«La tecnología aún no permite ver cómo piensa el cerebro»
Tecnología low cost para formación de élite. El neurocirujano argentino Álvaro Carpintero imparte en el Caule un curso pionero que combina tecnología 3D y la práctica en siete cabezas de donantes. Carpintero ha diseñado un sistema que reduce el precio del microscopio de 800.000 a 3.000 euros.

Álvaro Carpintero muestra la operación en 3D. FERNANDO OTERO
Las tres dimensiones, la Inteligencia Artificial, la nanotecnología o la robótica han cambiado el diagnóstico y el pronóstico de enfermedades antes incurables e inaccesibles en los quirófanos. Sobre todo las que afectan al cerebro, un órgano al que la tecnología todavía no ha conseguido arrancar el secreto del pensamiento y el razonamiento. Los neurocirujanos ya son capaces de llegar a cualquier punto de un órgano que se resiste a desvelar todos sus secretos y operan enfermedades en lugares que antes eran impenetrables. El neurocirujano argentino Álvaro Campero y su colega Matías Baldoncini imparten estos días en el Hospital de León uno de los pocos cursos que se ofertan en el mundo que combina tecnología 3D y prácticas con siete cabezas reales de donantes procedentes de Estados Unidos. «Son los cursos más provechosos para los neurocirujanos jóvenes porque pueden trabajar con cabezas humanas donde practican lo que después van a hacer con el paciente y no adquieren habilidades en los pacientes directamente, a eso se le suma toda la parte teórica que mostramos en tres dimensiones, tanto la parte anatómica del cerebro como los vídeos quirúrgicos. Los participantes se ponen las gafas de tecnología 3D y ven todos las intervenciones en tiempo real, es como si estuvieran operando ellos. No hay muchos cursos en el mundo donde se combine la tecnología 3D y cadáveres», destaca Campero. Un plus al que han accedido quince especialistas procedentes de distintos puntos de España y sudamérica. «Tienen que ser grupos reducidos para que la formación sea de calidad».
Hasta hace pocos años, los microscopios de tecnología 3D sólo era accesibles en los centros que disponían de grandes presupuestos para tecnología. «Tener un microscopio quirúrgico que pueda grabar en 3D es realmente costoso. Es muy difícil contar con esa tecnología. Desarrollamos un sistema que se publicó en una revista científica, con un ingeniero y un software, que tiene un coste final de 3.000 dólares, mientras que los microscopios de 3D cuestan unos 800.000 euros, muy costosos. Lo desarrollamos en Argentina, que tiene cuatro sistemas de este tipo, también los hay en España, México y Brasil». Campero y Baldoncini utilizan esta tecnología para la formación de los especialistas. «Se puede usar siempre que se utilice el microscopio, tanto en el cráneo, la columna o los nervios periféricos. Es una herramienta educativa, se graban las operaciones y se enseña en 3D. Cualquier cirugía puede utilizarla. Cuanto más profundidad tiene el campo operativo más se puede apreciar las 3D. Yo me dedico a hacer cirugías de tumores en la base del cráneo y es muy útil porque uno ve hasta el detalle más pequeño», destaca Campero. «Antes había zonas del cerebro a las que no podíamos llegar, hoy se puede hacer una cirugía relativamente segura en cualquier lugar del cerebro». Pero no todo. «Hay funciones del cerebro que todavía no conocemos cómo funcionan y las nuevas generaciones tienen un gran desafío para encontrar algunas respuestas que todavía no tenemos, tanto en el campo tecnológico, biológico como en el inmunológico».
El reto será desentrañar las funciones cerebrales superiores, saber cómo piensa, razona y siente este órgano todavía es una incógnita. «Hay mucho por descubrir». Como los mecanismos de enfermedades como los tumores malignos. «Se ha avanzado mucho en el tratamiento de muchos cánceres, pero los tumores malignos propios del cerebro todavía no se han encontrado la manera adecuada de resolverlos. El tumor más agresivo es el glioblastoma, hay líneas de investigación que espero que puedan avanzar en su tratamiento».
Los cánceres

El grupo de especialistas durante el curso en 3D.

Álvaro Carpintero y Matías Baldoncini