Diario de León

Cornada de lobo

Era Tonchi, gran pañuelo

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León

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Tonchi se fue hace algún tiempo y no le dije adiós. Perdonar, no me lo perdono. No es frecuente en esta tierra perra y en esta vida de ladridos tratar gente como él que conjugaba dos facetas que, si por sí solas son tesoro, juntas parecen milagro o mucha excepción, porque Antonio Alvarez «Tonchi» no sólo era un caballero pincel, sino además afable y ameno, o sea, el honor y la risa por delante, nada de mandangas chismorreras ni malmeter, nada de destilar el jarabe agrio que rezuman los días ni meterte en el zoco de políticas tenderas. Tonchi fue un señorito como Dios manda; quiero decir señorito de señor, no el señorito de papá con sebo que es chulito, ceporrete y tanto abunda en esta fauna provinciana. Un señorito del saber vivir era Tonchi porque tuvo la fortuna de nacer no con una hogaza bajo el brazo, sino con un plan de rentas y recibos al cobro, de modo que con cierta holgura estudiaba en los Madriles, se largaba a Méjico, trabajaba en lo que le gustaba, hacía teatro con González Vergel, se enhebraba con gentes de la tele o circunvalaba radios y crónicas de hípica con Revillo, se armaba con su vara de seise y que ni Dios tocara a su cofradía del Dulce Nombre o de Minerva o Angustias o cualquier otra, era abad y no pavoneaba ni hacía bucles con el capisayo, buen mozo y solterito sempiterno, ceremonial y bromista en su charla franca, barra del viejo Savarín, noches periodísticas en el Happy Nigth con Chencho, Ruiz de Adana o Manolo Nicolás y aquella charladísima peña del Proa y del Diario con la que Tonchi se encontraba tan a gusto... Algunas veces me acuerdo mucho de él... ¿Y con las tías, para él siempre señoras?... Lo bordaba, qué cabronazo, sabía que por donde mejor se hace el amor a una mujer es por la oreja, les mimaba el tímpano con aquellos sus requiebros barrocos, frases redondeadas con reverencia y ceremonia, citas eruditas que muchas veces se inventaba, paso a paso, el primer beso en la mano -mira que eras antiguo, Tonchi- y se le rendían las pavas, las cluecas y las golfas, las de misa en San Marcelo y las Nelas del Jai Toki, rendidas a su planta de traje impecable, chaqueta cruzada en cuyo bolso lucía cada día un pañuelo de picos, un pañuelo con entrañable historia que mañana contaré.

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