Cristo revela la catedral prerrománica de León
Un hallazgo arqueológico realizado en el año 1996 junto al flanco sur de la Pulchra Leonina ha permitido ahora reconstruir una parte desconocida de la historia de la sede episcopal leonesa

La pieza encontrada en Puerta del Obispo es una basa romana de orden toscano, tallada en piedra caliza local, de unos 22 centímetros de altura
La historia de la Catedral de León no comienza en el siglo XI, cuando el obispo Pelayo impulsó la construcción del templo románico. Tampoco con la monumental fábrica gótica que hoy lidera el perfil de la ciudad. Lo sabemos por una pequeña basa que apareció hace ya treinta años, en las excavaciones de Puerta Obispo de 1996 que se acometieron para la peatonalización del entorno meridional de la Catedral. Ángel Morillo y Victorino García Marcos fueron los responsables de unas catas arqueológicas que dieron con un material aparentemente pequeño pero que se ha convertido en un viajero del tiempo capaz de «chivar» secretos de hace más de mil años. Es una antigua basa romana de piedra caliza que, siglos después de su fabricación, había sido reutilizada como capitel de una pilastra de un edificio religioso. Sobre ella se habían grabado varias inscripciones cristianas en escritura visigótica. El hallazgo constituye una de las pistas más interesantes para reconstruir un periodo del que apenas se conservan restos materiales.
Sus inscripciones contienen referencias a Cristo, alusiones a un personaje relacionado con los primeros tiempos de la sede episcopal leonesa y fragmentos de textos religiosos. Todo ello permite plantear la hipótesis de que la pieza pudo formar parte del mobiliario litúrgico de una capilla vinculada a la primera catedral prerrománica de León. Puerta Obispo ocupa un lugar privilegiado en la historia urbana de León.
Desde la antigüedad, fue uno de los principales accesos orientales a la ciudad. Su importancia se explica por su posición estratégica y por la presencia, en sus inmediaciones, de edificios fundamentales para la organización del territorio. Las excavaciones de 1996 permitieron identificar una monumental puerta romana orientada al este, flanqueada por dos grandes torres rectangulares. Los investigadores la identificaron como la porta principalis sinistra del campamento legionario. La construcción, levantada a finales del siglo I, experimentó diversas reformas entre finales del siglo III y comienzos del IV, y nuevamente a principios del siglo V. En las proximidades aparecieron también restos que se identifican con las letrinas de las termas legionarias situadas bajo la actual Catedral. Con la consolidación del poder cristiano en la ciudad, las antiguas instalaciones romanas comenzaron a adquirir nuevas funciones. En el año 856, durante el reinado de Ordoño I, se construyó sobre la antigua puerta romana un nuevo acceso dotado de rastrillo. Mientras, el entorno de las antiguas termas experimentaba una transformación vinculada al establecimiento de nuevas estructuras de poder.

Imagen frontal de la basa
A comienzos del siglo X se levantó una nueva puerta, con grandes quicialeras que permitió además modificar el pavimento de la vía que discurría bajo ella. La tradición documental relaciona este proceso con la donación que Ordoño II habría realizado en 916 de su palacio, situado en las antiguas termas romanas, al obispo Frunimio II, para establecer allí la sede episcopal. La referencia documental a la Puerta del Obispo aparece fechada el 26 de junio de 917.

Vista general de la basa
Sin embargo, los investigadores advierten de que los diplomas recogidos en la Crónica de Sampiro presentan problemas de autenticidad. Los estudios paleográficos más recientes apuntan a que algunos pudieron ser retocados o elaborados a finales del siglo XI o comienzos del XII. Lo que parece fuera de duda es que, durante el siglo X, las antiguas instalaciones romanas fueron adaptadas para albergar un complejo episcopal. Aquella primera catedral no era todavía el templo gótico que conocemos. Según las referencias históricas, el espacio religioso se organizaba aprovechando tres edificios que habían formado parte del antiguo conjunto palatino y que fueron convertidos en capillas dedicadas a Santa María, San Salvador y San Juan Bautista. Los arqueólogos dejan claro en el trabajo que la disposición exacta del conjunto es aún difícil de establecer puesto que no se conservan restos identificables de aquella primera catedral, probablemente porque sus estructuras se apoyaron sobre los antiguos muros romanos y fueron posteriormente destruidas por las grandes obras románicas y góticas. Sin embargo, el descubrimiento de Morillo y García Marcos ofrece una nueva pista. La pieza encontrada es una basa romana de orden toscano, tallada en piedra caliza local, de unos 22 centímetros de altura. Su destino original había sido sostener una columna, pero durante la Alta Edad Media fue invertida y reutilizada como capitel de una pilastra adosada a un muro. La transformación fue deliberada y una de sus caras fue cortada para permitir su adaptación a la pared, mientras que las otras tres conservaron las superficies sobre las que se grabaron las inscripciones. La más importante ocupa el frente principal y en ella puede leerse:

Inscripción Omnia Mihi Licet

Inscripción de la cara izquierda

Dibujo de las tres caras y el perfil de la basa romana
Christus hic manet, «Aquí está Cristo»
La inscripción está realizada en letras mayúsculas visigóticas, cuidadosamente trabajadas y profundamente grabadas en la piedra. Su tamaño y su posición revelan que se trataba del mensaje principal. Para los investigadores, su contenido permite plantear que la pieza pudo formar parte del mobiliario litúrgico de una capilla, posiblemente situada junto a un sagrario o tabernáculo donde se depositaban las formas consagradas. «También cabe la posibilidad de que estuviera relacionada directamente con el altar. La piedra romana había adquirido así una nueva vida. De elemento arquitectónico de un campamento militar había pasado a convertirse en soporte de un mensaje cristiano. Debajo de la inscripción principal, en una posición central, aparece el grupo de letras «FRO». Los investigadores consideran que podría tratarse de la abreviatura de un nombre propio. Una posibilidad es que haga referencia al obispo Frunimio II, vinculado a la construcción de la primera sede catedralicia prerrománica a comienzos del siglo X. La hipótesis resulta sugerente porque Frunimio aparece documentado en los primeros años de la historia episcopal leonesa y estuvo relacionado con la dotación material de la catedral. Entre los bienes que se mencionan en la documentación figuran objetos destinados al culto, como vasos para el altar, candelabros, vestiduras litúrgicas y libros. La presencia de la abreviatura «FRO» en una pieza que pudo pertenecer a una capilla episcopal encajaría con ese contexto. En el otro lateral del capitel aparece una inscripción en mayúscula rústica en la que parece reconocerse el nombre «AVRILIVS», posiblemente un antropónimo latino. También se conserva un signo decorativo semejante a una hoja, que podría tener relación con la identificación del artífice. La pieza contiene, además, otras inscripciones religiosas de lectura más complicada. Una de ellas comienza con las palabras

Dibujo de la planimetría durante la fase altomedieval
Omnia mihi licent, precedidas por una cruz griega. Los investigadores relacionan este fragmento con la Primera Epístola de San Pablo a los Corintios: «Todo me es lícito, pero no todo conviene». El texto paulino exhorta a los fieles a no dejarse dominar por los deseos y a preservar la pureza del cuerpo, entendido como templo del Espíritu Santo. La elección de estos mensajes no parece casual. Su contenido apunta a un objeto relacionado con la liturgia y con la preparación espiritual de los fieles para acercarse a Cristo mediante la Eucaristía.
La capilla de San Cristóbal
La investigación plantea otra posibilidad: que la pieza procediera de la capilla de San Cristóbal, un oratorio que el obispo Frunimio habría mandado construir en el año 917. Las referencias documentales sitúan esta capilla en las proximidades de Puerta Obispo y de la antigua sede episcopal, dedicada a San Cristóbal y que contaba con reliquias de este santo, de Santa María y de San Cipriano. Su localización aparece descrita mediante dos expresiones latinas: ante altaris sedis antiqui y iuxta Porta Domni Aepiscopi. Es decir, en relación con el altar de la antigua sede y junto a la Puerta del Obispo.
La descripción coincide, en términos generales, con el espacio donde se produjo el hallazgo de la basa romana reutilizada. Las excavaciones documentaron en esa zona algunas construcciones altomedievales de planta rectangular, con cimientos de cantos rodados trabados con barro y alzados de mampostería de cal. También se conservaba un umbral y parte de un escalón orientado hacia el este. Son prácticamente los únicos restos arqueológicos que los investigadores consideran atribuibles al complejo de la catedral prerrománica.
La destrucción de Almanzor
La historia de aquel primer complejo episcopal estuvo marcada por uno de los episodios más dramáticos de la León medieval: las campañas militares andalusíes de finales del siglo X. Las incursiones de Almanzor, en el año 986, y de Abd al-Malik, en 994, causaron importantes daños en la ciudad y en sus edificios religiosos. Las crónicas aluden a las destrucciones sufridas por la catedral prerrománica y por el monasterio extramuros de San Pedro y San Pablo, que parece haber albergado la primitiva sede episcopal leonesa. Un documento fechado en 1003 también recoge referencias a los daños sufridos en el entorno. Aunque las excavaciones no han permitido identificar en la Puerta del Obispo una destrucción directa de la puerta romana coincidente con esos ataques, sí existe una relación cronológica entre las campañas militares, el deterioro de los edificios religiosos y la posterior desaparición de determinados elementos arquitectónicos. El documento de consagración de la nueva catedral románica, en 1073, describe de forma particularmente expresiva el estado del templo anterior. El edificio estaba abandonado, sucio y derruido. Sus bóvedas se encontraban abiertas, los altares descompuestos y las dependencias de los canónigos sufrían las consecuencias de las goteras.
La descripción permite imaginar el estado de degradación de una construcción que había sobrevivido a las transformaciones políticas y religiosas de la ciudad, pero que no había conseguido recuperarse plenamente de las destrucciones de finales del siglo X. Así que, la basa romana, convertida en capitel cristiano, acabó depositada en un nivel de relleno junto a otros materiales arquitectónicos y cerámicos. Probablemente fue retirada durante las labores de limpieza y desescombro de las dependencias episcopales o durante las obras preparatorias para levantar una nueva catedral. Los arqueólogos sitúan el abandono definitivo de aquella pieza en un periodo comprendido entre un momento avanzado del siglo X y alguno del siglo XI. Morillo Cerdán y García Marcos explican que el estrato en el que apareció se formó después de la construcción de la calle de comienzos del siglo X, pero quedó afectado por las edificaciones posteriores levantadas entre el año 1000 y 1073, año en el que se consagró la nueva catedral románica, promovida por el obispo Pelayo sobre el espacio que había ocupado el antiguo complejo episcopal. La vieja catedral prerrománica desapareció y con ella buena parte de las huellas materiales de los primeros siglos de la historia episcopal.