Diario de León

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León

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En el aeropuerto de la ciudad colombiana de Medellín leí el periódico ‘El Tiempo’, en una de cuyas páginas aparecía este titular, inquietante en principio para mí: «Los marcianos llegan a Mompós», ciudad que era mi destino. Al parecer tantas eran las dificultades para poder llegar a esta tierra mítica. Ya me lo habían advertido en el hotel, que saliese con mucha antelación porque, dados tantos derrumbamientos y catástrofes, posiblemente hubiese corte de carreteras en los accesos al aeropuerto. No fue así, aunque ya se hablaba a esta hora temprana de unas doscientas mil familias damnificadas por los efectos devastadores del agua. Llovió con una intensidad violenta durante muchas horas. Un Fokker 50, de hélice, hasta Cartagena de Indias, y desde aquí un largo y accidentado recorrido de seis horas en autobús hasta Magangué –su primer obispo fue gallego, de la diócesis de Astorga-, sorteando motos y bicicletas por este que a uno se le antoja ya otro de los muchos corredores de la pobreza, a pesar de una vida vivida con intensidad. En Magangué se atestó la gran barcaza de viajeros, coches, camiones, autobuses para iniciar el trayecto por el río Magdalena, ahora desbordado como un mar invasor. Me cuentan que aquellos españoles de la conquista navegaron por estas tierras entrando por el río desde Cartagena y Barranquilla. Contemplo la majestuosidad de la naturaleza, las ciénagas inmensas desde la plataforma superior de la barcaza. Una hermosura difícilmente abarcable que, entre mítica e histórica, difícilmente irá a parar a los reinos del olvido. Pienso, aún no sé por qué, en Macondo, cuando, después de unos cuarenta y cinco minutos de navegación, llegamos a Bodega. Me llama la atención la presencia del ejército, armado hasta los dientes y alerta. «Mire usted –me dice uno, muy serio-, aquí llegaba todo el contrabando de Europa y se distribuía, por Cartagena, Barranquilla y algunas otras ciudades, al interior del país». Le agradezco la información, aunque rápidamente he de subir al autobús que, por fin, y con carreteras anegadas, lleva por este paisaje variopinto hasta Mompós, o Mompox, una ciudad de unos veinticinco mil habitantes al que dio nombre el cacique de la tribu de los malibú, instalada por estos pagos y dedicada fundamentalmente a la pesca. Está claro, o me parece, o presiento que este difícil acceso a Mompós la hace más deseada.

Mereció la pena el largo viaje y el cansancio. No me confundí en lo de la ciudad deseada, tanto que, detenido el tiempo en ella, siempre será imposible su olvido. Llevo cuatro días en esta ‘Tierra de Dios’, como la definió Bolívar, que la visitó en varias ocasiones, contemplando, viviendo con intensidad y compartiendo con los momposinos, que se dedican a la ganadería, la pesca, la madera y lo más llamativo para quien escribe, la filigranería, ese arte maravilloso de la paciencia y la tradición que hace nacer creaciones inverosímiles de belleza y talento, aunque las mariposas amarillas o los pescaditos de oro me resultan especialmente preferidos. Y todo en un entorno declarado Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad, preservado por el aislamiento, aunque, abierta lentamente al mundo, hay voces que reclaman su preservación respetuosa. Muy literario en esta ocasión el viajero, se le antoja una arquitectura hecha poesía. Casas coloniales, sólidas exteriormente, sorprenden sus interiores frescos, intimistas, aislados frente al mundo, de una rica sobriedad. Una arquitectura pensada para el mundo americano del trópico. Un valioso patrimonio cultural y una arquitectura civil y religiosa con aires de estilo sevillano. Y esas deliciosas mecedoras momposinas para la tranquilidad y el sueño mítico a esa hora de la tarde en que, aún más, el tiempo parece detenido. Tras las rejas artísticas es fácil ver entonces a mujeres, hombres y niños sentir cómo pasa el tiempo desde hamacas y mecedoras. Se encienden los olores de la rosa momposina y los sabores de la almojábana, el dulce de limón, el queso en capas…

