Alguien llega
C omienza un nuevo Año Litúrgico. El primer momento apunta a la Navidad: el Enviado de Dios, el Emmanuel («Dios-con-nosotros»), llega a nuestra historia. El Adviento, tiempo en que entramos, es el propio de preparar su llegada. Con unas puntualizaciones. El Señor llega a Belén; pero, ante la evidencia de su nacimiento, en nosotros debe reavivarse la esperanza en su Segunda y Definitiva Venida («Parusía»), al final de la historia, personal y cósmica. De ahí que la Liturgia entremezcle las referencias a estas dos Venidas.
Las lecturas de este I Domingo nos invitan a entrar en este tiempo con ideas y sentimientos que son fundamentales en el creyente. Lo primero es fiarse de la bondad de Dios y de sus promesas: «A ti, Señor, levanto mi alma… Tú que eres bueno, cuyas sendas son misericordia y lealtad» (Salmo Responsorial). La I Lectura, de Jeremías, nos muestra cómo esa bondad de Dios se concreta en el envío de Alguien, que, entrañado en el propio pueblo de Israel, traerá tranquilidad y justicia (=salvación). Por otra parte, las acciones de Dios, hijas de su ternura, se podrán descubrir por medio de determinados y diferentes signos históricos, llamativos, tensos, que, a pesar de todo, habrá que interpretar y vivir con ilusión: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad vuestras cabezas; se acerca vuestra liberación» (Evangelio). Por eso, hemos de «estar despiertos», en estado permanente de vigilancia y esperanza, cuidando de que no nos falten ni la vivencia del amor mutuo, ni la fortaleza de ánimo, ni un estilo de vida que sea agradable a Dios (II Lectura).