DESPUÉS DE 362 AÑOS EN LEÓN
Las Agustinas Recoletas se despiden: "Seguiremos rezando por los leoneses"
Las tres últimas monjas del monasterio de la Encarnación y del Milagro viven con entereza el «duro momento de salir de este hogar»

Sor Ana María, sor Guadalupe y sor Beatriz con el retrato de la fundadora y el premio concedido por la Diócesis.
«Mis monjas han sido peregrinas y, siguiendo la tradición, ahora peregrinamos nosotras». Sor Beatriz, la última priora de las Agustinas Recoletas de León, rememora la historia de la orden femenina en León pensando en cómo se sentirá «el día que tenga que irme sin mirar atrás».
No tienen fecha de partida, pero las tres monjas que sostienen el monasterio de la Encarnación y del Milagro preparan sus maletas mientras rercuerdan la hazaña de las fundadoras que vineron desde Valladolid a León. «Llegaron en carretas, después de un viaje de tres días, el 13 de diciembre de 1663 y las recibieron a ritmo de campanas».
A ritmo de campanas se quieren despedir las últimas recoletas de la ciudad que ha acogido a generaciones de monjas durante 362 años llenos de avatares y de oración. La primera priora Mariana de San Clemente, junto con Jerónima de la Santísima Trinidad, Francisca de San José, Antonia de San Bernardo y Teresa de Jesús formaron la primera comunidad de la orden femenina de San Agustín en León.
Se instalaron en un edificio maltrecho recostado sobre la muralla romana, en el actual Jardín del Cid, al que bautizaron como Monasterio de la Encarnación y del Milagro. De la Encarnación, por la procedencia de las fundadoras, del monasterio del mismo nombre de Valladolid, y del Milagro en recuerdo al episodio en el que una monja se salvó «milagrosamente» tras una caída mortal desde el desván. «Tenían que arreglar el convento. No tenían nada y subió una monja al desván y se vino abajo. La monja cayó en medio de los escombros y salió ilesa. Fue un milagro que no tiene explicación como acto sobrenatural».
Las campanas de este cenobio apagan su tañido en el barrio de El Ejido con la marcha de sus tres últimas moradoras. El edificio que estrenaron en 1967, tras salir del convento de Santo Domingo, se queda vacío mientras la congregación que tiene a su máximo responsable en Roma piensa a qué «fin social» lo dedicará. «Nosotras solo sabemos que salimos de aquí», explican.
Sor Beatriz, sor Guadalupe y sor Ana María llegaron de muy lejos, del otro lado del océano, para apuntalar la supervivencia del monasterio cuando ya la «despoblación vocacional» se dejaba sentir en León. «Cuando vinimos estaba el coro lleno, eran leonesas. Ahora ya no hay gente ni en los pueblos y las vocaciones que hemos tenido no han perseverado», admiten.
Sor Beatriz nació en Colombia y descubrió su vocación en Nueva York. En la catedral de San Patricio quedó prendada de las enseñanzas de San Agustín y del hábito que lleva desde hace casi cuarenta años.
La hermana Guadalupe es panameña de origen y hace 47 que profesó los votos de la orden. En su país conoció al misionero leonés Esteban Tejedor y se decidió a venir a León. «Tengo «nacionalidad» leonesa», dice con satisfacción.
«Somos leonesas de corazón aunque extranjeras de nacimiento», añaden. Sor Ana María es mexicana. Con 15 años ingresó en la orden de las Agustinas Recoletas de la Federación de México y hace 28 años llegó a León.
«Nos pidieron ayuda desde la Federación de España (México tiene su propia federación de conventos) porque ya estaban escaseando las vocaciones», explica. Cuando llegó ella había 12, casi la mitad de las que se encontró sor Guadalupe al llegar al monasterio de la Encarnación y del Milagro de León. En diciembre de 1992, cuando llegó sor Beatriz, eran 17.
Al quedarse las tres solas empezaron a barajar la idea de irse de León y disolver la comunidad. «No queríamos ir tres monjas mayores a un mismo convento para ser una carga», explican. Cada una se irá a un monasterio.
Sor Beatriz, de 77 años, ha elegido el Real Monasterio de Santa Isabel de Madrid. «Lo he escogido porque conozco a las monjas desde hace muchos años y es una comunidad muy observante. Ellas me han tendido un puente para que me sienta acogida y esperada porque saben lo difícil que es la ruptura, dar el paso de salir de este monasterio que ha sido mi hogar tantos años. Es muy duro», explica.
Sor Guadalupe, de 81 años, se va al convento de San José de Requena, Valencia. «Hay cuatro hermanas que estudiaron aquí porque fue casa de formación por varios años, así que pasaron muchas hermanas». El monasterio de la Encarnación y del Milagro de León fue casa de formación de nuevas religiosas y sor Guadalupe una de las maestras. Conserva con mimo los cuadernos que le han servido de guía para su trabajo.
Sor Ana María es la única que volverá a cruzar el charco. Antes, pondrá la música hasta el último día en el convento. Es organista y regresa a su comunidad de origen, a México D.F. «cerca de mi familia». Es la más joven de las tres, con 60 años.
Ahora que llega la despedida de un ciclo de más de tres siglos y medio quieren que quede el recuerdo de que «estuvimos aquí, sobre todo, orando por la ciudad de León y la diócesis de León. Que siempre nos recuerden por ese residuo de oración y de silencio».
