Diario de León

El sorpaso de las científicas leonesas

Investigadoras invisibles salen hoy a la luz en la ribera del Porma. El profesor emérito especial de la ULE Alfredo Negro Albañil rescata la memoria de hacedoras de ciencia en la Fundación Merayo, al tiempo que certifica el vigor de las investigadoras leonesas que ya son el 51% en la ULE. .

Ada Lovelace.

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ana gaitero | león

De los 1.600 cráteres que hay en la Luna sólo 28 llevan el nombre de una mujer. Desde 1901, la academia Nobel ha entregado 581 premios a hombres y tan solo 18 a mujeres. Sólo el 3% de los Nobel de ciencias han recaído sobre las mujeres. Entre 1882 y 1910 sólo 36 mujeres consiguieron una licenciatura —tenían que pedir permiso para estudiar en la Universidad— y ocho se doctoraron, con la catalana Dolores Abreu, doctora en Medicina, como pionera.

Las cifras hablan por sí solas. Fue romper los muros para entrar en la academia y en 1940 ya había un 13% de españolas estudiando en la universidad. En 2018 son el 55%. El sorpaso de las mujeres científicas también se da en la investigación. En la Universidad de León se ha pasado de un 24,2% de mujeres investigadoras en 1990 —35— al 51,8%% en la actualidad, con un total de 275 mujeres dedicadas a la investigación en el campus leonés y 256 investigadadores. Sin embargo, son pocas en las cúpulas y menos aún en los reconocimientos. Todavía no ha nombrado la ULE a ninguna doctora honoris causa. Luces y sombras planean sobre los datos que aportará hoy el profesor emérito especial de la universidad leonesa, Alfredo Negro Albañil, en la conferencia Mujeres en la ciencia. Imprescindibles y desconocidas que ofrece en la Fundación Merayo, ubicada en Santibáñez del Porma, a partir de las 20.00 horas. «La investigación científica ha marginado, manipulado, ignorado e incluso torturado a las mujeres», afirma. No en vano, admite, la charla que ofrece hoy surgió de la reflexión que hizo una mujer en la conferencia que dio el año pasado sobre la investigación. «Ha hablado usted de muchos científicos, pero no ha nombrado a ninguna mujer», señaló la oyente. Negro recogió el guante y a lo largo del año ha fijado su mirada en exposiciones y trabajos periodísticos sobre mujer y ciencia, al tiempo que ha entrevistado a mujeres como la vicerrectora de Investigación de la Universidad de León, Ana Álvarez de Felipe, para hacer luz sobre una oscuridad de siglos.

Sale a flote en la ribera del Porma, Hipatia de Alejandría, considerada la primera científica de la historia, astrónoma y matemática que fue asesinada por una secta de cristianos radicales en el siglo III por noi renunciar a sus conocimientos y olvidada durante siglos. Otra matemática, Ada Lovelace (Londres 1815-1852) fue la precursora de la programación informática, aunque su nombre quedó a la sombra de Charles Babbage a quien se le reconoció el invento.

El caso de Willamina Fleming (Escocia 1857-Boston 1911) es sangrante. Abandonada por su marido tras quedarse embarazada, entró como sirvienta en la casa del director del Observatorio Astronómico de Harvard y llegó a descubrir más de 10.000 estrellas, 10 novas, 52 nebulosas y 312 estrellas variables. Quien sí fue reconocida, aunque a título póstumo, fue Henrietta Swan Leavitt (USA 1868-1921) que recibió el premio Nobel junto a Hubble, por sus hallazgos en el firmamento.

Florence Bascon (USA 1862-1865) fue la primera doctora de la Universidad de Hopkins. Esta geóloga, a quien se reconoció con el nombre de un cráter en Venus y en un asteroide, fue obligada a sentarse detrás de un biombo para asistir a clase.

Al profesor Negro le ha impresionado el caso de Mileva Maric Einstein (Servia 1875-Zurich 1948), una física brillante a la que ahora se considera coautora e incluso precursora de la teoría de la relatividad. Su marido no sólo ocultó su nombre cuando recibió el premio Nobel, sino que la obligó a vivir de manera humillante.

