Diario de León

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León

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Desde la especial orografía de la isla de Tenerife y su disposición de las montañas, generalmente enfocada a la costa o a los valles más diversos, abunda la presencia de miradores, cada cual con su propia singularidad y encanto. Creo que he dicho que esta es isla de miradores. Y de cruces. Miradores y cruces, tome nota. Nos quedamos en esta ocasión con los primeros y tenemos dos como referencia y destino. Son simplemente una muestra, aunque notable, es verdad.

Los Realejos, a tiro de piedra del Puerto de la Cruz y a 40 km de la capital, Santa Cruz, es una población de cerca de 40 000 habitantes al norte de la isla, con rincones ideales –la playa del Socorro es una delicia para los amantes del surf— en su costa alta y acantilada. Su nombre, que significa «sitio donde está acampado un ejército», está vinculado históricamente al establecimiento de los campamentos tanto de los guanches como de los conquistadores. Bueno, pues desde aquí salimos. Lo hago en transporte público, en una guagua. El destino está cerca, a unos siete kilómetros. Hay que aprovechar la mañana.

La subida por la ladera del Tigaiga hasta Icod el Alto –de casta le viene el nombre— parece un juego de curvas, fuertes pendientes, bancales, caserío cada vez más disperso y la vista que amplía progresivamente su mirada. Pronto estamos en el Mirador del Lance, en un emplazamiento urbanizado, con cafetería y terraza para disfrutar quizá refrescando, contemplando desde luego, posiblemente las dos cosas a la vez, que son actividades nunca reñidas. El mirador ofrece una vista amplia y espectacular, con la maravilla del Valle de la Orotava a los pies y el mar, hoy intensamente azul, que cierra linealmente el perfil del territorio hasta donde permite la mirada, que intensifica su poder al gozar con tantos contrastes como puede constatar.

En la pequeña explanada en que nos encontramos hay un motivo más que visible para la consideración. Después de empacharse de paisaje y mar –se funden, se identifican como una unidad imprescindible aquí—, no pierda la oportunidad de detenerse un tiempo ante la espectacular figura en bronce de Mencey Bentor, protagonista de los acontecimientos en torno a la conquista de la isla en el siglo XV. Es una referencia histórica que enriquece esa especial mitología de los guanches, los diversos pueblos aborígenes que habitaban las islas Canarias antes de la llegada de los castellanos. Mencey Bentor, hijo y sucesor del mencey –jefe o rey de una demarcación territorial o menceyato— Bencomo, ambos dirigentes del menceyato de Taoro, considerado el más poderoso de la isla. Su mencey tenía la consideración de Gran Rey. Comenta la información que aclara la razón de la presencia de la escultura en este espacio que numerosos aborígenes se refugiaron entonces en los altos de Ycoden, tras los riscos de Tigaiga. Según la leyenda, razón que hoy concita el interés en la explicación de los territorios más diversos y no pocos de sus monumentos emblemáticos, el mencey Bentor «se desriscó en este lugar antes de ser apresado por los invasores, quedando en la tradición oral como uno de los últimos episodios de la conquista de la isla». Y es que, con palabras de Viera y Clavijo, sacerdote y máximo exponente de la ilustración canaria, «los Menceyes de Tenerife no habían conocido jamás la vileza de sujetarse ni obedecer a otros hombres como ellos». Está escrito allí.

El mirador se encuentra a la entrada de Icod el Alto, 550 m de altitud. Muy cerca. Nos dirigimos hasta él en busca del segundo destino, el segundo mirador. Entre el que dejamos y el pueblo, el camino, al lado de la carretera, está bien señalado y protegido. En un rincón del trayecto, al amparo de un cobertizo en una esquina recogida que protege de la insistencia de los vientos, un grupo de parroquianos le da festivamente al naipe. Me indican el camino y las diversas posibilidades de hacerlo. Si quiere el viajero probar la fortaleza de sus piernas o la capacidad de los pulmones, puede hacerlo a pie. De cada cual depende. Llegado al Mirador de la Corona, unos 650 m de altitud, la vista se amplía, lógicamente. Me dice una pareja bien entrada en años que la vista nocturna es un espectáculo. Habrá que dejarlo para otra ocasión. En esta dejo constancia, para no extenderme en otras descripciones, de la existencia de un área de despegue de parapentes. Dicen que es uno de los mejores lugares para su práctica. Pienso si me atrevería, aunque ganas no me faltan. Piensa ahora el viajero que se morirá con ellas, como una deuda más en la libreta de los deseos. La vocación de pájaro, aunque sea mecánico, nunca se pierde en la vida. Bueno, de cualquier forma no olvide los prismáticos, por si acaso. Desde aquí se traza un buen mapa de situación de una parte de la isla. Una buena lección de geografía, y, sobre todo, de la asignatura del mirar que solo la experiencia nos enseña.

Es la hora de comer. Le hago la última propuesta del día. La guagua de vuelta le deja en el punto de partida, Los Realejos, seguramente cerca de un guachinche. Lo definen como «un establecimiento propio de la isla de Tenerife en el que se ofrece comida casera tradicional, como acompañante del vino de cosecha propia o de la zona». No sé por qué me llega al recuerdo lo de los chacolís del monte Artxanda bilbaíno. Todo un descubrimiento también los guachinches. Aunque no es momento de enredos etimológicos, con diversas propuestas, me quedo, sin ninguna razón consistente por mi parte, con la que afirma que parece ser vocablo derivado del término americano «bochinche», a su vez de «buche», que significa «taberna pobre». El viajero tendrá razones muy poderosas para desmentir este significado. Buen comer, buen beber, buen precio. Que aproveche. Nos encontraremos pronto.

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