Un programa de locos
E n estos días preelectorales, imaginad que uno de los candidatos presentara este programa: «Mi proyecto es que nos queramos de verdad unos a otros». La carcajada se oiría en la Tierra del Fuego. ¡Se ha vuelto loco este tío! Ah ¿sí? ¿No sería bueno —como experimento, no pido más— que por una vez dejáramos nuestra perspicacia adulta y regresáramos a la infancia? Volver a asombrarnos ante lo que es evidente, lo obvio. Recuerdo un diálogo con mi sobrina pequeña hace ya unos años; fuimos enumerando todo lo que su mamá y su papá hacían y planeaban, y descubrimos juntos que el centro de todo era ella. Al buscar la causa de ese esfuerzo, la niña dijo de manera llana: «Es que me quieren». ¡Qué contrario al retorcimiento con que planteamos las cosas los adultos!
Seguro que no nos iría nada mal si fuéramos capaces de volver a ser como niños y aceptar lo del zorro en «El principito»: «Solo se ve bien con el corazón». Por ejemplo, ante la Palabra de Dios de este domingo. Ser capaces de pasmarnos ante una dimensión oculta en la persona de Jesús: su «glorificación», o sea, su identidad profunda, que es la manifestación de la esplendidez misericordiosa del Padre. Y seguir extasiados ante la aplicación de esa generosidad: «Amaos unos a otros como yo os he amado», es decir, olvidaos de vosotros mismos y entregad hasta la vida —lo más valioso— por los demás sin límite alguno (Evangelio).
Cautivados por esta novedad, no podremos menos de echarnos a los caminos, apechar con todo y crear alrededor vida, esperanza y alegría, como Pablo y Bernabé por tierras de la actual Turquía (I Lectura). Y lo haremos con una sonrisa permanente, porque allá, en el horizonte, se adivina un Universo nuevo, una nueva Jerusalén, Cielo Nuevo y Tierra nueva sin muerte ni luto ni llanto ni dolor. Un regalazo (II Lectura). Boquiabiertos ante la misericordia de Dios, viviremos admirados, agradecidos y gozosos. Y además no podremos callarnos la experiencia (Salmo).