Diario de León

Meta, un poder sin control público y sin repercusiones

Zuckerberg, creador de la plataforma que prometió cambiar el mundo, una influencia sin fronteras

Mark Zuckerberg mientras interviene en una presentación durante el Mobile World Congress en 2018, celebrado en Barcelona.

Mark Zuckerberg mientras interviene en una presentación durante el Mobile World Congress en 2018, celebrado en Barcelona.Alberto Estevez

Publicado por
José A. González
Madrid

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Habla sin gesticular. Se mueve en silencio. No porque sea tímido, sino porque su presencia pública siempre ha sido medida y controlada. Mark Zuckerberg ya no es aquel estudiante de Harvard que aspiraba a «conectar a las personas». Es hoy el director ejecutivo de Meta, la empresa que agrupa a Facebook, Instagram y WhatsApp: un conglomerado que organiza buena parte de la comunicación global. Del joven de 19 años que programaba en la habitación H33 queda la mirada fija en el código. Del niño de Dobbs Ferry (Nueva York), junto al Hudson, queda la fascinación por convertir la vida humana en datos. Lo que empezó como una red universitaria se ha transformado en una estructura privada con un alcance superior al de muchos Estados.

Desde su ‘búnker’ de once casas en California —un complejo cerrado con muros altos, cámaras y jardines impenetrables— dirige un imperio que dice conectar al mundo mientras él permanece casi siempre fuera de foco. Según quienes trabajaron a su lado en aquellos primeros años, le costaba ver el potencial político de Facebook. En conversaciones internas llegó a bromear sobre si debían adjudicarse parte del mérito de la Primavera Árabe. Pero la realidad fue cediendo terreno al desconcierto: su creación influía en elecciones, en protestas, en gobiernos.

El primer golpe llegó en 2018. Cambridge Analytica recopiló datos de unos 80 millones de perfiles de Facebook sin su consentimiento real para campañas de propaganda política, lo que proporcionó asistencia analítica a Donald Trump para las elecciones presidenciales de 2016. Esta consultora también fue acusada de interferir en el voto a favor del ‘brexit’ con el mismo procedimiento: desarrollar una estrategia de marketing personalizada a partir de los datos de millones de usuarios de Facebook. Zuckerberg compareció ante el Senado, pidió disculpas por el escándalo y prometió cambios para garantizar la privacidad de los usuarios.

Para muchos analistas, aquello no fue una anomalía, sino la expresión más pura del negocio: usar la información personal como materia prima. Después llegarían otras revelaciones. En 2021, los documentos internos de los ‘Facebook Papers’ mostraron que Meta era consciente de que Instagram podía afectar gravemente a la salud mental de los adolescentes: ansiedad, adicción, relaciones dañadas con la propia imagen. Las alertas internas existían, pero el crecimiento seguía siendo la prioridad. El problema persistió. En 2025, un estudio independiente concluyó que muchas de las funciones de seguridad para menores no funcionaban como la plataforma afirmaba. La promesa de cuidar a los usuarios más vulnerables quedaba en entredicho.

Mientras tanto, Zuckerberg ampliaba su alcance lejos de Silicon Valley. Internet.org ofrecía acceso gratuito a internet. pero solo a servicios aprobados por Meta. Reguladores y activistas de India denunciaron que la iniciativa vulneraba la neutralidad de la red y colocaba a Meta en posición de decidir qué es internet para millones de personas. La empresa defendió el proyecto como una manera de conectar a quien no puede pagarlo. Sus críticos apuntaron a un objetivo más simple: crecer. También hubo decisiones discutidas en países autoritarios. En 2014, Facebook bloqueó en Rusia una página que apoyaba una manifestación de oposición tras una petición oficial. ¿Hasta dónde llega Zuckerberg para no perder acceso y poder?

Frío y calculador

Quienes trabajaron cerca de él describen a un líder frío y competitivo, convencido de que la tecnología debe imponerse por eficacia. En reuniones largas, cuentan, tiende a escuchar con la vista fija en el vacío, sin pestañear, evaluando si una idea suma o resta poder. Sus decisiones son datos y consecuencias. La política, que en sus inicios le aburría, pasó a ser un asunto de supervivencia. Tras la interferencia rusa en 2016 y Cambridge Analytica, Zuckerberg prometió luchar contra la desinformación.

Pero las presiones llegaban de dos frentes: unos le acusaban de censurar; otros, de no frenar los bulos. Ese equilibrio ya no se sostiene.

Detrás de esa expresión ya no hay un estudiante brillante: hay un arquitecto que escribe cómo será nuestro futuro.

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