Lisa Meitner (Viena 1878-Cambridge 1948) fue una de las descubridoras de la fisión nuclear. Mientras ella se exilió cuando Hitler llegó al poder, su compañero Otto Hahn colaboró con el réginem nazi. En 1944 recibió el premio Nobel de Química. A Meitner le dieron un premio de consolación años después: el Meitnerio, su nombre en la tabla periódica.

Una de las pocas premio Nobel de Medicina es la genetista Bárbara McClintock (USA 1902-1992), que destacó por sus investigaciones sobre la trasposición genética del maíz. Otra Nobel de Medicina es la italiana Rita Levi Montalcini (1909-2012) que montó el laboratorio en su dormitorio tras ser prohibida la actividad científica a los judíos por el fascista Mussolini.

Nombre propio de la ciencia es el de Rosalind Franklin (Londres 1920-1958), la descubridora de la doble hélice del ADN que no recibió el Nobel porque le robaron la investigación. «Esto es frecuente en el mundo de la ciencia, siempre tiene las de perder el más débil y en este caso fue la mujer», afirma Alfredo Negro Albañil. Caso singular y contrario a ese mundo de sombras es el de la familia Curie. Entre el matrimonio, su hija Irene y su yerno Frederic Juliet recibieron cinco premios Nobel entre 1903 y 1935.

Las científicas españolas y los obstáculos que han tenido que superar para llegar a hoy ocupan otro capítulo. Emblemático es el caso de Concepción Arenal (Ferrol 1820-Vigo 1893), que se disfrazó de hombre para entrar en la Facultad de Derecho. Mª Elena Maseras (Tarragona, 1853-Mahón 1905) fue la primera española que consiguió matricularse en la universidad, en 1872, con un permiso del rey Amadeo de Saboya para estudiar Medicina aunque sólo pudo entrar a clase tres años después.

María de Maeztu (Vitoria, 1881-Argentina 1948), maestra y licenciada en Filosofía y Letras fue la directora de la Residencia de Señoritas desde 1915 hasta su cierre por la Guerra Civil. Margarita Salas (Asturias, 1938) sigue en activo en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Entre otros cargos ocupa un sillón en la RAE desde 2013. En los años 60, ha repetido muchas veces, «una investigadora era mal vista en el laboratorio».

Con María Blasco (Alicante, 1965), doctora en Bioquímica y Biología Molecular, se da el salto a otra generación de científicas que están en la plenitud de su vida como investigadoras. Alumna de Salas, es la directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) desde 2011.

Alfredo Negro Albañil también rescata los nombres de cinco leonesas que durante el último siglo han sido pioneras y siguen aportando a la ciencia. Nieves González Barrio (1884-1965), oriunda de Vegacervera, fue una de las primeras médicas españolas, fue becada por la Junta de Ampliación de Estudios en Francia y Estados Unidos, investigó en un laboratorio sin remuneración e impulsó los estudios de la enfermería. De Justina González Morilla (Mantanza de los Oteros 1903-León 1997) destaca su triple titulación de médica, odontóloga y veterinaria. De las dos primeras fue pionera en colegiarse en León. Justo reconocimiento también para Ángela Ruiz Robles (Villamanín 1895-Ferrol 1975), que fue la precursora del libro electrónico con su invento de la enciclopedia mecánica. Delia Hidalgo (Riello 1900-Torrenueva 1985) es la farmacéutica pionera leonesa que luchó contra el paludismo en Ciudad Real. El nombre de Emma Estévez, licenciada en Biología por la Universidad de León en 2001 y doctora en 2009, representa a las científicas leonesas y universales del siglo XXI. Alfredo Negro Albañil lanzará un mensaje de esperanza para ellas y ellos. «El Gobierno anterior y la crisis han destrozado el sistema de investigación. A ver si mejora», señaló a este periódico.

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