BERCIANA CATEDRÁTICA DE SOCIOLOGÍA EN VALENCIA

Capitolina Díaz: «La investigación en medicina debe incluir el 50% de personas de cada sexo»

Nacida en Villadepalos, es Premio Diversa e Igual de la ULE 2024 junto a Ángeles Caso y experta en formar a personal investigador en incluir la perspectiva de género en sus estudios

Capitolina Díaz, socióloga y catedrática en Valencia, nacida en El Bierzo.

León

Creado:

Actualizado:

Capitolina Díaz Martínez (Villadepalos. León) es una de las máximas expertas en perspectiva de género aplicada a la investigación. Berciana de nacimiento, ha desarrollado su carrera profesional fuera de la provincia. Se licenció en Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y se doctoró en la Universidad de Londres. Tras varios años como profesora en la Universidad de Oviedo, obtuvo la cátedra en Valencia. Ahora forma al personal investigador que se elimine la brecha de género en este campo y, en particular en la salud. Fue directora para la Igualdad en el Empleo entre 2008 y, con anterioridad, consejera de investigación de la Reper (Representación Permanente de España ante la Unión Europea) en Bruselas. Es premio Diversa e Igual 2024, junto a Ángeles Caso, de la ULE y fue presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

—La cifra de investigadoras va en ascenso, pero retrocede la matrícula de futuras ingenieras. ¿A qué se debe?

—Hay un factor clásico: Es un mundo masculinizado por efecto de los estereotipos profesionales de género y esta masculinización se mantiene porque hubo un retraso en aceptar mujeres en las Escuelas de Ingeniería (sobre todo en telecomunicaciones, naval, etc.). Otro factor moderno es «la paradoja de la igualdad». Las primeras ingenieras eran mujeres muy decididas a luchar por alcanzar la igualdad en un mundo de hombres. Eran épocas de lucha por la igualdad en todos los ámbitos y romper los estereotipos profesionales era una más. La mayoría de las que no se han visto obligadas a abandonar por el ambiente poco amable en la universidad y en la profesión han tenido que luchar y demostrar su valía con el doble de esfuerzo que sus compañeros masculinos en un ambiente de hombres y para hombres. Eso sucedía hace 40, 30 o 20 años, pero ahora nuestras niñas y jóvenes no tienen sensación de desigualdad en la escuela primaria y secundaria (aunque la hay) y cuando se plantean qué estudiar no buscan romper una lanza en pro de la igualdad, sino que buscan un trabajo en el que sentirse bien, realizadas, estar en entornos gratos (mixtos o femeninos), quieren trabajar en algo a lo que le vean sentido y con mucha frecuencia, que sirva para ayudar a otras personas. La ingeniería no cumple esos requisitos. Un tercer factor es que las universidades no tienen interés en cambiar la cultura androcéntrica, que es sistémica y afecta a todos los estudios, pero en particular en las ingenierías y en la informática. Dicen querer hacerlo, pero sólo lo hacen de forma superficial. No creen en ello. Aunque no son comparables las universidades privadas estadounidenses y las españolas, hay dos ejemplos de prestigiosas universidades: la Carnegie Mellon (entre el nº 1 y el 2 en ingeniería e informática en EEUU) y el Harvey Mudd College (1º en pregrados) se lo han propuesto en serio y en pocos años han alcanzado alrededor del 50% de matrícula femenina en ingeniería y ciencias de la computación.

—¿De qué habla la sobrerrepresentación de las mujeres en carreras científicas sanitarias?

—Nos indica que las mujeres no tienen ningún problema en estudiar grados largos, difíciles, que exigen una alta nota para entrar y que el desempeño de la profesión (mucha investigación se hace con empleo en los hospitales) exige unos horarios y unos calendarios durísimos. Conviene reseñarlos porque hay quien dice que las chicas no estudian tal o cual grado porque es difícil. No se oye que medicina no lo sea y las mujeres superan el 70% de las matrículas y de las graduadas. Como hay más demanda que oferta, nos habla de que las chicas tienen unas notas tan buenas que les permiten estudiar los grados que se le antojen. Medicina, por ejemplo. Nos habla también de que reúne esos criterios que mencionaba antes: ambiente cada vez más feminizado, empleo con un claro propósito (ayudar a otra gente, salvarla), un trabajo con y para las personas.

—¿La incorporación de más mujeres a la ciencia, supone más ciencia para las mujeres?

—Sin ninguna duda. Como dijo Sandra Harding, es el primer paso, sólo que no es suficiente con poner más mujeres en la taza y darle vueltas. Hace falta cambiar o, como mínimo ampliar la perspectiva. Si las científicas siguen haciendo ciencia como los hombres, poco o nada cambiará. Pero es harto difícil que, habiendo un número suficiente de ellas (por encima del 30% en cualquier ámbito) no cambien el enfoque de lo que hacen. Hay magníficos ejemplos como el de las primatólogas que a medida que iba habiendo más, se fue cambiando el enfoque del estudio de los primates.