El río Magdalena, «crecido entre nísperos y tamarindos», según expresión de un poeta local (advierta que el también momposino Candelario Obeso es el iniciador de la poesía negra) es mi impresión suprema. Recorrer en canoa sus ciénagas, ver cómo llegan en ellas desde el interior frutas y pescados hasta las albarradas –murallas de origen colonial para contener las aguas del río, contención que se aplica a la altitud de las aceras urbanas-, observar la vida entera que albergan sus dominios es, además de una experiencia inolvidable, uno de los mejores itinerarios para muchos entendimientos. Siempre quedarán otros por descubrir, atrapado el viajero por el que llaman «Síndrome de Mompós», asentado, sin duda, en el calor húmedo y sudoroso, la belleza abierta e inesperada, el mito y sus permanentes e inevitables tentáculos. Tanto es así que yo creo que esto es Macondo. Además, mientras contemplaba los giros lentos del ventilador gigante que colgaba del techo de la habitación del palacete colonial en que me hospedaba mantuve una conversación -¿sería un sueño?- con José Arcadio Buendía, que, además, me habló de doña Manuela Arango, que llevaba en su cabeza una fina redecilla que atrapaba decenas, acaso más de un centenar de luciérnagas para poner luz a la noche.

Cuando en El general en su laberinto, de García Márquez, José Palacios le cuenta a Simón Bolívar que han llegado a Mompox, este le responde: «Mompox no existe, a veces soñamos con ella pero no existe». Betty Sinning, descendiente de una familia tradicional momposina, responde hoy a Bolívar: «Mompox sí existe y queremos seguir soñando con ella». Curiosamente la casa de Betty, mágicamente deslumbrante, fortalece la inevitable presencia del escritor. Además del ambiente, de haberse rodado en ella la cinematográfica Crónica de una muerte anunciada, se van añadiendo nuevas referencias, como esta, que, colgada de una de sus paredes, se enuncia bajo el título de «El realismo mágico de Gabriel García Márquez». Leemos: « ‘La Sierpe’, nombre de este callejón, inspiró la fundación de una pequeña población cerca de Sucre, municipio en el cual vivió nuestro Nobel de Literatura… Hasta allí llegaron los feudos y poderes del marquesado de Torre Hoyos, representados en su marquesa, la mompoxina Doña Josefa Isabel Juana Bartola de Hoyos y Hoyos. Gabo, inspirado en las mágicas leyendas coloniales y tradiciones de esa región, escribió el cuento «La marquesita de La Sierpe», en uno de cuyos apartes la describe de esta manera: «… Era blanca y rubia, y no conoció marido en su vida. Pero más que por su bondad y por su valiosa hacienda, la marquesita era admirada, respetada y servida porque conocía todas las oraciones secretas para hacer el bien y el mal, para levantar del lecho a un moribundo no conociendo de él nada más que la descripción de su físico y el lugar preciso de su residencia; o para enviar a una serpiente a través de los tremedales, a que seis días después diera muerte a un enemigo determinado. La marquesita era una especie de gran mamá de quienes la servían en La Sierpe. Tenía una casa grande y suntuosa… Una casa de corredores y ventanas de hierro, según la describen ahora quienes hablan de aquella extraordinaria mujer, cuyo ganado era tanto que duraba pasando más de 9 días… La marquesita podía estar en diferentes lugares a la vez, caminar sobre las aguas y llamar desde su casa a una persona, en cualquier lugar de La Sierpe en que esta se encontrara. Lo único que no podía hacer era resucitar a los muertos, porque el alma de los muertos no le pertenecía…».

Inicio el lento regreso a casa por el río. El viajero es consciente de que algo suyo ha quedado en Mompós, esa tierra mágica cuyo misterio golpea como aldabonazos que invitan a volver. Regresar parece testificar una forma de enamoramiento.

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