Antonio Núñez El paisanaje
Hundidos
Para redondear las cuitas del Gobierno ya sólo falta que Almodóvar ruede una película costumbrista sobre el hundimiento del Prestige con el correspondiente triángulo amoroso entre un percebe del PP, una nécora socialista y un mejillón apolítico y preferiblemente bisexual, o sea ni fu ni fa, arrastrados todos por la marea negra, que es como la vida misma. Los países poco serios no dan más de sí. Con la que está cayendo en Galicia -y la mierda que queda por llover- daría risa, si no fuera para llorar, la forma en que los partidos están tratando el problema con un presidente de Gobierno, el madrileño señor Aznar, según el cual la cosa no era tan grave, pa chulo él, y un jefe de la oposición, el paisano Zapatero, que chapotea en la charca del chapapote embadurnando a todo el que se le ponga a tiro sin darse cuenta de que él también va a quedar pringao: de momento libra con pasarle por los morros al Gobierno lo que ha hecho mal -coño, a toro pasado lo sabe hasta el más lelo del pueblo- pero le falta decir lo que hay que hacer. En otras romerías haría un gran papelón como enrredabailes. Seguramente en un país cabal la catástrofe del Prestige hubiera evolucionado igual o peor que aquí. Pero de otra forma. Por ejemplo, llama por teléfono a La Moncloa el ministro «X», que, en vez de andar de caza o de picos pardos, casualmente está trabajando en el despacho, y le dice al presidente de la nación: «macho, no es culpa tuya ni mía que sea sábado sabadete, pero tenemos un problema. ¿Cual? Al lado de casa, digo de España, hay un montón de mierda en forma de petrolero que amenaza con desparramarse y atufarlo todo. Caben dos opciones, que son limpiar la basura en casa y tirarla luego al contenedor, o sea meter el barco en una ría y llamar a los de Semat, que para eso son profesionales, o volcarla lo más lejos posible en mitad de la calle, como quien dice en el Atlántico, y allá se las apañen los vecinos de Francia y Portugal. ¿Qué hacemos?». Naturalmente Aznar tiró por la acera de enfrente. Segunda llamada: «señor presidente, la distancia de casa en millas a la que tiramos la mierda, doscientas latitud norte y otras tantas longitud oeste del meridiano de Greenwich, resulta que se ha reducido a menos de doscientas pulgadas por culpa del viento y la borrasca, que nos la devuelve otra vez. ¿Llamamos o no al ejército y a los de Semat, o sea a los que entienden de la cuestión?». Respuesta de La Moncloa después de celebrar amplia consulta con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Csic), que es como la Comisión Provincial del Patrimonio antes del hundimiento del Palacio de Don Gutierre, pero a lo bestia: «la ruina esa de que me hablas se va a estabilizar en el fondo porque es imposible caer más bajo, según los expertos, la ley de la gravedad y el principio de Arquímedes aplicado al casco histórico de León, al de Riaño y, por extensión, al casco del Prestige». Y, tercera llamada, o sos: «Jose Mari, soy Rajoy y ya sé que para cuatro días que te quedan en el convento, o sea en La Moncloa, te meas dentro. Lo tuyo es grave y lo de Fraga pura incontinencia. Será la próstata, pero a ver qué hacemos porque la mierda ya se nos ha metido en casa y hay en la puerta unos aficionados que dicen ser voluntarios y que andan sobrados de solidaridad, pero faltos de bocadillos, catres, chubasqueiros de cintura para arriba y para lo de abajo y también picos y palas, aunque esto último no les sirve de mucho, porque, quitando a los mineros de León, ninguno parece tener tampoco callos en las manos. Hay como un enjambre cada fin de semana y, metidos en campaña, ojo al parche, la demagogia de Zapatero se parece bastante a la de Musolini cuando ganó las elecciones con aquello de que cien mil moscas que acuden a la mierda no pueden estar equivocadas. ¿Llamamos a los de Semat o qué?». Al final y cuando la porquería ahoga a los gallegos -y van sólo por la tercera marea- Aznar ha pedido ayuda para limpiar el petróleo a países con tradición de grandes navegantes y de tomarse los asuntos del océano la mar de en serio, como Noruega. En esto España, una nación con tres mil kilómetros de costa, ha cambiado poco desde que recurrió al italiano Cristobal Colón para descubrir América. En cuanto a la solidaridad con los gallegos, parecen, pobriños, como el mendigo que todos los años por estas fechas pone la gorra en la Catedral con un letrero que dice: «Feliz Navidad. Aquí estoy yo».