—A mayor número, ¿más posibilidades de que se aplique la perspectiva de género?

—La ciencia que conocemos es una ciencia hecha por hombres (un grupo particular de ellos) y que tomó como estándar, modelo de sujeto a estudiar, a los hombres y las conclusiones de esos estudios hechos sobre hombres se intentan aplicar a las mujeres. Esto puede ser grave para nosotras porque hay cosas en las que nos parecemos mucho, pero en otras somos muy diferentes y reaccionamos de formas muy distintas. Por ejemplo, si se diseña un traje de bombero o espacial o un chaleco antibalas tomando como modelos a los hombres, esa indumentaria diseñada, seguramente por ingenieros masculinos, no servirá a las mujeres. Lo mismo sucede con los infartos del corazón, los síntomas son distintos en la mayoría de los infartos masculinos de la mayoría de los femeninos. Si solo se estudian (y es el caso) los síntomas masculinos, el resultado para algunas mujeres puede ser fatal. Cabe decir lo mismo del papel de ciertos medicamentos que pueden prevenir enfermedades en los hombres, pero acelerar otras en las mujeres. Es preciso que las investigaciones consideren el sexo como una variable biológica y el género como una variable sociológica a tener en cuenta en todos los pasos de la investigación. Si no se hace el resultado se alejará de lo científicamente correcto y más aún de la excelencia.

—¿Cómo se refleja esta brecha en la vida de las mujeres?

—La consideración de la investigación médica incluyendo un 50% de cada sexo y/o género no ha sido obligatoria hasta hace menos de 20 años en los dos países pioneros en este ámbito (Canadá y EE. UU) y más recientemente en la Unión Europea (de forma parcial desde 2014 y totalmente desde 2020). Eso lleva a la invisibilidad de las mujeres en muchas enfermedades que afectan a hombres y mujeres. Por ejemplo, sólo de forma reciente se está prestando atención al mayor número de mujeres con enfermedad de Alzheimer y con diferencias en el curso de la patología. Lo mismo sucede con las enfermedades hepáticas y no digamos enfermedades puramente femeninas como la endometriosis y otras similares que amargan la vida de las mujeres en edad reproductiva y que parecen ser tan desconsideradas por la investigación como las enfermedades raras, cuando afectan, en principio, a la mitad de la población.

—¿Pasa igual con los medicamentos?

—Con los medicamentos y tratamientos médicos también hay que contemplar las diferencias. Por ejemplo, las mujeres suelen tener, de media, un menor peso corporal y diferencias en la composición corporal (más grasa y menos agua), lo que puede afectar a cómo se absorbe, distribuye y elimina la farmacocinética del medicamento. Además, sobre todo hasta la menopausia, los niveles de estrógenos pueden interactuar con los medicamentos, cosa que no sucede a los hombres por esa razón.

—Más de 17.000 de las 21.000 personas centenarias son mujeres. ¿Qué factores influyen en este reflejo de la mayor esperanza de vida de las mujeres pese a la ausencia de perspectiva de género en salud?

—Una gran socióloga, María Ángeles Durán dijo hace ya unos años: «Las mujeres vivimos más, pero más solas, más enfermas y más pobres». Efectivamente, al vivir más años nos quedamos solas, con una soledad casi nunca deseada, a una edad que ya se va perdiendo autonomía y se agradece o se necesita una compañía. Mientras que los hombres que fallecen antes, viven hasta el final acompañados y cuidados por ellas. Más enfermas porque la mera vejez favorece las enfermedades, porque no se han cuidado lo bastante cuando tenían que cuidar a otro y no les resulta fácil a muchas cuidarse precisamente por su soledad y por el tercer aspecto, su mayor pobreza. Sí, más pobres. Todavía no se acercan al límite de la esperanza de vida las generaciones de mujeres con un 50% de ellas empleadas. Eso quiere decir que o carecen de pensión propia o la que tienen corresponde a pocos años de empleo o empleo discontinuo (a causa de la crianza, los cuidados a familiares, etc.). Se quedan con pensiones de viudedad o pensiones no contributivas, ambas escasas. Incluso las que tienen su propia pensión, pierden poder adquisitivo al pasar de sumar dos pensiones y compartir los gastos, a tener una sola fuente de ingresos.

—¿Qué opina de los programas que promueven las carreras Stem entre las niñas?

