Preparad el camino del Señor
U na voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios». Con esta profecía de Isaías, que el evangelista San Lucas aplica al Bautista y a su misión (evangelio: Lc 3,1-6), Juan el Bautista es esa voz que exhorta al pueblo de Israel a preparar la llegada inminente de Aquel a quien Dios había prometido enviar para la salvación del pueblo. «Preparad el camino» es una llamada a la conversión. Por «camino» se entiende metafóricamente la conducta del ser humano y sus opciones éticas. Los «senderos» que deben ser allanados son los trayectos de la propia vida moral. «Abajar los montes y colinas» es quitar todo obstáculo del camino que conduce a la santidad y despojarse de cuanto retarda o impide la llegada del Señor a nuestros corazones. Y «rellenar los valles» es revestirse de las virtudes que apresuran la llegada del Señor a nuestra casa. ¿De qué debemos despojarnos y revestirnos en este Adviento? Quizá deba despojarme del apego a los bienes materiales y revestirme de generosidad y desprendimiento. O tal vez deba quitarme de odios y rencores para abrazar sentimientos de perdón y misericordia con quien me ha ofendido... Nuestra vocación es disposición de futuro: abrir caminos por los que la gracia salvadora de Dios pueda llegar hasta nuestro corazón y se abra paso su justicia. Son muchos los caminos que hoy, como ayer, están bloqueados y hacen imposible la paz y la alegría de los hombres. Nuestra tarea es trabajar para devolver a los demás la confianza perdida. Para ello necesitamos que la palabra de Dios nos posea, como a Juan el Bautista, y que el fuego del Espíritu recibido en el Bautismo nos queme y purifique; sólo así podremos ser verdaderos testigos de la Buena Nueva del Señor. La gente necesita ver cómo los creyentes vivimos la fe y hacemos visibles los frutos de la salvación.