Palabras que cicatrizan
Relatos con 'Las palabras son el viaje" de Inma Reyero, colaboradora del Teléfono de la Esperanza

Inma Reyero, con su libro en las dependencias del Teléfono de la Esperanza.
Aunque parezca lo mismo no es igual. No tiene el mismo efecto pensar que se ha cometido un «error» a que una acción que no ha salido del todo bien ha supuesto «un aprendizaje». Tampoco es igual decirle a alguien «no te preocupes» que «ocúpate». Y expresar que algo es un «problema» no significa lo mismo, aunque pueda parecerlo, a que es «un reto, un desafío o una oportunidad». Inma Reyero conoce muy bien el efecto que tienen las palabras en el ánimo y la motivación de las personas. Colaboradora del Teléfono de la Esperanza, su libro Las palabras son el viaje, que va por la tercera edición, recoge los relatos que comenzó a escribir como autoterapia en la sección ‘Todo lo que das te vuelve’ de su blog en la página de la oenegé y en la de Dones y Talentos, impulsada por el entonces psicólogo del Teléfono, Juan Fernández Quesada. «Para salir de un momento de crisis es fundamental ponerse en marcha y dar pasos que, aunque parezcan pequeños o insignificantes, sumados marcan una gran diferencia», asegura. Y lo sabe por experiencia propia.
A Reyero la hablaron del Teléfono de la Esperanza «cuando pasaba una etapa personal bastante complicada. Yo entonces no sabía ni que existía. En 2010 me diagnosticaron miastemia gravis, una enfermedad autoinmune que afecta a la movilidad, a la fuerza y causa fatiga. Cuando empecé a hacer los talleres del Teléfono de la Esperanza no podía salir sola a la calle por malas experiencias como caídas. Fue muy duro porque mis hijos eran pequeños y me tenían que ayudar. Cuando entré en la sede del Teléfono de la Esperanza me desplazaba apoyada en un carro de la compra, no podía caminar por mí misma y casi no podía hablar». La primera tarea que le propuso el psicólogo del Teléfono, Juan Fernández Quesada, fue hacer sentadillas «y después comenzó el trabajo de sustituir creencias irracionales por otras más racionales y adaptativas, de ahí el título del libro Las palabras son el viaje», un libro ilustrado por su hija, Paula Getino, y editado por Círculo Rojo.
Después siguieron los talleres de autoestima. «Al principio todo era yo, mi, me, conmigo, y poco a poco conseguí un diálogo con otras personas. Cuando leen mi libro me dicen que se sienten identificadas y que parece que he puesto palabras que ellas mismas podrían decir y no saben cómo. Y eso no es magia, es porque al final todos somos mucho más parecidos de lo que creemos». Y después empezó a jugar con las palabras, a pensar rimas, a buscarles el doble significado y escribirlas en relatos de ficción «aunque siempre cuenten algo de ti mismo».
Para Inma Reyero, el viento no se lleva las palabras «sino que muestran nuestra realidad y por eso es tan importante cómo nos hablamos, esa voz interior, que a veces no es nuestra, sino que la traemos de nuestra familia, del pasado, de cosas que nos han marcado, o de si eres mujer o eres hombre». Por eso le da vueltas a la idea de publicar un diccionario con las palabras tantas veces escuchadas en el teléfono de personas que llaman para encontrar consuelo, expresiones que pueden ser sustituidas por otras que cambian radicalmente el contexto. Aunque parezca igual, no es lo mismo decir «tengo que» que «me gustaría o he decidido». «Hay que ir sustituyendo ciertas palabras por otras más adaptativas que nos hagan sentir mejor».
¿Pero qué pasa cuando las palabras vienen de fuera y son otras las personas que las lanzan con la intención de herir? «En el taller que tenemos en el Teléfono de la Esperanza de habilidades de comunicación decíamos que cuando alguien te dice una palabra que te hiere puedes pensar que eso es un regalo y que puedes decidir cogerlo o no. Si no lo coges sigue siendo suyo. Si es una crítica constructiva que te puede servir para crecer, entonces la puedes coger. Pero si no, te puede afectar un momento, pero que no condicione tu vida».
Todo influye
El cambio de estación, el cambio de hora, la celebración de los Santos, la Navidad... siempre hay una cara B que acecha en la vida. «En estas épocas siempre hay una palabra que se repita en las llamadas al Teléfono: soledad. «Llamo porque me siento solo, me siento sola, no tengo con quién hablar de esto, no tengo confianza con nadie, no salgo... Hay muchas personas que no salen de casa en todo el día, a no ser que sea para hacer algo mecánico como ir a comprar el pan o ir a alguna cita médica. No se relacionan con nadie. Siempre insistimos en que tengan esa red de apoyo, en que intenten salir, en tirar de alguna afición para hacerla en grupo, conocer gente».
Y lo que demuestran las palabras dichas con dolor es que la soledad no tiene edad. «Ahora estoy atendiendo el chat de la Esperanza, orientado a personas jóvenes, que se comunican mejor por la vía escrita. Y veo que también está pasando con la gente joven. Se sienten aislados. Te dicen que no tienen confianza con nadie y que no le pueden contar su problema a nadie. Y cuando le propones que hables con su madre dicen que no quieren decepcionar contándole sus problemas. Por una parte les estamos dado todo lo material y por otra nos quedamos cortos en la escucha. Creo que nos están influyendo mucho las redes sociales, las tecnologías, el móvil. Es duro decirlo, pero a veces las familias parecen compañeros de piso»
SUSTITUIR POR.....
Problema por Reto, desafío, oportunidad
Error por Aprendizaje
Tengo que... por Me gustaría, he decidido...
No puedo por ¿Cuál es el paso más pequeño que me atrevo a dar?
Yo soy así por Estoy en proceso de ...
Tú lo que tienes que hacer es... por ¿Has probado a...? ¿Te has planteado...?
Quiero por Prefiero
Nunca, todo, siempre, nada por A veces, algunas, casi nunca