Diario de León

EL RETROVISOR

Siempre nos quedará la mugre

Ningyo, cara sin alma.

Ningyo, cara sin alma.David Campos. 2018.

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Alberto Flecha

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La inteligencia artificial avanza como la gran promesa de nuestro tiempo: sistemas cada vez más limpios, precisos y racionales. Algoritmos cada vez más capaces de decidir sin cansancio, sin error, sin afecto. ¿A dónde nos llevará esta carrera que no para? Ya empiezan a surgir debates que nos hacen pensar en la necesidad de su desarrollo ético. En ellos se repite una idea inquietante: hay que dotar a la máquina de impulsos humanos básicos, incluso pedirle que actúe con nosotros como una madre con sus hijos antes de que pueda dejarnos tirados. Cuidar, proteger, amar. Pero la pregunta no es técnica, sino moral: ¿qué tipo de humanidad estamos intentando simular?

La IA se acerca a la razón pura e ilustrada que nosotros siempre buscamos. Y, sin embargo, lo que nos define no es la limpieza, sino la mugre: nuestra imperfección y nuestro dolor, la dependencia, la necesidad del otro. El cuidado no proviene del cálculo, sino del gesto torpe que tan humanos nos hace. Walter Benjamin lo entendió bien: la ética no avanza por progreso, sino por redención, por el rescate de aquello que la razón dominante desechó como ineficiente o atrasado. En territorios como León existió —y aún puede inspirarnos— una cultura comunal, una economía moral basada en vínculos, en sostenerse sin discurso. Esta ética no era una teoría limpia, sino la fricción constante de la vida compartida, la mugre inevitable que obliga al encuentro.

Hoy, frente a cualquier racionalidad perfecta, la esencia que nos queda es esa debilidad que nos hace realmente humanos. El valor de esa cultura se demuestra en el gesto con el otro, no en el cálculo. El amor que nos salva no nace de la perfección, sino de la necesidad. La mugre no es suciedad; es la prueba física de la interdependencia. Por eso la pregunta es vital: ¿Estamos dispuestos a sostener la debilidad que nos obliga al encuentro? Siempre nos quedará la mugre. La duda es si aceptamos el precio ético de mancharnos con ella.

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