Plegarias para los partos
Han rezado por León y por cuantas personas se lo han pedido a través del torno o por teléfono. «Una cosa muy bonita es que esta es una casa en la que ninguna realidad es ajena», apunta la priora. Las llaman cuando una mujer va a dar a luz: «Mira, ya le empezaron las contracciones. Y ahí estamos nosotras con las manos alzadas para que todo vaya bien». O cuando algún joven se presenta a un examen. «Siempre le decimos, nosotras rezamos, pero tiene que hincar que los codos...». Otras plegarias habituales son por la salud o en la hora de la muerte de familiares. «Todas las realidades nos son familiares», dice la abadesa. «Tenemos listas así de peticiones», apostilla sor Guadalupe abriendo las manos.
«Aunque nos vayamos a otro convento nosotras seguiremos rezando por los leoneses, porque es como si hubiéramos nacido aquí y aquí hemos recibido todo», apostilla sor Guadalupe. «León nos lo ha dado todo», asienten las otras hermanas. «Nos han acogido y nos hecho sentir útiles en la diócesis». En la despedida alguna mujer recordaba que «somos parte de su vida» porque nació acompañada de sus plegarias.
El trabajo tampoco ha sido ajeno a este convento. Uno de los más memorables ha sido la costura. Las agustinas recoletas de León formaron parte de la legión de mujeres leonesas que, desde sus casas, trabajaron para Teleno. «Muchísimas fajas hemos hecho para Teleno», recuerdan. «Pasábamos buenas horas sentadas a la máquina cosiendo, muchas horas; las horas que no teníamos que estar en la capilla las pasábamos cosiendo».
El monasterio dejará un vacío en el barrio y en todas las personas que han acudido a las Agustinas Recoletas a pedirles oraciones. En la misa homenaje que presidió el obispo Luis Ángel de las Heras el 25 de marzo —solemnidad de la Encarnación— las lágrimas corrían por los rostros de los fieles mientras sor Ana María tocaba el órgano. «Estábamos asombradas de ver tantísima gente. Hacía mucho tiempo que no veía a tantos hombres y mujeres llorar».
Fue un día «muy emotivo" que coronó el primer premio San Froilán concedido por la Diócesis de manera extraordinaria. La gente les besaba las manos. «Yo pensaba, este homenaje no será para mí, sino para el Dios que llevo dentro», señala la abadesa. «La gente nos ha acogido siempre y aquel día fue patente cómo los leoneses se abren a quien perciben que quiere hacer el bien. Son de pocas palabras, pero sinceras», afirma para corregir a continuación: "Tendría que decir ‘somos’ porque nosotras nos sentimos leonesas. Lo hablamos entre nosotras y decimos, ¿cómo voy a salir yo de aquí el día que tenga que poner un pie fuera? Ahora salimos al médico y volvemos. ¿Pero el día que tenga que poner un pie fuera y no mirar para atrás?».
Se agolpan los recuerdos del tiempo pasado entre las paredes del convento, con su extensa huerta y la cancela del jardín de la entrada siempre abierta. Ni siquiera los vándalos que, primero tiraron y luego se llevaron la imagen de una virgen que tenían sobre una columna pedestal en este jardín, ha logrado cambiar sus costumbres.
El edificio de ladrillo se estrenó en 1967 en las afueras de León, al lado de la que fue Granja Pecuaria Regional (actualmente Ibiomed). Consta de tres cuerpos: el monasterio, la iglesia y una hospedería donde se alojan familiares que vienen de visita y donde antaño vivían también el cura y el hortelano. La comunidad pasó en aquellos años a esta zona de La Granja al vender el antiguo monasterio de los Dominicos, su casa desde finales del siglo XIX, al Banco Industrial de León que construyó sobre su solar el Complejo Santo Domingo.
Del convento original, luego fue cuartel del Cid y hoy jardín, las recoletas fueron expulsadas después de la desamortización. Se quedaron si casa y fueron acogidas por las Carbajalas. «Fuimos sus huéspedes durante 15 años, que no es un fin de semana. Se apiadaron de las monjas y les abrieron sus puertas. A nosotras nos toca ahora tener un agradecimiento eterno con ellas».
Patrimonio para la diócesis
Se llevarán sus objetos personales. «Nosotras solo somos dueñas de nuestra autonomía. Tenemos votos de pobreza, pero nos sentimos ricas», subraya sor Beatriz. El convento tiene algunos bienes muebles antiguos, como un retablo de la Encarnación del artista Tomás Peñasco. «El patrimonio artístico cultural está catalogado y no puede salir de la autonomía». Pero tiene un destino: el Museo de la Diócesis. «Hemos recibido muchísimo de la diócesis, qué menos», apunta la abadesa.
Con el cierre del monasterio de la Encarnación y del Milagro de León se cerrará también la capilla que todos los domingos se abre al público para la misa de ocho. «A esas horas no viene gente, además está muy cerca la parroquia de San Juan de Regla que tiene la misa a las 11 y es normal que la gente no madrugue en domingo», comentan.
«Paradójicamente, ahora, somos nosotras las que necesitamos la ayuda de la oración de todos los leoneses para el paso de este trance tan doloroso, para sentirnos acompañadas por la fuerza moral de nuestros hermanos que han vivido cerca. Sentir ese apoyo nos hará bien», apunta la priora. «La gente que no conoce la vida monástica piensa que estamos encerradas aquí. Esa palabra no nos gusta. Encerrada está una persona a la que han metido a la fuerza. Nosotras no estamos encerradas. Estamos aquí gustosamente, hemos venido nosotras a solicitar la admisión y nos sentimos realizadas, contentas y libres y salir de aquí nos duele».