de la testarudez de sus coetáneos (I Lectura) y la puntual descalificación del mismo Jesús porque no podía ser una excepción entre sus convecinos (Evangelio). Sólo en Dios, en su gracia, está la fuerza; en esa ternura que esperamos como el esclavo espera el regalo de manos de su señor (Salmo).