LAS MENINAS VIVEN EN BILBAO

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Es curioso comprobar cómo algunas de las figuras de determinadas obras clásicas, especialmente de pintura, han llegado a pasar, bajo el espíritu de muy diversas recreaciones, a la conciencia y posesión ciudadana, que es una de las maneras con que nos identificamos. Tanto en algunos casos, que forman parte de los paisajes conocidos, de las referencias asumidas. Lo pienso en la Plaza Indautxu de Bilbao, cuando el ambiente empieza a oler a Navidad, a esa folklórica al menos, apenas sin alma. Alma tiene el afilador ambulante —¿serán todos los afiladores gallegos de Orense?— cuyas melodías inconfundibles como reclamo suenan por las calles aledañas. La música repetida del chifle es única. Acuden a la llamada algunos clientes de ocasión, a pesar del txirimiri, que por algo llaman en mi tierra calabobos. Recuerdo cuando, en tono musical sostenido, estos trotamundos gallegos se anunciaban como «¡Afilador y paragüero!», y creíamos nosotros que su presencia suscitaba la lluvia, lo que no les vendría nada mal para el negocio.
La plaza Indautxu tiene una gran pérgola con bancos bajo su estructura para la sombra veraniega. Forma una circunferencia, como las luminarias que la rodean. Pasada la Alameda Urquijo, enfilo la calle Ercilla, que tiene nombre de personaje histórico y literario. Lo recuerda un busto, en una placita próxima en que convergen diversas calles, a la sombra de un pino, que a uno le gustaría saber de qué tipo o clase es. Una placa escueta en su base lo explica todo en su brevedad: «Alonso de Ercilla (1533-1594). «La Araucana». Euskaldunok Txileri. Los vascos a Chile». Al lado mismo, un hotel al que también el escritor presta nombre. Por cierto, en el piso 13, una terraza-bar, recogida y amena, ofrece unas buenas vistas de la ciudad, con el protagonismo indiscutible de la Torre Iberdrola al fondo. Posiblemente se dé cuenta ahora, quizás un poco más tarde, de que el edificio eléctrico es una buena referencia orientadora en los paseos por la ciudad. Sigo la calle, peatonal y familiar, en su primer tramo, hasta toparme con la realeza en bronce. Allí están, formando una especie de triángulo, la reina Mariana y la infanta Margarita —la obra es del valenciano Manolo Valdés—, personajes femeninos de Las Meninas de Velázquez. Como tal las conocen. O eso creo.
—Te espero en Las Meninas —le dije a mi buen amigo Ángel Muñiz, leonés de Lois. Y ni se inmutó. Pareciera que la costumbre estaba ya establecida. Era normal la precisión de la cita. Definitivamente, las Meninas viven en Bilbao. Como si fuera alguna gorda de Boteo o el reloj clásico de más de una ciudad.
Mientras espero, dejo perderse la mirada por la arquitectura próxima, y anoto, o al menos me parece, la convivencia entre la clásica, sin duda una respuesta industrial a las épocas de esplendor y crecimiento, y la más moderna, muy acristalada en ocasiones para la presencia de la luz. Ocurre otro tanto en lo que podríamos llamar el segundo tramo de la calles por la que caminamos hasta el final, rematado con una estatua —me parece ligeramente superior a la estatura normal— del primer lehendakari del Gobierno Vasco, José Antonio de Aguirre y Lekube, con sombrero y paraguas. No seguiré la calle Ercilla, que continúa al otro lado de la plaza en la que acabamos de entrar: la Plaza Federico Moyúa, que los bilbaínos conocen sobre todo como Elíptica —y uno empieza a sospechar cierta vocación de geómetras— por mantener su forma originaria, con los parterres de estilo inglés y francés, es el centro neurálgico de la Villa y punto preferido de encuentro para sus habitantes. Merece la pena detenerse. Es verdad que desde la desembocadura de algunas calles se contempla la presencia de montes y montañas que circundan la ciudad, dándole un toque de cercanía y ruralidad. Me parece que esta convivencia es uno de los grandes secretos y éxitos de la ciudad, que conserva por ello un sabor único.
Ando, sin embargo intentando hilar la ubicación de la estatua del lehendakari en este punto concreto. Después de visitar detenidamente la plaza creo haber encontrado una explicación, aunque desconozco si es o no cierta. En la plaza me llamaron especialmente la atención dos edificios. El Hotel Carlton, históricamente uno de los más emblemáticos, si no el más, de la capital vizcaína, declarado Monumento Arquitectónico, Artístico, Histórico y Cultural, tiene, a mi juicio, una clave. Una placa exterior reza que «desde octubre de 1936 hasta junio de 1937 la sede del Gobierno Vasco, presidido por José Antonio Aguirre y Lekube, estuvo ubicado en este lugar». No se me ocurre otra cosa más que recordar la querencia de algunos gobiernos por los hoteles. En este, además, sin olvidar que el período indicado corresponde a la guerra civil, no extraña la creación de un búnker en el sótano, puesto en valor no hace tanto. Aprovechando la ocasión, no está de más visitar la vidriera cenital del vestíbulo, que puede formar parte del paseo por las vidrieras bilbaínas que contemplamos en otra ocasión.
Prácticamente enfrente, una pieza arquitectónica sorprendente. Sede hoy de la Subdelegación del Gobierno en Vizcaya, el ecléctico Palacio Chávarri —apellido de los dos hermanos para los que fue construido— recuerda, en buena medida, y tendrá sus razones, el estilo del renacimiento flamenco. De peculiar colorido y composición, llama la atención su espectacular tejado y la diferencia entre todas las ventanas. Con visitas guiadas, gratuitas y concertadas (palacio.chavarri@correo.gob.es; teléfono: 944509204), sorprende su cuidada decoración interior.
Una de las calles laterales del Palacio Chávarri conduce directamente a la Torre Iberdrola y a la ría. Esa ya es otra historia. Si desea escribirla con su propio registro, encontrará en el trayecto curiosas y modernas esculturas. Y el magnífico Museo de Bellas Artes. Si no lo conoce, puede aprovechar la ocasión, que bien merece la pena. El día queda cumplido. Con creces.