EL RETROVISOR
Disonancia cognitiva

Bus.
Somos capaces de habitar a la vez mundos paralelos. Estar al mismo tiempo aquí y allá. Mirar por la ventana de un autobús a la vez que viajamos por el otro lado del mundo a través de la pantalla de un teléfono móvil. Podemos elegir sumergir nuestra mirada en eso que ahora llaman scrolling con tal de no conversar con el vecino aburrido que viaja a nuestro lado.
Ahora voy de León a Gijón. Y ahí están todos. Miro sus nucas, se abocan sobre sus teléfonos abrevando información. Contenido, que dicen. Fuera, el pantano de Luna tiene las costuras a punto de reventar. La autopista brilla porque sigue lloviendo. Las miradas que desde el autobús se posan sobre la masa de agua son fugaces, apenas se fijan en ese dragón gigantesco que parece seguir durmiendo. Esa nuca doblada es el gesto de nuestro tiempo. Es una rendición. Un pasajero, más adelante, sorbe de una tertulia sobre una guerra lejana, otro se informa sobre debates madrileños mientras a su derecha la realidad se desborda en un espesor de agua y lodo. En una semana hay elecciones a esta comunidad autónoma de Castilla y León, pero las miradas están más allá, posadas a lo lejos. Cruzamos el puente y el pantano es una bestia hinchada. Si las costuras revientan, nos llevará por delante con nuestras pantallas encendidas y nuestras encuestas de intención de voto todavía calientes en la mano. Pero aquí dentro, en el microclima del autobús, el territorio ha dejado de existir. Se ha vuelto un escenario de cartón piedra, una postal borrosa que solo sirve para rellenar el espacio entre dos ciudades. Nuestra mirada está condicionada; lo que no se cuenta, no existe. Y entonces esta tierra nuestra ya no es nuestra ni nos importa. La disonancia es ya un silencio escandaloso. En unos días iremos a votar con esa misma nuca doblada. Llevaremos en el bolsillo el ruido de Madrid, las banderas de colores y el relato de una nación que se juega en un plató de televisión. Meteremos la papeleta con la convicción de estar salvando el mundo, mientras fuera, en la calle, nuestro territorio sigue quedándose huérfano de médicos, de trenes y de gente. El territorio está vacío no porque falten personas, sino porque los que estamos aquí ya no habitamos lo que pisamos. Somos actores secundarios que cada día olvidan su papel ocupando un paisaje que ya no nos pertenece porque ni siquiera somos capaces de sostenerle la mirada.