ENTREVISTA
Juan José Martínez Jambrina, psiquiatra leonés: "Una sociedad polarizada es más fácil de manejar"
El modelo de gestión de salud mental que dirige en Avilés ha sido reconocido con premios y la ciudad acaba de incorporarse a la red de Ciudades Europeas por la Salud Mental

Juan José Martínez Jambrina, ayer.
El psiquiatra leonés Juan José Martínez Jambrina dirige la salud mental del área sanitaria III de Avilés, un modelo reconocido con el Premio Nacional Jaime Albert Solana en 2013 y que se incorpora a la Red Europea de Ciudades por la Salud Mental, que agrupa a municipios europeos que trabajan en estrategias comunes. Jambrina tiene abiertos ocho proyectos de investigación en los que trabaja con la implicación de varias categorías de profesionales. Destaca la evaluación del impacto del ejercicio físico mediante el programa ‘Sport2live’ (una organización dedicada a la reinserción social a través del deporte) con pacientes con trastornos mentales graves del Hospital Universitario San Agustín de Avilés y con financiación privada.
—¿Qué condiciones tiene que cumplir una ciudad para entrar en la red europea por la salud mental?
—Las ciudades deben tener en marcha una serie de recursos, a los que se suman los asistenciales. Es una red municipal dirigida por la capital mundial de la salud mental, que es Barcelos (Portugal).
—¿Qué es lo que más le preocupa como psiquiatra?
—Los problemas importantes cambian poco. Ha crecido mucho la demanda asistencial por los malestares de la vida cotidiana y nos gustaría que no llegaran al sistema sanitario. Hay que dar una vuelta a cómo se está actuando a nivel social, a redes familiares y educativas. Es ahí donde se puede parar esa sobredosis que tenemos de demandas de consultas que colapsan el sistema. Dejamos de atender a los pacientes que tienen diagnósticos de esquizofrenia, trastornos bipolares graves o cuadros depresivos graves, que necesitan mucho apoyo, seguimiento y recursos. Ha crecido la atención infanto juvenil por las pantallas y los móviles, pero poco a poco se está controlando. Tenemos una deuda pendiente con los que siempre han sido el objeto principal de la asistencia psiquiátrica, los más graves, que necesitan rehabilitación laboral, social y apoyos para evitar las recaídas y hospitalizaciones.
—¿Qué cree que está pasando en la sociedad para que aumenten los problemas de salud mental?
—Lo peor es lo que no se atisba. Cuesta mucho planificar la vida más allá de cinco años. Estamos asistiendo a cambios importantes en política mundial, con repercusiones económicas rápidas, como ocurre con la guerra con Irán. La irrupción de la Inteligencia Artificial está transmitiendo una inquietud porque no sabemos el alcance que puede tener. Creemos que será una herramienta que va a beneficiar y se va a incorporar a nuestra vida para bien, pero nos va a costar. Es lo que se llama ‘proceso adaptativo’, cuesta adaptarse a un cambio de modo de vida, aunque sea para bien. Los grandes cambios siempre traen consigo depresiones y ansiedad y todavía no hemos acabado de superar la crisis económicas que aparecen los cinco años siguientes a una pandemia.
—La juventud siempre se ha adaptado mejor a los cambios. ¿Qué está pasando ahora que aumentan los problemas de salud mental y las lesiones autolíticas?
—La cumbre de la campana de Gauss está empezando a bajar. Se han movilizado muchos recursos y protocolos. Este problema no solo tiene que ver con la salud mental. Las crisis de la adolescencia tienen que ver más con problemas de identidad o falta de firmeza del entorno familiar y educativo. Los últimos 25 años han sido entornos muy variables, muchas leyes, cambios en la educación para la ciudadanía, en leer la vida en valores, que ha desaparecido de la educación no solo a nivel docente sino en la familia, que no lo exige y que tiene que ver con el esfuerzo, el desarrollo y las capacidades de los individuos, que hay que retomarlos y ponerlos al frente para saber tomar decisiones en la vida. La adolescencia es un terreno de imitación. Hace treinta años nos pasó con los trastornos de conducta alimentaria, que fue una pequeña epidemia, y poco a poco, sin exagerar al hablar de ellos, va bajando. Lo mismo ocurre con las conductas suicidas. Hay otras herramientas para dar salida a los malestares. Ocurre con el uso de las pantallas, que se ha ido extendiendo hasta preescolar y dar marcha atrás cuesta trabajo porque las políticas mundiales no han sido muy acertadas.
—¿Quién ha fallado a la gente joven, la familia, el sistema...?
—Lo del sistema me parece un poco exagerado. Hay pilares básicos en la construcción de la personalidad, como la familia y la escuela. La autoridad de los padres ha perdido vigor, y el ‘meneo’ que llevan los centros escolares en los últimos 30 años también se nota. Hay que volver a un paquete mínimo de valores con los que machacar a los críos para que atraviesen estas turbulencias con el menor daño posible.
—Pero los valores pueden no ser los mismos en cada familia.
—No se trata de hacer un traje a medida, sino de que la persona que crece sea capaz de elegir su sistema de valores. La deliberación se aprende deliberando, distinguir lo que es la realidad de la parte valorativa. Que en la adolescencia tengan herramientas para no tomar decisiones extremas como el acabo con todo o no hago nada. Tomar decisiones en caliente no es nada bueno y para tomar buenas decisiones lo primero que hay que evitar son las soluciones extremas. No se trata de educarles en valores que se tengan que comer, sino que les capaciten para vivir en sociedad, que es la que tiene que encargarse de eliminar o reforzar algunas conductas. Eso no lo pueden hacer los políticos, que se han adueñado de todo.
—La polarización no ayuda.
—Sí, totalmente. Polarizar es obligar a alguien a elegir entre dos extremos. Los más débiles e inmaduros se van siempre a los extremos y eso se ve en las conductas de un adolescente en crisis.
—¿A quién y por qué interesa que la sociedad esté polarizada?
—Manejar una sociedad polarizada es muy sencillo. Otra cosa es que sea sano. Una sociedad muy polarizada va a elegir entre dos opciones y no va a ser capaz de elegir fuera de las dos cosas que se le ofertan. Poniendo el ejemplo del fútbol, el partido se juega en el centro del campo, no en las áreas. Quien tiene que enseñar al jugar al fútbol es el entrenador, no el árbitro, no el que aplica las leyes, que es lo que estamos permitiendo ahora. En entrenador es el maestro, la familia, no se puede tirar siempre de legislación para resolver los conflictos.
—¿Qué proyectos tiene en marcha?
— El seguimiento domiciliario de los pacientes graves es una cuestión que no acabamos de cerrar. Nos queda mucha gente a la que no llegamos para ofrece todas las salidas posibles. Me gustaría extender este modelo a la población mayor de 70 años, que necesita una atención muy específica y hasta ahora no se ha desarrollado el programa psicogeriátrico, que en esta zona es importante.
—¿Qué síntomas tiene una persona psicogeriátrica?
—Pérdida de memoria, cuadros depresivos más psicosomáticos, es el cuerpo el que habla.