Antonio Núñez El paisanaje
Que cunda el pánico
Si los expertos no han echado mal las cuentas, siete millones de ahorradores españoles han perdido desde enero en la Bolsa la nada despreciable cifra de 28 billones de pesetas, con «b» de burrada. Traducido a León, que viene a manejar más o menos el uno y pico por ciento del ahorro nacional, esto supone que a setenta y tantos mil paisanos se les han evaporado, como quien dice, no menos de 30.000 millones, y se dice pronto, a una media de cuatro por inversor. Si siempre corrieron malos tiempos para la lírica, no vea usted cómo se han puesto ahora los números, aunque dice el ministro de Economía que no hay motivos para que cunda el pánico. Que el señor Rato sea un optimista muy cachondo o, como opinan los alicaídos banqueros del PP, sólo un pesimista mal informado es algo que deberá demostrar el tiempo. Toquemos madera porque, de momento, cuando los periódicos preguntan a tal o cual preboste de los mercados financieros si el pozo de la crisis ha tocado fondo, todos coinciden diplomáticamente con el ministro en que sí, aunque luego matizan que «ahora nos toca cavar». Las acciones del selectivo -menos mal- Ibex 35 han caído en lo que va de año a la mitad de su valor, arrastrando en la cuesta abajo a millones de pequeños accionistas de las matildes de Telefónica, del Santander de Botín, que tenía fama de ser un águila o, en todo caso, un pájaro de cuidado, o de las eléctricas de Martín Villa y Compañía (a algunos todavía les da calambre, con sólo mentar el nombre, de cómo administró la transición). Las columnas de la Bolsa, en fin, ya no son ni socialmente sólidas, ni sostienen agresivos beneficios ni sirve de nada que intente apuntalarlas el poder político a base de exministros. En cuanto a la actual volatilidad de los mercados bursátiles porque todo el mundo vende -maricón el último- y las acciones no hacen más que caer, los ortodoxos de la economía nacional le echan la culpa a Perón por lo de Argentina, a Bin Laden por el estropicio psicológico de Nueva York, a Sadam Hussein por las bombas de microbios y a Alemania por las últimas riadas. Respecto a las responsabilidades de los gobiernos de aquí, dice Aznar que a él que le registren y que para cuatro días que le quedan en el convento, o sea en la presidencia, pues eso, que micciona dentro, con perdón. Pues, hombre, no. Ya cuando llegó el susodicho Aznar a La Moncloa, unos seia años antes de matrimoniar a la hija en El Escorial y quince desde el también famoso bodorrio socialista de Boyer con Porcelanosa, la del chalet de doce cuartos de baño, los gobiernos de turno animaban a los españoles a especular en Bolsa para ganar dinero fácil (Solchaga) o multiplicar a la americana las pobrines jubilaciones de la Seguridad Social (Rato y sus planes de pensiones). Entonces todo el mundo se apuntó a lo uno o a lo otro, de modo que el precio de las acciones subió durante años como en un cuento de la lechera de nunca acabar. Pero ahora se ha roto el cántaro y por los títulos que valían, pongamos, veinte duros no te dan ya ni la mitad. Todo el gozo metido en un pozo, señor presidente. Cavila uno sin ser especialista en la materia -más que nada por no tener un duro- que la política económica de los gobiernos es pan para hoy y hambre para mañana. Cada vez que hay elecciones, por ejemplo ahora, todos los partidos prometen bajar los impuestos. Y eso está bien cuando se trata de los salarios o del honesto beneficio del taller y del tendero de la esquina. Pero no del que especula en Bolsa, cuyo capital, socialmente improductivo, debería estar gravado por Hacienda al menos como las loterías, las quinielas y el bingo. A lo mejor así la gente espabilaba. Porque, desinflado el globo de la Bolsa, queda aún por pinchar la burbuja del mercado inmobiliario: no es razonable que una vivienda cueste el salario de treinta años, aunque hasta el más pobre se apunte a una hipoteca con ánimo de ganar después dinero al revenderla, se supone que en ultratumba. Eso no lo haría en su sano juicio un esquimal o un bosquimano. Por cierto que el precio de los pisos, muchos de ellos vacíos, sigue disparándose sin que el señor Rato caiga, como les decían de coña nuestras abuelas a nuestros abuelos, que todo lo que sube baja. Otra razón para calmar las ansias a su tiempo. Por ejemplo, otro impuesto.