No sé quien soy. Cuando lo que se pierde es la identidad

DS24P6F5-16-52-34-0.jpg
¡Y tú, ¿Quién eres? Esta es una de las preguntas que siempre me ha costado más contestar, una de las preguntas más complejas que me han hecho a lo largo de la vida y que, por otro lado, he tenido que responder en múltiples ocasiones a lo largo de los años. Creo que esta es una de las preguntas más difíciles que a todos nos pueden hacer ya que en la inmensa mayoría de los casos realmente no sabemos quiénes somos, desconocemos nuestra verdadera identidad, y aunque todos somos capaces de salir del paso con mayor o menor acierto diciendo nuestro nombre, dónde nacimos, qué hemos estudiado, a qué nos dedicamos o, con un poco de suerte, somos capaces de describir alguna de nuestras fortalezas. Estas no dejan de ser respuestas que distan mucho de describir nuestra identidad sobre quiénes somos realmente.
Pero sin embargo la respuesta deja de ser sencilla e incluso se complica aún más ante determinadas situaciones de la vida como son la adolescencia. Ese proceso progresivo de independencia e individualización en el que los jóvenes pierden esa dulzura infantil, esa protección paternal, ese momento en que tienen que dejar los juegos infantiles para decidir cuál es su sexualidad. Un divorcio en el que se pierde esa parte de uno mismo en el que se proyectaba un futuro compartido que se escapa como humo entre los dedos. La pérdida de un trabajo, o la de un ser querido dejándonos un hueco enorme en nuestra escala familiar o social.
Y es que la inmensa mayoría de las pérdidas conllevan una pérdida secundaria enmascarada: La pérdida de identidad.
Identidad con la que hasta ese momento nos identificábamos, la que conformaba nuestros cimientos a través de los valores y creencias adquiridos a lo largo de nuestra vida. La que nos permitía tener objetivos y sueños y la que al perder nos deja desvalidos, sin recursos, sin capacidad para relacionarnos con un entorno social que se vuelve hostil, apareciendo así, una profunda duda, confusión sobre nosotros mismos, nuestros valores, todo en lo que creíamos, todo aquel bagaje cultural y familiar que nos había forjado hasta el momento en el que experimentamos la pérdida.
La identidad es la que nos representa y da forma a cada uno de nosotros, es la que nos permite presentarnos en sociedad, identificar nuestras sombras y crear las máscaras que nos validen ante los demás, y es por ello que el concepto de pérdida de identidad conlleva una desidentificación de la persona.
Esta pérdida aparece con demasiada frecuencia ante situaciones de incertidumbre y melancolía cuando el momento vital en el que nos encontramos nos invita a hacernos preguntas como ‘hacia dónde vamos’ o “qué debemos hacer con nuestra vida’. El sentimiento de haber perdido nuestra identidad como consecuencia de otras pérdidas nos hace desconectarnos del mundo, y es que la necesidad de reubicarnos y llenar el hueco o vacío que cualquier pérdida deja en nosotros, nos hace experimentar esa crisis que nos lleva a plantearnos ‘qué hacemos en este mundo’, ‘qué sentido tiene nuestra vida’, arrastrándonos hacia un bucle que desesperación, frustración y desconcierto.
Y es en este punto, y con el fin de evitar entrar en ese ciclo de autodestrucción, cuando debemos ver esta cuestión como algo positivo y dejar de pensar en la pérdida de identidad como una pérdida negativa que nos suponga desorientación y ansiedad, si no como una oportunidad para encontrarnos con nosotros mismos y replantearnos temas vitales encontrando el sentido de nuestra vida.
Nuestra identidad se va forjando con los años y es algo que debe ser fluctuante. No debemos engancharnos a una única identidad toda la vida. Cambiamos como personas, evolucionamos, perdemos, pero también ganamos, y con cada cambio debemos estar abiertos a que nuestra identidad se moldee. Y simplemente, si sustituyésemos la palabra ‘pérdida’ por la de ‘metamorfosis’ de identidad, seriamos capaces de ver una oportunidad para seguir creciendo como personas y poder dejar caer las máscaras con las que hasta la llegada de ese acontecimiento concreto de nuestra vida que nos tambaleó, nos mostrábamos ante el mundo para lograr la aprobación del resto.
Encontrar en esta crisis de identidad, en esta pérdida, la mejor opción para enraizarnos en el presente, encontrar nuestro sitio, dejar salir nuestras sombras y convertirlas en luz, es lo que dará una respuesta, no solo a la pregunta que tantas y tantas veces nos harán en lo que aún nos quede de vida, esa pregunta que en la mayoría de los casos evadimos con un nombre y lugar de nacimiento, sino que también nos permitirá encontrar respuesta a esas preguntas que nosotros mismos nos hacemos.
Por todo esto, la próxima vez que te pregunten y tú ¿quién eres?, responde: ¿Y quién eres tú?