—No es ajustado aplicar en nuestro país el concepto STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería Y Matemáticas) para indicar los grados que no estudian las mujeres. Puede que en el medio anglosajón, sí, pero no en nuestro país. Veamos uno por uno. La C de ciencia: Hay numerosas disciplinas científicas en que, en España, las mujeres igualan o superan numéricamente a los hombres. En lo que se consideran «ciencias» en el Sistema Integrado de Información Universitaria, a saber, la física, la química, la biología, la astronomía y la geología, en el curso 2021-2022 había un 50% de cada sexo. Bien es verdad que con diferencias entre las cinco. La T de tecnología y la E de ingeniería (en inglés), efectivamente las mujeres no llegan al 30 % y cayendo. Pero la M de matemáticas ha estado repartido casi al 50 % entre hombres y mujeres. Aunque desde que recientemente, las matemáticas son un buen referente para trabajar en el mundo digital, está aumentando el número de chicos que estudian matemáticas y desplazando a las chicas que históricamente estaban sobre el 40%. Así pues, tendríamos que reducir el acrónimo STEM a TE o complejizarlo. En segundo lugar, es un error empeñarse en llevar a las niñas donde está la tecnología en lugar de llevar la tecnología donde están las niñas. Lo explicaré con el caso de la tecnología digital. Las niñas y las mujeres no tienen ningún reparo ni dificultad en el uso de la informática, sea con sus ordenadores o con sus teléfonos móviles. Pero ya me dijo una alumna de secundaria hace años: «a mí me gusta la informática pero no quiero pasarme la vida mirando a un ordenador». Esto es, a las niñas —a las mujeres— les gusta la informática con un propósito, más como herramienta para algo que como cosa en sí. Usar la informática para algo que importe. Si queremos mujeres competentes en niveles profundos y sofisticados del mundo digital, llevemos el conocimiento digital a los grados en los que están las mujeres. Desde medicina a biología, desde magisterio a filología, por decir unos pocos. Y llevemos a las mujeres ya graduadas en las disciplinas que les interesan y con buen nivel de conocimientos digitales a investigar con la gente graduada en ingenierías digitales u otras ingenierías. Quizá debamos hibridar ambos espacios de conocimiento: Digitalizar las ciencias aplicadas, sociales, de la salud, etc. y humanizar las ciencias de la computación.

—¿Cómo contempla desde lejos la comarca en la que nació y la provincia?

—Soy berciana. Eso es parte de mi identidad, pero vivo fuera desde que finalicé el bachiller. A mis ojos ni la comarca, a la que amo, ni la provincia, de la que siempre me he sentido orgullosa, están en su mejor momento, ni se ve fácil la remontada. Algo así como una ley de hierro hace que se den ciclos de ascenso y descenso, tanto en los pequeños territorios como en las naciones o los imperios. El Bierzo y León están en un ciclo de estancamiento o retroceso en muchos niveles (no en el universitario, ni en el cultural). Esos ciclos en el pasado quizá se tuvieran que aguantar sin más. Pero hoy en día, en sociedades avanzadas y democráticas como la nuestra, un país y una comunidad, no pueden dejar caer a un de sus parte constituyentes. Y la están dejando caer. Esa no es una forma de crear cohesión social nacional. Me limitaré a poner el ejemplo del Hospital del Bierzo, que entre otras cosas ha perdido de facto el servicio de oncología ¿cómo es posible que ni las autoridades autonómicas ni las estatales (o ambas juntas) vean que es un hospital que no atrae profesionales, que la mayoría de quienes vienen se van en cuanto pueden, que se descapitaliza tecnológicamente porque no se moderniza y consecuentemente la población de toda la comarca tiene un déficit de atención sanitaria? Tienen los datos, pueden compararlos con la media provincial, autonómica y estatal, investigar qué es lo que sucede, constatar que es una situación injusta y buscar soluciones. Respecto al tejido industrial de la provincia podría decir cosas similares.

—En una situación de crisis tras la era del carbón, ¿remontar o reinventarse también requiere perspectiva de género?

Cargando contenidos...

—Naturalmente. No hay nada que afecte a una región que no afecte a las mujeres de esa región y no hay regeneración posible que no cuente con nosotras. Al haber desaparecido la minería de la que prácticamente las mujeres estaban excluidas, las soluciones no debieran presentar límite alguno para ellas. Los desarrollos económicos no pasan tanto por las materias primas como por el conocimiento y la Universidad de León (con su modesto, pero importante, campus de Ponferrada) gradúa casi un 60% de mujeres. Todos esos talentos (10% más de mujeres) necesitan un apoyo institucional para hacer apuestas sostenibles que beneficien por igual a mujeres y hombres de todas las edades y características. Y lo que es muy importante, las mujeres, en particular las mujeres afectadas por el parón económico han de estar desde el instante cero en el diseño de las potenciales apuestas. Tienen conocimientos y padecen la problemática, luego están en las mejores condiciones para aprovechar cualquier apoyo institucional, si lo hubiera.

«Los hombres que fallecen antes viven hasta el final cuidados por las mujeres; ellas enferman por vejez o por no haberse cuidado» «Las primeras ingenieras lucharon por la igualdad en un mundo de hombres. Ahora las niñas no perciben desigualdad aunque la hay»